Domingo XIX del Tiempo Ordinario

09/08/2026

En este XIX domingo del Tiempo Ordinario, centrado no ya tanto en qué es el Reino, sino en la identidad misma de Aquel que lo trae: ¿Quién es este Jesús que camina sobre las aguas? Venimos de la llanura de la sobreabundancia, tras haber meditado el domingo pasado en la multiplicación de los panes, y hoy el Señor nos conduce mar adentro, hacia el centro de nuestras propias oscuridades y miedos.

Las lecturas de hoy forman una unidad sobre cómo Dios se manifiesta al hombre en medio de su fragilidad. En la primera lectura, encontramos al profeta Elías en el monte Horeb. Elías está agotado, huye temiendo por su vida y busca desesperadamente la presencia de Dios para recuperar el sentido de su misión.

En la segunda lectura, san Pablo nos abre su corazón en la carta a los Romanos, es un momento de madurez teológica, donde expresa un dolor profundo por sus hermanos de raza, recordándonos que nuestra fe no es algo aislado, sino que tiene raíces profundas en la historia y en las promesas hechas a Israel.

El Evangelio, de san Mateo, nos sitúa en medio de la noche, en una barca sacudida por las olas y con viento en contra. Es la imagen mismísima Iglesia, de nuestra propia existencia cuando sentimos que nos faltan las fuerzas frente a las adversidades de la vida.

La experiencia de Elías es una lección fundamental para nuestro tiempo, tan sediento de estímulos intensos. Dios no estaba en el huracán violento, ni en el terremoto, ni en el fuego devorador. Dios se manifiesta en el “susurro de una brisa suave”. Debemos aprender que el Señor no suele irrumpir en el espectáculo o en el ruido, sino en la mansedumbre del silencio.

En el Evangelio, vemos a los discípulos aterrorizados al ver a Jesús caminando sobre el mar, confundiéndolo con un fantasma. Pero el Señor les dirige la palabra que debe sostenernos hoy a nosotros: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”.

El Salmo nos invita precisamente a esto: “Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a su pueblo”. Solo en la escucha atenta de la oración podemos reconocer que la salvación está cerca de los que lo temen.

Pedro, con su habitual impetuosidad, quiere ir hacia Él. Su caminar sobre las aguas es posible mientras mantiene su mirada fija en el Maestro. Sin embargo, al sentir la fuerza del viento y mirar las olas, el miedo lo hunde. Pedro se convierte así en el espejo de nuestra propia fe vacilante, entre la certeza y la duda. Pero, hermanos, ahí radica la belleza de este encuentro: cuando Pedro grita “Señor, sálvame”, Jesús no lo deja perecer, sino que extiende su mano y lo agarra.

La barca de nuestra vida, y la barca de la Iglesia, puede ser zarandeada, pero nunca naufragará porque Jesús está en ella. Al subir Jesús a la barca, el viento se amaina, y surge la verdadera adoración: “En verdad eres Hijo de Dios”.

No permitamos que la tormenta de los problemas cotidianos nos impida reconocer al Señor que viene a nuestro encuentro. La fe es un proceso largo, una travesía existencial que exige dar saltos en el vacío confiando únicamente en su Palabra.

Que la Virgen María, que conservaba todas las cosas meditándolas en su corazón, nos enseñe a reconocer la presencia del Resucitado en cada jornada de nuestra vida.

Feliz domingo y feliz semana.

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario

02/08/2026

El domingo pasado concluimos el discurso en parábolas, partir de este, y durante los cinco próximos domingos, el eje temático da un giro, su enfoque pasa de ser ¿Qué es el Reino? a centrarse en la identidad de Jesús, la formación de sus discípulos.

Durante estos domingos, la narrativa nos llevará a preguntarnos fundamentalmente ¿Quién es Jesús? Los evangelios relatan milagros y diálogos que revelan su divinidad y preparan a los discípulos para el misterio de la Cruz.

En este domingo nos toca meditar y reflexionar el relato de la multiplicación de los panes y peces, en el que contemplamos un misterio que toca la fibra más íntima de nuestra fragilidad humana: la angustia ante nuestra propia insuficiencia y la sobreabundante compasión de Dios, y como la fidelidad de Dios, que conoce nuestra hambre y sed, sale a nuestro encuentro para saciarnos más allá de todo cálculo humano.

