Domingo XVIII del Tiempo Ordinario

02/08/2026

El domingo pasado concluimos el discurso en parábolas, partir de este, y durante los cinco próximos domingos, el eje temático da un giro, su enfoque pasa de ser ¿Qué es el Reino? a centrarse en la identidad de Jesús, la formación de sus discípulos.

Durante estos domingos, la narrativa nos llevará a preguntarnos fundamentalmente ¿Quién es Jesús? Los evangelios relatan milagros y diálogos que revelan su divinidad y preparan a los discípulos para el misterio de la Cruz.

En este domingo nos toca meditar y reflexionar el relato de la multiplicación de los panes y peces, en el que contemplamos un misterio que toca la fibra más íntima de nuestra fragilidad humana: la angustia ante nuestra propia insuficiencia y la sobreabundante compasión de Dios, y como la fidelidad de Dios, que conoce nuestra hambre y sed, sale a nuestro encuentro para saciarnos más allá de todo cálculo humano.

En la primera lectura, del profeta Isaías, escuchamos una invitación vibrante y gratuita: “Venid por agua todos los sedientos; venid, aunque no tengáis dinero”. Es la lógica de la gratuidad divina, un Dios que ofrece manjares exquisitos y vinos refinados para sellar una alianza perpetua con su pueblo. El Señor nos llama a no gastar nuestro salario en lo que no sacia, recordándonos que la verdadera vida nace de la escucha atenta de su Palabra, que es el único alimento capaz de dar vida.

Esta generosidad de Dios resuena con fuerza en el salmo, donde aclamamos que “el Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad”. Con ojos de fe, confesamos que los ojos de todas las criaturas esperan en Él, porque es el Padre quien abre su mano y sacia de favores a todo viviente. Es un retrato consolador de nuestro Dios, que no solo nos vigila, sino que se inclina hacia nosotros para sostener a los que van a caer y enderezar a los que ya se doblan por el peso de la vida.

En el Evangelio vemos este amor de Dios encarnado en los gestos de Jesús. Al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús busca el retiro y la soledad, pero al ver a la muchedumbre, su corazón no se cierra en su propio duelo, sino que “sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos”. Cuando llega el atardecer de nuestras fatigas y los discípulos sugieren despedir a la gente por falta de recursos, el Maestro lanza un reto que todavía resuena hoy: “Dadles vosotros de comer”.

Con solo cinco panes y dos peces, Jesús realiza el milagro de la sobreabundancia, un signo que preanuncia la Eucaristía: toma el pan, levanta la mirada, bendice, parte y lo entrega. En este desierto de nuestra existencia, Cristo se manifiesta como el verdadero Pastor que no permite que nadie se marche con hambre.

Finalmente, san Pablo, en la segunda lectura, nos ofrece la certeza absoluta que corona esta liturgia de la abundancia: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”. Ante la tribulación, el hambre o el peligro, el apóstol nos asegura que nada, ni la vida ni la muerte, puede apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Esta es la fuerza que nos permite ser más que vencedores, no por nuestras fuerzas, sino por aquel que nos ha amado primero.

Por tanto, este domingo se nos invita a confiar en que la misericordia de Dios. Al acercarnos a la Eucaristía, reconozcámonos pequeños y necesitados, pues el Señor solo necesita nuestra pobreza, nuestros cinco panes y dos peces, para realizar el milagro de saciar al mundo entero. Comprometámonos a ser, como Jesús, pan partido y repartido para la vida de nuestros hermanos más vulnerables.

Feliz domingo, y feliz semana

Domingo XVII del Tiempo Ordinario

26/07/2026

En los últimos domingos, hemos escuchado el discurso en parábolas, hemos contemplado la semilla que cae en diversos terrenos, nuestra predisposición para que la semilla crezca; hemos reflexionado sobre el misterio del trigo y la cizaña enseñándonos que el bien y el mal crecen juntos hasta la siega, hasta el final de los tiempos; y nos hemos maravillado ante la fuerza expansiva del grano de mostaza y la levadura.

Hoy presenciamos la culminación de esta enseñanza. El Señor se retira de la multitud, entra en la casa con sus discípulos y les revela el misterio íntimo del Reino a través de tres parábolas breves pero intensas: el tesoro escondido, la perla de gran valor y la red de arrastre.

