Domingo de Laetare
14/03/2026
Nos situamos en el corazón de la Cuaresma, el domingo Laetare, donde la Iglesia suaviza el color de la penitencia para dejarnos vislumbrar ya el gozo de la Pascua. El itinerario bautismal, el catecumenado de la comunidad, pues en la noche de Pascua renovaremos nuestras promesas bautismales, la semana pasada nos deteníamos en pozo de Sícar con la samaritana, esta nos conduce de la mano del Ciego de nacimiento, a la piscina de Siloé, para que comprendamos que la fe no es una adhesión intelectual, sino un paso de las tinieblas a la luz.
La liturgia de hoy es una sinfonía sobre la visión. El relato de la curación del ciego no es solo un milagro del pasado; es el espejo de nuestra propia biografía espiritual. El ciego está ahí, al borde del camino, sumido en una oscuridad que la mentalidad de la época atribuía al pecado. Pero Cristo rompe el determinismo moralista: «Ni pecaron él ni sus padres«. El dolor no es un castigo, es un escenario para que se manifiesten las obras de Dios.
Jesús utiliza el barro y la saliva, elementos de la creación, para recordarnos que nuestra visión dañada necesita ser recreada. Al enviarlo a la piscina de Siloé, que significa “Enviado”, san Juan nos está diciendo que, solo lavándonos en las aguas del Bautismo, que es Cristo mismo, podemos empezar a ver la realidad como Dios la ve.
Este tránsito del ciego se refleja bellamente en el Salmo, el del Buen Pastor, “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”. El ciego de nacimiento camina por la cañada oscura del rechazo social y la ceguera física, pero al encontrarse con la Luz del Mundo, su bastón y su cayado le dan sosiego. La luz de Cristo no elimina los valles de sombra de nuestra vida, pero nos permite caminarlos sin el terror del que se sabe perdido. La luz es, ante todo, una Presencia que nos acompaña.
La primera lectura del primer libro de Samuel nos ofrece la clave teológica para entender por qué a veces, teniendo ojos, estamos ciegos. Samuel va a buscar un rey entre los hijos de Jesé y se deja deslumbrar por la apariencia de Eliab. Sin embargo, Dios pronuncia una frase que debe ser el ancla de nuestra meditación: “La mirada de Dios no es como la del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón”.
La ceguera más peligrosa no es la del ojo, sino la del corazón que se ha vuelto autorreferencial, como el de los fariseos del Evangelio. Ellos ven el milagro, pero sus prejuicios les impiden ver la Luz. David, el más pequeño, el que estaba cuidando el rebaño, es el elegido. La luz de Dios elige lo que el mundo desprecia para iluminar la historia.
Finalmente, san Pablo en la carta a los Efesios nos lanza una exhortación que es un grito de guerra espiritual: “Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará” Pablo nos recuerda que antes éramos tinieblas, pero ahora somos “luz en el Señor”.
Esto implica una ética de la transparencia. El cristiano no puede vivir en la penumbra de la doble vida o de la mediocridad. Quien ha sido tocado por la luz de Siloé debe producir frutos de bondad, justicia y verdad. No somos la fuente de la luz, sino espejos que deben reflejar el sol de justicia que es Cristo.
Qué el Señor Jesús, Luz de la Luz, ponga de nuevo barro en nuestros ojos cansados, y que nos lleve a la fuente de la gracia para que, lavándonos de nuestros prejuicios y miedos, pueda verlo no solo como un profeta o un hombre bueno, sino como mi Señor y mi Dios. Que tu luz no me deslumbre, sino que me guíe por el camino de la paz.
Feliz domingo día del Señor y feliz semana.






