En la primera lectura, del profeta Isaías, escuchamos una invitación vibrante y gratuita: “Venid por agua todos los sedientos; venid, aunque no tengáis dinero”. Es la lógica de la gratuidad divina, un Dios que ofrece manjares exquisitos y vinos refinados para sellar una alianza perpetua con su pueblo. El Señor nos llama a no gastar nuestro salario en lo que no sacia, recordándonos que la verdadera vida nace de la escucha atenta de su Palabra, que es el único alimento capaz de dar vida.

Esta generosidad de Dios resuena con fuerza en el salmo, donde aclamamos que “el Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad”. Con ojos de fe, confesamos que los ojos de todas las criaturas esperan en Él, porque es el Padre quien abre su mano y sacia de favores a todo viviente. Es un retrato consolador de nuestro Dios, que no solo nos vigila, sino que se inclina hacia nosotros para sostener a los que van a caer y enderezar a los que ya se doblan por el peso de la vida.

En el Evangelio vemos este amor de Dios encarnado en los gestos de Jesús. Al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús busca el retiro y la soledad, pero al ver a la muchedumbre, su corazón no se cierra en su propio duelo, sino que “sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos”. Cuando llega el atardecer de nuestras fatigas y los discípulos sugieren despedir a la gente por falta de recursos, el Maestro lanza un reto que todavía resuena hoy: “Dadles vosotros de comer”.

Con solo cinco panes y dos peces, Jesús realiza el milagro de la sobreabundancia, un signo que preanuncia la Eucaristía: toma el pan, levanta la mirada, bendice, parte y lo entrega. En este desierto de nuestra existencia, Cristo se manifiesta como el verdadero Pastor que no permite que nadie se marche con hambre.

Finalmente, san Pablo, en la segunda lectura, nos ofrece la certeza absoluta que corona esta liturgia de la abundancia: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”. Ante la tribulación, el hambre o el peligro, el apóstol nos asegura que nada, ni la vida ni la muerte, puede apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Esta es la fuerza que nos permite ser más que vencedores, no por nuestras fuerzas, sino por aquel que nos ha amado primero.

Por tanto, este domingo se nos invita a confiar en que la misericordia de Dios. Al acercarnos a la Eucaristía, reconozcámonos pequeños y necesitados, pues el Señor solo necesita nuestra pobreza, nuestros cinco panes y dos peces, para realizar el milagro de saciar al mundo entero. Comprometámonos a ser, como Jesús, pan partido y repartido para la vida de nuestros hermanos más vulnerables.

Feliz domingo, y feliz semana

Domingo XVII del Tiempo Ordinario

26/07/2026

En los últimos domingos, hemos escuchado el discurso en parábolas, hemos contemplado la semilla que cae en diversos terrenos, nuestra predisposición para que la semilla crezca; hemos reflexionado sobre el misterio del trigo y la cizaña enseñándonos que el bien y el mal crecen juntos hasta la siega, hasta el final de los tiempos; y nos hemos maravillado ante la fuerza expansiva del grano de mostaza y la levadura.

Hoy presenciamos la culminación de esta enseñanza. El Señor se retira de la multitud, entra en la casa con sus discípulos y les revela el misterio íntimo del Reino a través de tres parábolas breves pero intensas: el tesoro escondido, la perla de gran valor y la red de arrastre.

Pero el ápice de este discurso, la verdadera clave de todo el capítulo, se encuentra en la afirmación final, donde centraremos nuestra mirada: “Por eso, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus tesoros lo nuevo y lo viejo”

Para comprender la profundidad del evangelio de hoy, en la primera lectura, vemos al rey Salomón frente a su propia debilidad. Cuando Dios le ofrece cualquier don “Pídeme lo que quieras”, Salomón no pide riquezas, ni la muerte de sus enemigos, ni una vida larga. Pide un “corazón dócil”para saber discernir entre el bien y el mal, pide la Sabiduría que nace de la humildad.

