Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

11/10/2026

Durante los últimos tres domingos, Jesús nos ha estado enseñando a través de la imagen de la viña, hoy, sin embargo, el Señor nos cambia de escenario: pasamos del trabajo en la viña a la alegría desbordante de una fiesta, a un banquete de bodas.

La primera lectura del profeta Isaías nos muestra un panorama inmensamente optimista y consolador, anunciando que Dios: «Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados». En ese banquete maravilloso, el Señor «aniquilará la muerte para siempre» y, con inmensa ternura, «enjugará las lágrimas de todos los rostros». Es una promesa preciosa, especialmente para aquellos de nosotros que, por los años, el sufrimiento o las dificultades de la vida, hemos derramado lágrimas.

En el Evangelio, Jesús retoma esta misma imagen y nos dice directamente: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo». Con esto, descubrimos que Dios nos invita a la vida, a la alegría y a la comunión con él; nuestra fe no es una carga, sino una invitación a una fiesta, a una vida plena. Sin embargo, la parábola nos muestra algo que nos sorprende: el rey mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, «pero no quisieron ir». Ponen excusas, se marchan a sus campos o a sus negocios, y otros incluso maltratan y matan a los enviados. Es la triste historia de quienes rechazan los planes festivos de Dios y no saben apreciar su invitación gratuita.

Pero el rey no suspende la fiesta. Al contrario, amplía su invitación y manda a sus servidores a los cruces de los caminos para llamar a todos los que encuentren. Esto nos demuestra de forma hermosa que la salvación de Dios no tiene fronteras. ¡Todos nosotros estamos invitados a su mesa! No importa si eres un niño que empieza a descubrir a Jesús, un joven buscando su camino, un padre o una madre abrumados por el trabajo, o un anciano lleno de sabiduría.

Pero el Evangelio nos deja también una advertencia muy seria. El rey entra a la sala, ve a una persona y le pregunta: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?». ¿Qué significa esto? Significa que no basta con entrar en la fiesta, sino que nuestra actitud debe ser coherente con la invitación. Dios exige que vistamos de fiesta, es decir, que haya una coherencia entre lo que decimos creer y nuestra vida. El traje de boda son nuestras buenas obras, el amor, la justicia y la misericordia con los hermanos.

Sabemos bien que, en nuestro día a día, mantener limpia esa vestidura y ser coherentes no siempre es fácil. Pero la Palabra de hoy nos da dos consuelos enormes para llenarnos de confianza. Primero, el salmo responsorial, que nos recuerda que somos ovejas de su rebaño y nos invita a cantar con profunda esperanza y seguridad: «Habitaré en la casa del Señor por años sin término». Y segundo, la carta de San Pablo a los Filipenses. Pablo, que pasó por muchas tribulaciones, nos confiesa el gran secreto para superar cualquier dificultad: «Todo lo puedo en aquel que me conforta».

Aceptemos la invitación de Dios, pongámonos el traje de fiesta del amor y la hermandad, y que siempre recordemos que, sea cuales sean nuestros problemas, todo lo podemos en Cristo que nos da la fuerza.

Feliz domingo día del Señor

Domingo XXVII Del Tiempo Ordinario

04/10/2026

Llevamos ya tres domingos consecutivos escuchando a Jesús utilizar la misma imagen para hablarnos del Reino de Dios: la viña. Hace dos semanas contemplábamos la viña de la inmensa generosidad de Dios, que llama a los trabajadores a cualquier hora. El domingo pasado, reflexionábamos sobre la viña de la coherencia, donde lo importante no es decir que sí, sino ir de verdad a trabajar. Hoy, la liturgia da un paso más y nos presenta la viña de la responsabilidad y de los frutos.

Tanto la primera lectura del profeta Isaías como el Evangelio de Mateo nos cuentan una historia de amor no correspondido. Dios es ese propietario que planta la viña la mima con delicadeza exquisita, con un cuidado extremo, la cava, le quita las piedras, le planta buenas cepas, construye un lagar y levanta una torre. “La viña del Señor es la casa de Israel” como dice el salmo, hoy somos nosotros, la Iglesia.

