12/07/2026
La liturgia de la Palabra de este Domingo Decimoquinto del Tiempo Ordinario nos invita a sentarnos a la orilla del lago junto a Jesús donde nos revela el misterio del Reino mediante la parábola del Sembrador.
Si leemos este texto con los ojos de nuestra cultura actual, obsesionada con la productividad, conectividad, inteligencia artificial, el rendimiento y la eficiencia, el sembrador nos parecería, francamente, un insensato. Ningún agricultor en su sano juicio arrojaría semilla preciosa en el borde del camino, donde será pisoteada, ni la desperdiciaría entre piedras o zarzas espinosas. Nuestra mente calculadora exigiría un estudio previo del terreno para sembrar solo donde el éxito esté garantizado.
Pero aquí se nos revela que Dios no es un gerente de empresa buscando maximizar beneficios, sino un Padre enamorado que derrocha su amor con esperanza inquebrantable. Cristo es el Sembrador y Su Palabra es la semilla. Él conoce perfectamente nuestras durezas, nuestras piedras de inconstancia y las espinas de nuestras ansiedades, y, sin embargo, sigue sembrando. Su amor asume el riesgo del fracaso con tal de darnos a todos la oportunidad de germinar.
Como nos recuerda el profeta Isaías, en la primera lectura, con una de las imágenes más bellas del Antiguo Testamento: “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar… así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo” La eficacia de la Palabra no depende de nuestra brillantez, sino de la fuerza vital que lleva dentro, trabajando bajo la tierra incluso en el silencio del invierno, cuando nadie la ve.
San Pablo, en la segunda lectura, pone nombre al dolor que a veces sentimos ante nuestra propia esterilidad “a creación entera gime y sufre dolores de parto”. Este gemido no es de muerte, sino de una vida nueva que pugna por nacer. El sufrimiento de ver cómo nuestras ansiedades intentan ahogar la fe no es un fracaso, sino el Espíritu Santo empujándonos hacia una transformación profunda.
La parábola no es una clasificación estática de personas, sino un mapa de nuestro propio corazón y de las etapas de nuestro crecimiento en la fe:
El borde del camino, nuestra infancia espiritual, es la etapa de la inconsciencia donde la Palabra se queda en la superficie. Nuestro primer trabajo, aquí, es romper la costra del hábito y la distracción para que la semilla pueda penetrar.
El pedregal, Adolescencia espiritual, vivimos una fe de entusiasmo emocional, pero sin raíces profundas. Al llegar el sol de las pruebas, nos secamos porque nuestra fe dependía solo de sentirnos bien, del líder, del grupo …
Los espinos, adultez espiritual, es donde muchos pasamos la mayor parte de la vida. La tierra es profunda y el deseo de Dios es genuino, pero los afanes de la vida, el trabajo, el estatus, las preocupaciones diarias, terminan por asfixiar y perturbar la paz interior. Es esa vía iluminativa, donde debemos luchar para que el ruido no apague el espíritu.
La tierra buena, madurez espiritual, es la vía unitiva, nuestra unión con Dios, la meta del itinerario donde la voluntad humana se une a la divina. Aquí el fruto brota sin el esfuerzo ansioso de las etapas anteriores; simplemente fluye a través de una vida pacificada.
A diferencia de la tierra física, el corazón humano es libre y puede elegir cambiar su naturaleza. Se nos invita a una verdadera conversión o cambio de mentalidad, dejar de preocuparnos por medir la cosecha de nuestras obras y ocuparnos más de esponjar la tierra de nuestra alma mediante la oración, como decía San Agustín: “Cambia tú, que eres tierra… si eres espinas, arranca las preocupaciones de este siglo”.
Al acercarnos al altar, donde Cristo se nos da como Semilla y Pan, pidámosle la paciencia del agricultor. Que su Espíritu rompa con el arado de la gracia los terrones endurecidos de nuestro egoísmo, para que nuestra historia se convierta en esa tierra buena que florece y da fruto de paz para un mundo que tanto lo necesita.
Feliz domingo y feliz semana.












































