XXV Domingo del Tiempo Ordinario

20/09/2026

Las lecturas de este Vigésimo Quinto Domingo del Tiempo Ordinario nos enfrentan a un choque muy evidente, la diferencia entre la justicia humana y la generosidad de Dios.

En el Evangelio, escuchamos la famosa parábola de los trabajadores de la viña. El dueño de la finca sale a distintas horas del día, desde el amanecer hasta el final de la tarde, a contratar jornaleros. Al caer la noche, decide pagarles a todos exactamente lo mismo. Desde nuestra visión humana, matemática y comercial, la reacción de los primeros trabajadores es muy comprensible. ¡Parece injusto! Ellos han soportado el peso del día y el calor, y cobran lo mismo que los que apenas han trabajado una hora.

Sin embargo, la primera lectura, de Isaías, ya nos había dado la clave para entender este misterio, “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos, dice el Señor”.

A través de esta parábola, Jesús nos invita a cambiar nuestra manera de ver las cosas y nos deja tres enseñanzas muy sencillas para nuestra vida.

La primera enseñanza, es que el premio no es un salario, sino la salvación. El denario de la parábola no representa dinero, representa la salvación, la vida eterna y el amor de Dios. Y el amor de Dios no se puede partir en pedazos. Dios no nos da un cuarto de salvación o media vida eterna dependiendo de las horas que hayamos rezado o trabajado. Él se da por entero a cada uno de nosotros. Cuando Dios ama, lo da todo, independientemente de cuándo hayamos llegado a Él.

La segunda enseñanza, es que nunca es demasiado tarde para Dios. El dueño de la viña sale incluso en la última hora de la tarde a buscar a los que nadie había contratado, “Salió al caer la tarde” Esto es un mensaje de una esperanza inmensa. Dios nunca se cansa de salir a nuestro encuentro, de invitarnos a su viña. Él sale una y otra vez.  No importa si le hemos respondido en nuestra infancia, o si nuestro corazón se convierte en el último tramo de nuestra vida. Para Él, siempre somos valiosos y su gracia siempre está disponible.

Y la tercera, es la envidia espiritual. El dueño le hace una pregunta muy directa al trabajador que se queja: “¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. A veces, los que llevamos tiempo en la Iglesia o intentamos llevar una buena vida cristiana corremos el riesgo de creernos con más derechos que los demás. Podemos caer en la tentación de juzgar a quien acaba de acercarse a la fe. Jesús nos advierte contra el peligro de medir los méritos ajenos y nos invita a alegrarnos profundamente cuando alguien vuelve a Dios.

Pues esa misma actitud que Jesús nos pide hoy es exactamente la que nos enseña San Pablo en la segunda lectura, Pablo no le está exigiendo a Dios un pago por todos los años que lleva predicando y sufriendo; al contrario, él dice: “Para mí la vida es Cristo” Pablo nos enseña que el verdadero premio no es el denario al final del día, sino el privilegio de haber pasado todo el día trabajando al lado del Señor.

Y si alguna vez nos asalta la duda o la envidia al ver cómo Dios perdona y bendice a otros, recordemos lo que hemos cantado en el Salmo: “El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad el Señor es bueno con todos”. Alegrémonos de tener un Dios que no nos paga según nuestros pecados ni lleva una contabilidad estricta de nuestros méritos, sino que nos salva por pura gracia y amor.

Trabajar en la viña del Señor, es decir, vivir como cristianos, no debe verse como una carga pesada por la que luego vamos a exigir un pago. Conocer a Dios, sentir su compañía y vivir en su gracia desde temprano es, en sí mismo, el mayor premio que podemos tener.

Pidámosle hoy al Señor que nos amplíe el corazón. Que nos quite de las manos la calculadora con la que a veces medimos lo que nos merecemos, y nos conceda una mirada llena de misericordia. Que podamos alegrarnos del bien de los demás y acoger a todos con la misma generosidad inmensa con la que Él nos acoge a nosotros cada día.

Feliz domingo día del Señor y feliz semana.