Como nos ha recordado el salmo, el que posee esta sabiduría exclama con alegría “Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata” Ese corazón que escucha es, precisamente, el campo donde se esconde el tesoro; es el ojo experto del mercader que sabe reconocer la perla fina.

Esta es la verdadera Sabiduría que, como nos recuerda san Pablo en la segunda lectura, nos permite entender que “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”. La predestinación de la que habla el Apóstol no es un destino ciego, sino la vocación a “reproducir la imagen de su Hijo”. Nuestro Señor es el Tesoro, la Perla, la Sabiduría.

En la época de Jesús, el escriba era el teólogo oficial, el erudito encargado de conservar, copiar e interpretar la Ley, la Torá. Su mirada estaba anclada en la antigüedad de la Alianza. Jesús no condena la profesión ni la erudición de los escribas y fariseos, sino su actitud, el legalismo rígido, la hipocresía y el usar la Ley para oprimir en lugar de liberar.

 Un escriba que se ha hecho discípulo del Reino es el ideal cristiano, un experto en las escrituras del Antiguo Testamento, la biblia judía, que se abre al Señor, su tesoro antiguo se convierte en nuevo e inmenso.

Es el autorretrato de Mateo, que es un escriba que entiende, que Jesús, no vino a abolir ni a quitar una sola coma de la Ley, de la Torá, no vino a derogar las escrituras, el Antiguo Testamento, sino a darle plenitud, lo nuevo.

Lo antiguo las promesas, los profetas, la Ley, la sabiduría de Israel; lo nuevo es el Evangelio, la gracia, la resurrección y la enseñanza de Jesús que nos quiere transmitir que no hay ruptura entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

El padre de familia somos cada uno de nosotros, con nuestro pasado, con nuestra educación, con nuestros aciertos, con nuestros errores, y con nuestras tradiciones en la que hemos crecido; lo nuevo es la transformación, nuestra conversión, la nueva luz que recibimos, nuestros descubrimientos, nuestro presente. Cuando el Reino entra en nuestro corazón no tenemos que amputar nuestro pasado.

Con demasiada frecuencia, caemos en la tentación de polarizar el depósito de nuestra fe. Algunos se aferran exclusivamente a lo viejo con una rigidez que asfixia la vitalidad del Espíritu, confundiendo la Tradición viva de la Iglesia con el inmovilismo. Otros, seducidos por una novedad mundana, buscan constantemente lo nuevo, despreciando las raíces, el dogma y el magisterio, como si la Iglesia hubiera nacido esta misma mañana.

En la Eucaristía celebramos lo viejo, el memorial del sacrificio del Calvario de una vez para siempre, y experimentamos lo nuevo, la presencia real y vivificante del Resucitado que renueva hoy nuestras fuerzas.

Pidamos a María que supo guardar las antiguas promesas de Israel en su corazón y acoger la novedad de la Encarnación, nos enseñe a ser buenos escribas del Reino.

Feliz domingo y feliz semana.

Domingo XVI del Tiempo Ordinario

19/07/2026

Nos encontramos hoy en el corazón del Discurso de las Parábolas, el tercero de los cinco grandes discursos que estructuran el Evangelio según S.  Mateo. Tras haber contemplado el domingo pasado la generosidad del sembrador, hoy se nos invita a profundizar en el misterio del Reino de los Cielos a través de tres nuevas parábolas: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura.

Hace dos domingos, el Señor nos abrazaba y vital diciéndonos “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Con el corazón ya descansado en Él, el domingo pasado nos invitó a mirar la tierra de nuestra alma para acoger, como tierra buena, la semilla de su Palabra. Hoy, esa semilla ya está plantada y creciendo, pero el Señor nos revela las dificultades, los impedimentos y contratiempos para que el Reino crezca; y lo hace para prepararnos para el próximo domingo, donde nos invitará a descubrir que, a pesar de los problemas, obstáculos y barreras de ese campo, en él se esconde un tesoro, vale la pena venderlo todo por él.

