31/05/2026
Tras el Domingo de Pentecostés, la Iglesia nos invita a detenernos no ante un concepto, sino ante una Persona, mejor dicho, ante una Familia: la Santísima Trinidad. Cada vez que iniciamos cualquier celebración lo hacemos haciendo la señal de cruz y diciendo: “En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Se puede decir que hoy es el domingo más teológico, domingo del Misterio de Dios, en el corremos el riesgo de tratar la Trinidad como un acertijo matemático, un problema de “tres en uno” que nuestra mente no puede resolver. Pues bien, las lecturas de hoy presentan la revelación del corazón mismo de Dios, y nos invitan dejar de intentar explicar a Dios, para empezar a experimentarlo.
El Evangelio que acabamos de escuchar contiene quizás el versículo más hermoso de toda la Biblia “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único” Benedicto XVI nos recordaba constantemente que la Trinidad se entiende desde una sola premisa: Dios es amor (Deus Caritas Est). Y el amor, por su propia naturaleza, no puede estar aislado. Necesita a alguien que ame, alguien que sea amado, y el amor mismo que los une. El Padre es quien ama y entrega todo su ser; el Hijo es el amado que lo recibe todo; y el Espíritu Santo es ese Amor infinito que respira entre ellos. Hoy, San Juan nos dice que esa familia divina no se quedó encerrada en el cielo, sino que ese amor se desbordó hacia nosotros, dios nos quiere y nos ama tanto que el Padre entregó a su Hijo para salvarnos.
San Pablo, en la segunda lectura, se despide de los corintios con unas palabras con las que iniciamos cada Eucaristía: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros” ¿Cómo operan estas tres personas juntas a nuestro favor?
San Antonio de Padua nos invitaba a mirar algo tan cotidiano como el sol. En el sol vemos tres cosas inseparables: su existencia, su luz y su calor. El Padre es como esa fuente inagotable (el amor de Dios); el Hijo es la luz del mundo que desciende a nosotros (la gracia de Jesucristo); y el Espíritu Santo es el fuego que abriga nuestros corazones (la comunión). Tres realidades, un solo sol. Donde actúa el Hijo, allí está el amor del Padre y el calor del Espíritu Santo.
En la primera lectura, Moisés, sube Sinaí y Dios pasa delante de él proclamando su intimidad: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” Dios bajó a la montaña, pero hoy hace algo mucho más asombroso.
Como predicaba nuestro gran santo, San Juan de Ávila, el misterio de la Trinidad no se queda en las nubes. Por el bautismo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo hacen su morada dentro de nosotros. Ya no tenemos que escalar el monte Sinaí como Moisés para encontrar a ese Dios compasivo; si estamos en gracia, nuestra propia alma es un templo vivo. Llevamos el cielo entero en nuestro interior.
¿Cuál debe ser nuestra respuesta ante este misterio inmenso? El libro del Éxodo nos dice qué hizo Moisés cuando Dios se le reveló: “Al momento, Moisés se inclinó y se postró en tierra” Y cuando nos postramos ante Dios, ¿qué decimos? El salmo de hoy, que no es un salmo, sino que está tomado del cántico de Daniel, pone las palabras exactas en nuestros labios: “¡A ti gloria y alabanza por los siglos!”.
Frente a un Dios que sondea los abismos y se sienta sobre los querubines, pero que al mismo tiempo habita en nuestra alma, sobran las explicaciones. Solo queda la adoración. Esa es la lección de Santa Isabel de la Trinidad, aquella joven monja carmelita que comprendió que no debía intentar descifrar a Dios, sino sumergirse en Él. Su oración es el eco perfecto del cántico de Daniel para nosotros hoy: “Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en ti… Pacífica mi alma; haz de ella tu cielo, tu morada amada”
Que, en esta Eucaristía, las palabras de San Pablo se hagan carne en nuestras vidas: que la gracia del Hijo nos sostenga, que el amor del Padre nos consuele, y que la comunión del Espíritu Santo nos mantenga unidos. Y que cada vez que hagamos la señal de la cruz, recordemos cantar en nuestro corazón: “¡A ti gloria y alabanza por los siglos!”
Feliz domingo Stma. Trinidad y feliz semana.

