1 RETIRO EMAÚS HOMBRES

Del 11 al 13 de septiembre, la Casa Diocesana de Espiritualidad de Málaga acogió el primer retiro de Emaús de hombres organizado por el grupo de la parroquia de San Sebastián y la Inmaculada Concepción de Alhaurín de la Torre. Participaron 64 hombres, de los cuales 21 vivían esta experiencia por primera vez.

Fue un fin de semana de encuentro con Cristo y de cercanía entre hermanos. Un tiempo para detenerse, abrir el corazón y descubrir que el Señor sigue caminando a nuestro lado, también entre las prisas y las dificultades de cada día.

Con especial cariño acogimos a estos 21 nuevos hermanos de Emaús, acompañándolos en sus pasos para acercarse más a Él.

Nos queda una profunda gratitud por lo compartido y por quienes hicieron posible este retiro con su entrega, su servicio y su oración. Lo vivido nos anima a seguir caminando juntos y a cuidar esa fraternidad en la vida cotidiana de nuestra parroquia.

Deseamos que cada vez más personas de nuestra comunidad parroquial se animen a acercarse a la experiencia de Emaús. No hace falta tener todas las respuestas ni estar en un momento concreto de la vida de fe: basta con darse la oportunidad de parar y abrir el corazón. Si sientes esa inquietud, acércate y pregunta. Te esperamos con cariño para seguir descubriendo juntos la alegría de encontrarnos con Cristo.

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

13/09/2026

Nos encontramos recorriendo las semanas del Tiempo Ordinario, guiados por el evangelio de san Mateo, nos adentramos en el Discurso Eclesial o comunitario. Si el domingo pasado la Palabra nos enseñaba la pedagogía de la corrección fraterna, hoy el Señor nos sitúa ante el verdadero pilar que sostiene la comunión de la Iglesia: el perdón sin medida.

El libro del Eclesiástico, nos desarma con una sabiduría profundamente exegética y pastoral: “Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor?”. El sabio Ben Sira nos recuerda que el rencor y la ira son cosas detestables que enferman el alma del pecador desde su interior. No podemos presentarnos ante el altar de Dios con el puño cerrado ante el prójimo.

Por eso, el salmo sale al encuentro de nuestra debilidad con un vivo retrato de la naturaleza íntima de Dios: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”. La teología del salmista nos enseña que Dios no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas, sino que aleja de nosotros nuestros delitos tanto como dista el oriente del ocaso.

De esta infinita gratuidad divina brota el mandato nuevo del Evangelio. San Pedro, con mentalidad legalista, pregunta a Jesús si basta perdonar hasta siete veces. Pero el Señor rompe todos los esquemas humanos y contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Es decir, debemos perdonar siempre, siempre, siempre.

Para ilustrarnos, Jesús nos regala la parábola del siervo ingrato. Aquel hombre debía una deuda astronómica, una cantidad imposible de pagar. Al postrarse con humildad, el rey, movido por la compasión, le condona toda la deuda. Sin embargo, ese mismo siervo es incapaz de perdonar una deuda insignificante a su compañero. ¡Qué terrible paradoja! Nos muestra la mediocridad de nuestro corazón cuando, habiendo sido perdonados de una deuda impagable con Dios, pretendemos cobrar hasta los más ínfimo, hasta el último céntimo, a nuestros hermanos.

Aquí es donde la segunda lectura adquiere toda su fuerza moral. San Pablo nos exhorta en su carta a los Romanos: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo… En la vida y en la muerte somos del Señor”. Por el Bautismo hemos sido incorporados al Resucitado y ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Él. Si somos del Señor, nuestro pensar y actuar ya no pueden regirse por los criterios egoístas de este mundo, sino por los sentimientos de Cristo Jesús.

Desármenos nuestros corazones, acerquémonos a la Eucaristía, memorial de la Pascua y del perdón supremo de la cruz, al decir Amén, al recibir el Cuerpo de Cristo, digamos también Amén al perdón y a la reconciliación con el prójimo y que el Señor cure nuestras heridas y nos conceda un corazón semejante al suyo, capaz de sanar al mundo.

Feliz domingo día del Señor y feliz semana.