23/08/2026
En este Domingo XXI del Tiempo Ordinario, nos reunimos en torno a la mesa del Señor para responder a la pregunta más trascendental que puede enfrentar el corazón humano: ¿Quién es Jesús para nosotros? Las lecturas nos sumergen en la identidad de nuestro Señor y en la misión que Él ha confiado a su Iglesia para que esa verdad ilumine al mundo.
En el Evangelio, vemos a Jesús en la región de Cesarea de Filipo haciendo como una encuesta acerca de su propia identidad. Primero pregunta qué dice la gente, y las respuestas son variadas. Pero el Señor no se conforma con opiniones ajenas y lanza la pregunta directamente a sus amigos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. En nuestra actualidad, esta pregunta sigue resonando con fuerza en medio de la sociedad, llena de ruidos, ideologías y distracciones que intentan darnos respuestas falsas sobre la felicidad y el sentido de la vida. Ser cristiano no consiste en saber datos históricos sobre un personaje de hace dos mil años, sino en responder con el corazón que Jesús es el centro de nuestra existencia personal.
Pedro, movido por una gracia que no viene de “la carne ni de la sangre”, confiesa con solemnidad: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Esta respuesta es la roca sobre la cual se asienta nuestra fe. Por eso, Jesús le cambia el nombre a Simón por el de Pedro, que significa piedra, y le entrega las llaves del Reino de los Cielos. Esta imagen de las llaves nis lleva a la primera lectura del profeta Isaías, donde Dios destituye al mayordomo arrogante Sobná y elige a Eliaquín, poniéndole sobre sus hombros la llave del palacio de David. En la Biblia, la autoridad no es un privilegio para el orgullo, sino una carga de servicio y una misión de paternidad para con el pueblo. Hoy, reconocemos en el Papa, sucesor de Pedro, ese signo de unidad y esa autoridad que Cristo ha querido dejar en su Iglesia para que las puertas del mal nunca la derroten.
Sin embargo, hermanos, al contemplar este diseño de Dios, nos podemos sentir abrumados, como le sucedió a San Pablo en la segunda lectura. Al reflexionar sobre los caminos de Dios, el Apóstol prorrumpe en un himno de asombro: “¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones!”. En nuestras luchas diarias, en nuestras dudas y cuando el sufrimiento parece oscurecer el horizonte, debemos recordar que los planes de Dios son mucho más grandes que nuestros cálculos humanos. Como nos enseña el salmo de hoy, debemos confiar en que su misericordia es eterna y que Él jamás abandonará la obra de sus manos, que somos cada uno de nosotros.
Estamos invitados a dejar de ser simples espectadores de la fe para convertirnos en piedras vivas que edifican la Iglesia. Cada vez que participamos en la Eucaristía, escuchamos la misma Palabra y compartimos el mismo Pan, recibiendo la fuerza necesaria para ser coherentes en nuestra vida cotidiana. No tengamos miedo de confesar a Jesús en nuestros hogares, trabajos y lugares de ocio. Reconocer que Él es el Mesías significa que Él tiene la última palabra en nuestras decisiones, en nuestro modo de amar y en nuestra esperanza frente a la muerte.
Que María, que acogió la Palabra con humildad absoluta, nos enseñe a ser dóciles al Espíritu para que nuestra respuesta a Jesús sea siempre un sí vibrante y lleno de amor. Que, al salir del templo, podamos decir al mundo, no con teorías, sino con nuestra propia vida: Señor mío y Dios mío, Tú eres mi roca y mi salvación
Feliz domingo, día del Señor, y feliz semana








































