Del 11 al 13 de septiembre, la Casa Diocesana de Espiritualidad de Málaga acogió el primer retiro de Emaús de hombres organizado por el grupo de la parroquia de San Sebastián y la Inmaculada Concepción de Alhaurín de la Torre. Participaron 64 hombres, de los cuales 21 vivían esta experiencia por primera vez.
Fue un fin de semana de encuentro con Cristo y de cercanía entre hermanos. Un tiempo para detenerse, abrir el corazón y descubrir que el Señor sigue caminando a nuestro lado, también entre las prisas y las dificultades de cada día.
Con especial cariño acogimos a estos 21 nuevos hermanos de Emaús, acompañándolos en sus pasos para acercarse más a Él.
Nos queda una profunda gratitud por lo compartido y por quienes hicieron posible este retiro con su entrega, su servicio y su oración. Lo vivido nos anima a seguir caminando juntos y a cuidar esa fraternidad en la vida cotidiana de nuestra parroquia.
Deseamos que cada vez más personas de nuestra comunidad parroquial se animen a acercarse a la experiencia de Emaús. No hace falta tener todas las respuestas ni estar en un momento concreto de la vida de fe: basta con darse la oportunidad de parar y abrir el corazón. Si sientes esa inquietud, acércate y pregunta. Te esperamos con cariño para seguir descubriendo juntos la alegría de encontrarnos con Cristo.
Nos encontramos recorriendo las semanas del Tiempo Ordinario, guiados por el evangelio de san Mateo, nos adentramos en el Discurso Eclesial o comunitario. Si el domingo pasado la Palabra nos enseñaba la pedagogía de la corrección fraterna, hoy el Señor nos sitúa ante el verdadero pilar que sostiene la comunión de la Iglesia: el perdón sin medida.
El libro del Eclesiástico, nos desarma con una sabiduría profundamente exegética y pastoral: “Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor?”. El sabio Ben Sira nos recuerda que el rencor y la ira son cosas detestables que enferman el alma del pecador desde su interior. No podemos presentarnos ante el altar de Dios con el puño cerrado ante el prójimo.
Por eso, el salmo sale al encuentro de nuestra debilidad con un vivo retrato de la naturaleza íntima de Dios: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”. La teología del salmista nos enseña que Dios no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas, sino que aleja de nosotros nuestros delitos tanto como dista el oriente del ocaso.
De esta infinita gratuidad divina brota el mandato nuevo del Evangelio. San Pedro, con mentalidad legalista, pregunta a Jesús si basta perdonar hasta siete veces. Pero el Señor rompe todos los esquemas humanos y contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Es decir, debemos perdonar siempre, siempre, siempre.
Para ilustrarnos, Jesús nos regala la parábola del siervo ingrato. Aquel hombre debía una deuda astronómica, una cantidad imposible de pagar. Al postrarse con humildad, el rey, movido por la compasión, le condona toda la deuda. Sin embargo, ese mismo siervo es incapaz de perdonar una deuda insignificante a su compañero. ¡Qué terrible paradoja! Nos muestra la mediocridad de nuestro corazón cuando, habiendo sido perdonados de una deuda impagable con Dios, pretendemos cobrar hasta los más ínfimo, hasta el último céntimo, a nuestros hermanos.
Aquí es donde la segunda lectura adquiere toda su fuerza moral. San Pablo nos exhorta en su carta a los Romanos: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo… En la vida y en la muerte somos del Señor”. Por el Bautismo hemos sido incorporados al Resucitado y ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Él. Si somos del Señor, nuestro pensar y actuar ya no pueden regirse por los criterios egoístas de este mundo, sino por los sentimientos de Cristo Jesús.
Desármenos nuestros corazones, acerquémonos a la Eucaristía, memorial de la Pascua y del perdón supremo de la cruz, al decir Amén, al recibir el Cuerpo de Cristo, digamos también Amén al perdón y a la reconciliación con el prójimo y que el Señor cure nuestras heridas y nos conceda un corazón semejante al suyo, capaz de sanar al mundo.