“¡Qué noche tan dichosa, en que se une el cielo con la tierra, lo humano con lo divino!”. Hermanos Resucitó, Dios ha puesto en pie a la Humanidad caída, así lo hemos cantado en el Exultet, durante la Vigilia en el Pregón Pascual. Alegraos y regocijaos porque verdaderamente Resucitó el Señor.
Es el cumplimiento del anhelo más profundo del ser humano: la sed de eternidad. El hombre contemporáneo vive bajo la dictadura de lo efímero, con el miedo constante a la caducidad. La Pascua es la respuesta: el Amor es más fuerte que la muerte. Las llagas de Jesús siguen ahí, Él es el Resucitado herido, pero ahora esas llagas no sangran, sino que brillan. Esto nos dice que nuestra historia, incluso con sus cicatrices, tiene un destino de gloria.
Hoy nace nuestra esperanza, no somos profetas de calamidades, sino testigos de la Vida. Nuestro pueblo necesita vernos creer de verdad que el Señor ha resucitado.
La Resurrección es la llamada a vivir como hombres y mujeres nuevos. Ser cristiano es vivir ya con la lógica del cielo en la tierra: perdonar lo imperdonable, amar al enemigo, trabajar por la justicia sin desfallecer. Si Cristo ha resucitado, ya nada es igual; nuestro trabajo, nuestra familia y nuestras luchas están empapadas de una victoria que nadie nos puede arrebatar.
Este es un día de Júbilo, no un optimismo superficial, sino una alegría que nace de la certeza. Hemos recorrido el camino desde el perfume de Betania hasta el vacío del sepulcro, y ahora hemos encontrado la Vida.
¡Aleluya, Señor Jesús! Tu victoria es mi victoria. Gracias por bajar a mis abismos para sacarme a la luz. Que el gozo de esta Pascua no sea un sentimiento pasajero, sino la roca sobre la que construya cada uno de mis días. Como María Magdalena, envíame a anunciar a mis hermanos: «He visto al Señor». Que mi vida entera sea un canto de Exultet.


