Pero el ápice de este discurso, la verdadera clave de todo el capítulo, se encuentra en la afirmación final, donde centraremos nuestra mirada: “Por eso, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus tesoros lo nuevo y lo viejo”

Para comprender la profundidad del evangelio de hoy, en la primera lectura, vemos al rey Salomón frente a su propia debilidad. Cuando Dios le ofrece cualquier don “Pídeme lo que quieras”, Salomón no pide riquezas, ni la muerte de sus enemigos, ni una vida larga. Pide un “corazón dócil”para saber discernir entre el bien y el mal, pide la Sabiduría que nace de la humildad.

Como nos ha recordado el salmo, el que posee esta sabiduría exclama con alegría “Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata” Ese corazón que escucha es, precisamente, el campo donde se esconde el tesoro; es el ojo experto del mercader que sabe reconocer la perla fina.

Esta es la verdadera Sabiduría que, como nos recuerda san Pablo en la segunda lectura, nos permite entender que “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”. La predestinación de la que habla el Apóstol no es un destino ciego, sino la vocación a “reproducir la imagen de su Hijo”. Nuestro Señor es el Tesoro, la Perla, la Sabiduría.

En la época de Jesús, el escriba era el teólogo oficial, el erudito encargado de conservar, copiar e interpretar la Ley, la Torá. Su mirada estaba anclada en la antigüedad de la Alianza. Jesús no condena la profesión ni la erudición de los escribas y fariseos, sino su actitud, el legalismo rígido, la hipocresía y el usar la Ley para oprimir en lugar de liberar.

 Un escriba que se ha hecho discípulo del Reino es el ideal cristiano, un experto en las escrituras del Antiguo Testamento, la biblia judía, que se abre al Señor, su tesoro antiguo se convierte en nuevo e inmenso.

Es el autorretrato de Mateo, que es un escriba que entiende, que Jesús, no vino a abolir ni a quitar una sola coma de la Ley, de la Torá, no vino a derogar las escrituras, el Antiguo Testamento, sino a darle plenitud, lo nuevo.

Lo antiguo las promesas, los profetas, la Ley, la sabiduría de Israel; lo nuevo es el Evangelio, la gracia, la resurrección y la enseñanza de Jesús que nos quiere transmitir que no hay ruptura entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

El padre de familia somos cada uno de nosotros, con nuestro pasado, con nuestra educación, con nuestros aciertos, con nuestros errores, y con nuestras tradiciones en la que hemos crecido; lo nuevo es la transformación, nuestra conversión, la nueva luz que recibimos, nuestros descubrimientos, nuestro presente. Cuando el Reino entra en nuestro corazón no tenemos que amputar nuestro pasado.

Con demasiada frecuencia, caemos en la tentación de polarizar el depósito de nuestra fe. Algunos se aferran exclusivamente a lo viejo con una rigidez que asfixia la vitalidad del Espíritu, confundiendo la Tradición viva de la Iglesia con el inmovilismo. Otros, seducidos por una novedad mundana, buscan constantemente lo nuevo, despreciando las raíces, el dogma y el magisterio, como si la Iglesia hubiera nacido esta misma mañana.

En la Eucaristía celebramos lo viejo, el memorial del sacrificio del Calvario de una vez para siempre, y experimentamos lo nuevo, la presencia real y vivificante del Resucitado que renueva hoy nuestras fuerzas.

Pidamos a María que supo guardar las antiguas promesas de Israel en su corazón y acoger la novedad de la Encarnación, nos enseñe a ser buenos escribas del Reino.

Feliz domingo y feliz semana.

Domingo XVI del Tiempo Ordinario

19/07/2026

Nos encontramos hoy en el corazón del Discurso de las Parábolas, el tercero de los cinco grandes discursos que estructuran el Evangelio según S.  Mateo. Tras haber contemplado el domingo pasado la generosidad del sembrador, hoy se nos invita a profundizar en el misterio del Reino de los Cielos a través de tres nuevas parábolas: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura.

Hace dos domingos, el Señor nos abrazaba y vital diciéndonos “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Con el corazón ya descansado en Él, el domingo pasado nos invitó a mirar la tierra de nuestra alma para acoger, como tierra buena, la semilla de su Palabra. Hoy, esa semilla ya está plantada y creciendo, pero el Señor nos revela las dificultades, los impedimentos y contratiempos para que el Reino crezca; y lo hace para prepararnos para el próximo domingo, donde nos invitará a descubrir que, a pesar de los problemas, obstáculos y barreras de ese campo, en él se esconde un tesoro, vale la pena venderlo todo por él.

