Entramos en el corazón del Misterio. El Jueves Santo no es solo un día de conmemoración; es el día del Mandatum, el día en que el amor se quita el manto, ciñe la toalla y se pone a lavar los pies a la humanidad. Si los días anteriores eran de preparación y sombras, hoy la luz de la caridad estalla en el Cenáculo, antes de que el sol se ponga sobre el Getsemaní.
Hoy es el abajamiento, el anonadamiento, es el himno de la carta a los Filipenses 2, 6-11 en acción. Jesús realiza un trabajo de esclavos. Al lavar los pies, Cristo no solo limpia el polvo del camino, sino que toca la parte más humilde y, a veces, más deformada de nuestro cuerpo. La resonancia existencial es profunda: el hombre contemporáneo huye de la vulnerabilidad y busca el poder. Jesús, en cambio, define la autoridad como la capacidad de arrodillarse ante la fragilidad del otro.
Este es el Día del Amor Fraterno. Pero no de un amor sentimental, sino de un amor sacramental. Lavar los pies al hermano es reconocer que el otro, incluso el que nos molesta o el que nos ha fallado, como Judas, cuyos pies Jesús también lavó, es sagrado.
Para el sacerdote, hoy es el día de su nacimiento. El sacerdocio nace en la mesa y en el suelo. Un sacerdote que no sabe arrodillarse ante el dolor de su pueblo, no sabe consagrar el Pan de la Vida. La tentación del clericalismo muere hoy, a los pies de los discípulos. Jesús nos dice: “Os he dado ejemplo”
Para el laico, este día es la llamada a la caridad política y doméstica. El amor fraterno comienza en el hogar, en la paciencia, en la escucha al hijo, en la atención al anciano. Es la Eucaristía de la calle. Si comulgamos el Cuerpo de Cristo en el altar, debemos ser capaces de reconocer ese mismo Cuerpo en el hermano necesitado.
Debemos dejarnos lavar por Cristo. A veces, como a Pedro, nos cuesta aceptar que Dios sea tan pequeño, tan humilde. Queremos un Dios fuerte, pero Él se nos da frágil. Dejarse amar es el primer paso para poder amar.
Señor Jesús, que te has hecho esclavo por amor, enséñame la soberanía del servicio. Que este Jueves Santo mi corazón no se quede en ritos exteriores, sino que se convierta en un cenáculo abierto. Tú que te partes como pan, haz que yo sea también pan para el hambre de mis hermanos. Que mi vida huela a Ti, al nardo de Betania y al agua limpia del lavatorio.













































