La Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos es el día que dedicamos a recordar especialmente a quienes ya no están físicamente con nosotros. Es un día teñido de nostalgia, pero la Palabra de Dios nos invita a iluminar esa tristeza con una certeza fundamental: no estamos solos en la vida, ni estamos solos en la muerte.
El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, nos regala una de las verdades más consoladoras de nuestra fe, “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo… en la vida y en la muerte, somos del Señor”. Pertenecer a Dios es nuestra mayor esperanza. Cuando la pérdida nos golpea, cuando el dolor nos hace sentir que todo termina en la ausencia, la lectura la primera nos ha recordado que nuestro destino final es descansar en las manos de Dios, ante quien todos nos presentaremos no para ser condenados, sino para ser abrazados por su amor.
La fragilidad de nuestra existencia se ha hecho dolorosamente visible esta misma semana. Tenemos muy presentes en nuestro corazón y en nuestra oración a los fallecidos en el trágico accidente de trenes en Urda del pasado miércoles. Ante muertes tan repentinas y dramáticas, las palabras humanas a menudo sobran y el alma se estremece. Es entonces cuando hacemos nuestro el clamor del Salmo 102: “El Señor es quien salva a los justos”. Confiamos a estas víctimas, junto a todos nuestros familiares y amigos difuntos, a ese Dios que es compasivo y misericordioso, que conoce nuestra condición y nos sostiene en nuestra debilidad.
Esa pertenencia al Señor que nos consuela ante la muerte es también el motor de nuestra vida diaria. El Evangelio de Mateo nos muestra el camino a seguir, pues si somos del Señor, debemos actuar como el Señor. El juicio definitivo del que nos habla san Pablo no es un tribunal frío, sino la revelación de cuánto hemos amado. El Señor se identifica con el hambriento, con el forastero, con el enfermo y con el encarcelado. Demostramos que pertenecemos a Dios cuando cuidamos a nuestros hermanos.
El mensaje de hoy es profundamente esperanzador. Nos salvamos por la misericordia de Dios, y respondemos a esa salvación amando a los demás en las cosas más sencillas y cotidianas.
Pidamos hoy por todos nuestros fieles difuntos, de manera muy especial por las víctimas del accidente de Urda, y por sus familias, para que encuentren el consuelo de la fe. Y pidamos también por nosotros, los que aún caminamos por esta vida, para que no nos cansemos de hacer el bien. Que el Señor nos dé la gracia de reconocer su rostro en los que sufren, para que al final de nuestros días podamos escuchar esa hermosa promesa: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros”.
Feliz día.
