El Evangelio nos sitúa ante una pregunta que atraviesa la historia humana: ¿por qué permite Dios que el mal crezca junto al bien? En la parábola de la cizaña, Jesús nos revela que el Reino de Dios en este mundo no es una realidad triunfalista o pura de forma inmediata; el bien convive con el mal hasta la siega final.

Esta paciencia divina, que a ojos humanos puede parecer debilidad, es en realidad la manifestación de su soberanía. Como nos enseña hoy la primera lectura del libro de la Sabiduría, Dios, siendo el dueño del poder, juzga con moderación y nos gobierna con mucha indulgencia. “Tu soberanía sobre todo te hace perdonar a todos […]. Juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia” Dios no es débil por esperar; al contrario, su clemencia es la máxima expresión de su omnipotencia. Él no arranca la cizaña inmediatamente porque en el campo del Señor el milagro de la gracia es siempre posible, lo que hoy es cizaña, mañana, por la conversión, puede transformarse en trigo. Su fuerza es el principio de su justicia, y precisamente porque es Señor de todos, dando siempre lugar al arrepentimiento, el salmo responde a esta verdad con una confesión de confianza: “Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan”.

Junto al drama de la cizaña, Jesús nos propone las parábolas de la mostaza y la levadura para recordarnos el dinamismo humilde del Reino. El Reino de Dios no se impone con estrépito, sino que actúa en silencio, como la levadura en la masa o la semilla minúscula que se convierte en árbol. Es una invitación a la esperanza, aunque nos sintamos pocos o débiles, la Palabra de Dios posee una fuerza interior que no depende de nuestros méritos, sino de la gracia.

Reconozcamos que nosotros mismos somos ese campo donde el trigo y la cizaña conviven. En nuestras luchas internas y en nuestra incapacidad para discernir a veces el camino correcto, el apóstol san Pablo nos ofrece en la segunda lectura un bálsamo de consuelo: “El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad”. Cuando no sabemos ni siquiera pedir como conviene, es el Espíritu mismo quien intercede por nosotros con gemidos inefables, orando en nuestro interior según la voluntad de Dios.

La Palabra de este domingo nos llama a desarmarnos de nuestros prejuicios. A menudo, como los criados de la parábola, querríamos arrancar la cizaña de inmediato, pero el Señor nos pide paciencia. Convivir con el mal no significa aprobarlo, sino aprender la lección de la misericordia infinita de Dios, que espera hasta el último momento para que el fruto madure.

Pidamos al Señor que limpie nuestro corazón de toda envidia y nos conceda la sabiduría de los pequeños. Que sepamos ser buena levadura en medio de nuestra sociedad, trabajando con humildad y confiando en que, al final de los tiempos, los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.

Feliz domingo y feliz semana.

CONVOCATORIA Y CORDIAL INVITACIÓN A LOS CULTOS EN HONOR A NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN

Estimados hermanos en Cristo, Miembros de los Grupos Parroquiales y toda la Comunidad Parroquial:

Nos dirigimos a vosotros con inmensa alegría para invitaros a participar activamente en los solemnes cultos que nuestra comunidad celebrará en honor a Nuestra Señora la Virgen del Carmen de Alhaurín de la Torre.

Estos días son una oportunidad hermosa para unirnos en oración, manifestar nuestra devoción mariana y fortalecer nuestros lazos como familia parroquial.

Por ello, os convocamos de manera especial a los siguientes actos litúrgicos:

Ofrenda Floral a la Santísima Virgen: Tendrá lugar hoy, martes 14 de julio a las 18:30 horas, en nuestra Parroquia de San Sebastián e Inmaculada Concepción. Os animamos a traer vuestras flores para confeccionar el manto de devoción a nuestra Madre.

Solemne Misa y Procesión: Se celebrará el próximo jueves 16 de julio a las 20:00 horas. Tras la Sagrada Eucaristía, acompañaremos a la Santísima Virgen en su recorrido procesional por las calles de nuestro barrio Viejo.

Agradecemos de antemano la implicación y colaboración de todos los grupos y Comunidad parroquial para dar mayor realce y fervor a estas celebraciones.

