26/04/2026
Nos encontramos en el corazón de la Cincuentena Pascual, la Pascua es como un domingo prolongado donde respiramos el aire puro de la Resurrección. Los tres primeros domingos de este tiempo nos han servido, en el primero, para asombrarnos ante el sepulcro vacío, en el segundo nos mostró sus heridas y reconocimos que el Crucificado es el mismo que el Resucitado, el domingo pasado, como compañero de camino ardía nuestro corazón al oír su voz, lo reconocimos en el pan partido, haciéndonos volver a la comunidad.
En los dos próximos domingos cuando Jesús nos dice “Yo soy la puerta” o “Yo soy el buen pastor”, no está usando simples metáforas poéticas, sino que nos revela su identidad. Para un judío de su tiempo, estas palabras resonaban con la fuerza del encuentro en el Monte Sinaí, cuando Dios reveló su nombre a Moisés como “Yo soy el que soy”. Al emplear esta expresión, Jesús nos está diciendo que el Dios que parecía lejano en la zarza ardiendo, ahora tiene un rostro humano y camina a nuestro lado. El “Yo soy” que se reveló y entregó los mandamientos en la montaña es el mismo “Yo soy” que entregó su vida por nosotros en la cruz.
Los tres últimos domingos nos preparará para la misión, nos dará primero el mandamiento del Amor, prometiéndonos el Espíritu Santo, en la Ascensión nos enviará a la misión de anunciar la Buena Noticia y para ello nos enviará al Espíritu Santo que nos asistirá y dará fuerzas para el anuncio del Evangelio.
En la primera lectura, precisamente, vemos a Pedro transformado por el Espíritu, proclamando con tal fuerza y cariño a Cristo muerto y resucitado, que los oyentes sienten esas palabras como “un tajo en el corazón” y preguntan: “¿Qué tenemos que hacer?”. Es la voz del Pastor que nos despierta del letargo, sabiendo que junto a Él nada nos falta, que nos acompaña, aunque atravesemos o pasemos por momentos adversos o difíciles de la vida.
En el Evangelio, Jesús se presenta también como la puerta. En los rediles del campo, el pastor a menudo se tumbaba en el umbral, convirtiéndose físicamente en la puerta: nada entraba ni salía sin pasar por él. Jesús es ese acceso seguro; Él nos conoce por nuestro nombre. Para Dios no eres un número ni alguien que pasa desapercibido; Él conoce tus alegrías y lo que te preocupa.
Ser cristiano es saberse buscado y amado por ese Pastor que te carga sobre sus hombros cuando estás herido y sana tus heridas. El mismo Pedro, en la segunda lectura nos recuerda que Jesús sufrió por nosotros, y que por sus heridas fuimos sanados, y salvados “Pastor y Guardián de nuestras almas, gracias a sus heridas, que nos han curado”.
El hilo conductor de la Palabra hoy es la llamada y la escucha, y en este contexto de escucha y seguimiento, estamos invitados a una conversión profunda a través del camino de la sinodalidad. En el Documento Final y, de manera especial, su primera parte “El corazón de la sinodalidad”, descubrimos que ser el Pueblo de Dios que camina unido es una exigencia de nuestra identidad como ovejas del mismo Pastor.
El corazón de la sinodalidad es la escucha recíproca, donde cada uno, tiene algo que aprender de los demás, porque todos tenemos algo que aprender del Espíritu Santo. Al igual que las ovejas del Evangelio reconocen la voz del Pastor, nosotros estamos invitados a agudizar el oído para distinguir la voz del Señor en el hermano. Participar del proceso sinodal es arriesgarse a caminar juntos, evitando el individualismo que nos aísla y el clericalismo que nos separa, para convertirnos en una comunidad que, al escuchar al Pastor, aprende a escucharse a sí misma.
Dejemos que resuene en nosotros la voz de Aquel que te dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Mirémonos y preguntémonos ¿Es nuestra parroquia, nuestra comunidad, nuestro grupo una puerta abierta como Jesús, o somos aduaneros que impedimos el paso? ¿Cómo puedo yo personalmente, en mi grupo, en mi comunidad, en la parroquia, en nuestra realidad concreta, contribuir a ese corazón de la sinodalidad donde el otro sea verdaderamente escuchado?
Que la Virgen María, la Divina Pastora, Madre del Buen Pastor, y Estrella de la Evangelización, nos enseñe a guardar estas palabras en el corazón para que, al caminar juntos, lleguemos todos a las praderas de la vida eterna.
Feliz domingo y feliz semana.
































