03/05/2026
El domingo pasado celebrábamos con alegría al Buen Pastor. Meditábamos cómo ese “Yo soy” de Jesús conectaba con el Dios del Sinaí para decirnos que Él es la Puerta por la que entramos a la vida. Hoy, en este Quinto Domingo de Pascua, la revelación continúa. Jesús no solo nos cuida en el redil; sino que hoy se presenta como el Camino para que no nos perdamos y como Piedra sobre la que se apoya toda nuestra existencia.
En el Evangelio, dentro del contexto del discurso de despedida, encontramos a los discípulos asustados. Jesús les ha anunciado su partida y el miedo aparece. Es entonces cuando Jesús pronuncia una de las frases más potentes de toda la Escritura: “Yo soy el camino y la verdad y la vida”.
Fijaos en la continuidad, el domingo pasado el “Yo soy” era el Pastor que nos llama y conoce por nuestro nombre; hoy el “Yo soy” es el Camino que nos conduce al Padre. Jesús nos dice que Dios no es un destino lejano, sino alguien a quien se llega caminando de su mano. Al decir “Nadie va al Padre sino por mí”, nos está recordando que Él es el puente definitivo. El mismo Dios que entregó la Ley a Moisés en el Sinaí, ahora se hace Ruta para nosotros.
Pero, ¿como caminamos juntos? San Pedro, en la segunda lectura, nos da la clave que conecta con nuestra identidad pascual. Nos dice que Jesús es la “piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios”.
Si el domingo pasado éramos ovejas de su rebaño, hoy Pedro nos dice que somos “piedras vivas” llamadas a construir un edificio espiritual. No somos piedras muertas, tiradas en un camino, sino piedras que encajan unas con otras porque todas se apoyan en la misma base: Cristo. De ahí brota nuestra dignidad: somos “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa”. La Pascua nos ha sacado de las tinieblas a su luz admirable.
Esa unidad de piedras vivas se pone a prueba en la convivencia. En la primera lectura, vemos un momento crítico de la Iglesia naciente. Hay quejas porque algunas viudas no son bien atendidas. ¿Cómo reaccionan los apóstoles? No imponen su autoridad de forma aislada, sino que convocan a la comunidad.
Aquí vemos el corazón de la sinodalidad en marcha, en acción. Para que la Palabra de Dios no se descuide, eligen a siete hombres de buena fama, los diáconos, para el servicio. Esta es la gran lección: caminar juntos significa escucharnos, reconocer los problemas y organizar el servicio, la diaconía, para que nadie se sienta excluido. Una comunidad sinodal es aquella donde cada piedra viva tiene su función y donde el servicio al hermano es el lenguaje común.
Por eso hoy hemos cantado en el Salmo: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”. El salmista nos dice que la palabra del Señor es sincera y que sus ojos están puestos en quienes lo temen.
Esa es la confianza de la Pascua: saber que, aunque el camino sea difícil o surjan conflictos en la comunidad, como en el tiempo de los apóstoles, la mirada del Señor nos sostiene. Él es nuestra ayuda y nuestro escudo; en Él nos apoyamos para no tropezar.
No dejemos que nuestro corazón se turbe. El Buen Pastor de la semana pasada es el mismo que hoy nos dice: “Voy a prepararos sitio”.
Seguir a Jesús como Camino significa vivir como Él: sirviendo, escuchando y amando. Sentirnos Piedras Vivas significa que mi hermano es necesario para que el edificio de la Iglesia se mantenga en pie.
Que en esta semana nos preguntemos: ¿Soy una piedra que construye o una piedra de tropiezo? ¿Me dejo guiar por el único Camino que lleva a la Vida verdadera?
Que la Santísima Virgen, que siempre confió incluso cuando no entendía el camino, nos ayude a decir como ella un “sí” generoso a este Dios que nos ama, nos llama y nos sostiene.
Feliz domingo y feliz semana.