El Evangelio nos sitúa ante una pregunta que atraviesa la historia humana: ¿por qué permite Dios que el mal crezca junto al bien? En la parábola de la cizaña, Jesús nos revela que el Reino de Dios en este mundo no es una realidad triunfalista o pura de forma inmediata; el bien convive con el mal hasta la siega final.

Esta paciencia divina, que a ojos humanos puede parecer debilidad, es en realidad la manifestación de su soberanía. Como nos enseña hoy la primera lectura del libro de la Sabiduría, Dios, siendo el dueño del poder, juzga con moderación y nos gobierna con mucha indulgencia. “Tu soberanía sobre todo te hace perdonar a todos […]. Juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia” Dios no es débil por esperar; al contrario, su clemencia es la máxima expresión de su omnipotencia. Él no arranca la cizaña inmediatamente porque en el campo del Señor el milagro de la gracia es siempre posible, lo que hoy es cizaña, mañana, por la conversión, puede transformarse en trigo. Su fuerza es el principio de su justicia, y precisamente porque es Señor de todos, dando siempre lugar al arrepentimiento, el salmo responde a esta verdad con una confesión de confianza: “Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan”.

Junto al drama de la cizaña, Jesús nos propone las parábolas de la mostaza y la levadura para recordarnos el dinamismo humilde del Reino. El Reino de Dios no se impone con estrépito, sino que actúa en silencio, como la levadura en la masa o la semilla minúscula que se convierte en árbol. Es una invitación a la esperanza, aunque nos sintamos pocos o débiles, la Palabra de Dios posee una fuerza interior que no depende de nuestros méritos, sino de la gracia.

Reconozcamos que nosotros mismos somos ese campo donde el trigo y la cizaña conviven. En nuestras luchas internas y en nuestra incapacidad para discernir a veces el camino correcto, el apóstol san Pablo nos ofrece en la segunda lectura un bálsamo de consuelo: “El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad”. Cuando no sabemos ni siquiera pedir como conviene, es el Espíritu mismo quien intercede por nosotros con gemidos inefables, orando en nuestro interior según la voluntad de Dios.

La Palabra de este domingo nos llama a desarmarnos de nuestros prejuicios. A menudo, como los criados de la parábola, querríamos arrancar la cizaña de inmediato, pero el Señor nos pide paciencia. Convivir con el mal no significa aprobarlo, sino aprender la lección de la misericordia infinita de Dios, que espera hasta el último momento para que el fruto madure.

Pidamos al Señor que limpie nuestro corazón de toda envidia y nos conceda la sabiduría de los pequeños. Que sepamos ser buena levadura en medio de nuestra sociedad, trabajando con humildad y confiando en que, al final de los tiempos, los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.

Feliz domingo y feliz semana.

CONVOCATORIA Y CORDIAL INVITACIÓN A LOS CULTOS EN HONOR A NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN

Estimados hermanos en Cristo, Miembros de los Grupos Parroquiales y toda la Comunidad Parroquial:

Nos dirigimos a vosotros con inmensa alegría para invitaros a participar activamente en los solemnes cultos que nuestra comunidad celebrará en honor a Nuestra Señora la Virgen del Carmen de Alhaurín de la Torre.

Estos días son una oportunidad hermosa para unirnos en oración, manifestar nuestra devoción mariana y fortalecer nuestros lazos como familia parroquial.

Por ello, os convocamos de manera especial a los siguientes actos litúrgicos:

Ofrenda Floral a la Santísima Virgen: Tendrá lugar hoy, martes 14 de julio a las 18:30 horas, en nuestra Parroquia de San Sebastián e Inmaculada Concepción. Os animamos a traer vuestras flores para confeccionar el manto de devoción a nuestra Madre.

Solemne Misa y Procesión: Se celebrará el próximo jueves 16 de julio a las 20:00 horas. Tras la Sagrada Eucaristía, acompañaremos a la Santísima Virgen en su recorrido procesional por las calles de nuestro barrio Viejo.

Agradecemos de antemano la implicación y colaboración de todos los grupos y Comunidad parroquial para dar mayor realce y fervor a estas celebraciones.

Que la Virgen del Carmen nos cubra con su santo escapulario y bendiga a cada uno de vuestros hogares.

Esperamos contar con vuestra valiosa presencia.