Que la Virgen del Carmen nos cubra con su santo escapulario y bendiga a cada uno de vuestros hogares.

Esperamos contar con vuestra valiosa presencia.

Domingo XV del Tiempo Ordinario

12/07/2026

La liturgia de la Palabra de este Domingo Decimoquinto del Tiempo Ordinario nos invita a sentarnos a la orilla del lago junto a Jesús donde nos revela el misterio del Reino mediante la parábola del Sembrador.

Si leemos este texto con los ojos de nuestra cultura actual, obsesionada con la productividad, conectividad, inteligencia artificial, el rendimiento y la eficiencia, el sembrador nos parecería, francamente, un insensato. Ningún agricultor en su sano juicio arrojaría semilla preciosa en el borde del camino, donde será pisoteada, ni la desperdiciaría entre piedras o zarzas espinosas. Nuestra mente calculadora exigiría un estudio previo del terreno para sembrar solo donde el éxito esté garantizado.

Pero aquí se nos revela que Dios no es un gerente de empresa buscando maximizar beneficios, sino un Padre enamorado que derrocha su amor con esperanza inquebrantable. Cristo es el Sembrador y Su Palabra es la semilla. Él conoce perfectamente nuestras durezas, nuestras piedras de inconstancia y las espinas de nuestras ansiedades, y, sin embargo, sigue sembrando. Su amor asume el riesgo del fracaso con tal de darnos a todos la oportunidad de germinar.

Como nos recuerda el profeta Isaías, en la primera lectura, con una de las imágenes más bellas del Antiguo Testamento: “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar… así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo” La eficacia de la Palabra no depende de nuestra brillantez, sino de la fuerza vital que lleva dentro, trabajando bajo la tierra incluso en el silencio del invierno, cuando nadie la ve.

San Pablo, en la segunda lectura, pone nombre al dolor que a veces sentimos ante nuestra propia esterilidad “a creación entera gime y sufre dolores de parto”. Este gemido no es de muerte, sino de una vida nueva que pugna por nacer. El sufrimiento de ver cómo nuestras ansiedades intentan ahogar la fe no es un fracaso, sino el Espíritu Santo empujándonos hacia una transformación profunda.

La parábola no es una clasificación estática de personas, sino un mapa de nuestro propio corazón y de las etapas de nuestro crecimiento en la fe:

El borde del camino, nuestra infancia espiritual, es la etapa de la inconsciencia donde la Palabra se queda en la superficie. Nuestro primer trabajo, aquí, es romper la costra del hábito y la distracción para que la semilla pueda penetrar.

El pedregal, Adolescencia espiritual, vivimos una fe de entusiasmo emocional, pero sin raíces profundas. Al llegar el sol de las pruebas, nos secamos porque nuestra fe dependía solo de sentirnos bien, del líder, del grupo …

Los espinos, adultez espiritual, es donde muchos pasamos la mayor parte de la vida. La tierra es profunda y el deseo de Dios es genuino, pero los afanes de la vida, el trabajo, el estatus, las preocupaciones diarias, terminan por asfixiar y perturbar la paz interior. Es esa vía iluminativa, donde debemos luchar para que el ruido no apague el espíritu.

La tierra buena, madurez espiritual, es la vía unitiva, nuestra unión con Dios, la meta del itinerario donde la voluntad humana se une a la divina. Aquí el fruto brota sin el esfuerzo ansioso de las etapas anteriores; simplemente fluye a través de una vida pacificada.

A diferencia de la tierra física, el corazón humano es libre y puede elegir cambiar su naturaleza. Se nos invita a una verdadera conversión o cambio de mentalidad, dejar de preocuparnos por medir la cosecha de nuestras obras y ocuparnos más de esponjar la tierra de nuestra alma mediante la oración, como decía San Agustín: “Cambia tú, que eres tierra… si eres espinas, arranca las preocupaciones de este siglo”.

Al acercarnos al altar, donde Cristo se nos da como Semilla y Pan, pidámosle la paciencia del agricultor. Que su Espíritu rompa con el arado de la gracia los terrones endurecidos de nuestro egoísmo, para que nuestra historia se convierta en esa tierra buena que florece y da fruto de paz para un mundo que tanto lo necesita.

Feliz domingo y feliz semana.