Nos lo ha dado todo. Nos ha entregado el don de la vida, la familia, la fe, la comunidad y el mundo en el que vivimos. Lo único que espera a cambio es que, a su tiempo, esa viña produzca frutos buenos de justicia, amor y paz.

Sin embargo, la respuesta humana es desoladora. En Isaías, la viña da agrazones, uvas agrias. En el Evangelio, los viñadores arrendatarios deciden adueñarse de la propiedad “A mi Hijo lo respetaran”. Cuando el dueño envía a sus siervos a recoger el fruto, los maltratan y los matan, llegando al extremo de asesinar al propio hijo del dueño para quedarse con la herencia “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”

Esta parábola es un espejo de nuestra propia vida y de nuestra sociedad. Con mucha frecuencia vivimos como si Dios no existiera. Nos creemos los dueños absolutos de nuestro tiempo, de nuestros bienes y de las personas que nos rodean, olvidando que todo lo que tenemos es un regalo, un préstamo que se nos ha confiado para que dé fruto. Y cuando Dios nos envía mensajeros a pedirnos cuentas, que pueden tomar la forma de una persona necesitada o una situación de injusticia, etc. reaccionamos a la defensiva, ignorándolos o apartándolos de nuestra vida.

¿Cómo podemos dejar de ser esos viñadores violentos y egoístas para convertirnos en una viña fecunda?

La respuesta nos la da San Pablo, en la segunda lectura, ofreciéndonos un antídoto contra la amargura y el afán de acaparar: la confianza. “Nada os preocupe”, nos dice. En lugar de vivir angustiados por controlar y retener todo lo nuestro, Pablo nos invita a poner nuestras necesidades en las manos de Dios mediante la oración.

Además, nos da una receta muy concreta y práctica para empezar a dar los frutos que Dios espera. Nos invita a llenar nuestra mente y nuestras acciones de “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito”. Si alimentamos nuestra vida con estos valores, es imposible que produzcamos uvas agrias.

La viña nos ha sido confiada, pero el dueño sigue siendo Él. Pidámosle hoy al Señor que nos cure del afán de poseer y dominar. Que nos ayude a reconocer con humildad y gratitud todo lo que hemos recibido de sus manos, para que, cuando Él se acerque a nuestra vida, encuentre siempre el fruto dulce de la caridad y la paz.

Feliz domingo, día del Señor y feliz semana.

I RETIRO MUJERES EMAÚS

Del 18 al 20 de septiembre, la Casa Diocesana de Espiritualidad de Málaga acogió el primer Retiro de Emaús Mujeres organizado por la parroquia de San Sebastián y la Inmaculada Concepción de Alhaurín de la Torre.

Fueron 78 mujeres compartiendo un mismo camino. Entre ellas, 34 llegaban por primera vez a Emaús. Cada una con su propia historia, sus preguntas, sus heridas, sus alegrías, sus búsquedas… y también con todo aquello que, tantas veces, guardamos en lo más profundo del corazón.

Durante 48 horas hubo tiempo para detenerse. Para escuchar. Para hablar y para guardar silencio. Para rezar, emocionarse, reír, llorar, abrazarse y dejarse sorprender. Y, sobre todo, hubo tiempo para encontrarse con Cristo.

Hoy damos gracias a Dios por cada una de esas 34 nuevas hermanas de Emaús y por las 44 mujeres que hicieron posible este primer retiro. Por cada una de ellas que sirvió, acompañó, rezó, preparó, esperó y se entregó para que otras pudieran encontrarse con Él.Ahora comienza lo verdaderamente importante: regresar a casa, a sus familias, trabajos, dificultades y rutinas con la certeza de que no caminan solas. Seguir reconociendo a Cristo en lo cotidiano y mantener encendido aquello que Él ha prendido en el corazón.

Como aquellos discípulos que caminaban hacia Emaús, han descubierto que Él llevaba mucho tiempo caminando a su lado.

1º video entrada Eucaristía

2º Video de entrada

Bailando a la Virgen