02/08/2026
El domingo pasado concluimos el discurso en parábolas, partir de este, y durante los cinco próximos domingos, el eje temático da un giro, su enfoque pasa de ser ¿Qué es el Reino? a centrarse en la identidad de Jesús, la formación de sus discípulos.
Durante estos domingos, la narrativa nos llevará a preguntarnos fundamentalmente ¿Quién es Jesús? Los evangelios relatan milagros y diálogos que revelan su divinidad y preparan a los discípulos para el misterio de la Cruz.
En este domingo nos toca meditar y reflexionar el relato de la multiplicación de los panes y peces, en el que contemplamos un misterio que toca la fibra más íntima de nuestra fragilidad humana: la angustia ante nuestra propia insuficiencia y la sobreabundante compasión de Dios, y como la fidelidad de Dios, que conoce nuestra hambre y sed, sale a nuestro encuentro para saciarnos más allá de todo cálculo humano.
En la primera lectura, del profeta Isaías, escuchamos una invitación vibrante y gratuita: “Venid por agua todos los sedientos; venid, aunque no tengáis dinero”. Es la lógica de la gratuidad divina, un Dios que ofrece manjares exquisitos y vinos refinados para sellar una alianza perpetua con su pueblo. El Señor nos llama a no gastar nuestro salario en lo que no sacia, recordándonos que la verdadera vida nace de la escucha atenta de su Palabra, que es el único alimento capaz de dar vida.
Esta generosidad de Dios resuena con fuerza en el salmo, donde aclamamos que “el Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad”. Con ojos de fe, confesamos que los ojos de todas las criaturas esperan en Él, porque es el Padre quien abre su mano y sacia de favores a todo viviente. Es un retrato consolador de nuestro Dios, que no solo nos vigila, sino que se inclina hacia nosotros para sostener a los que van a caer y enderezar a los que ya se doblan por el peso de la vida.
En el Evangelio vemos este amor de Dios encarnado en los gestos de Jesús. Al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús busca el retiro y la soledad, pero al ver a la muchedumbre, su corazón no se cierra en su propio duelo, sino que “sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos”. Cuando llega el atardecer de nuestras fatigas y los discípulos sugieren despedir a la gente por falta de recursos, el Maestro lanza un reto que todavía resuena hoy: “Dadles vosotros de comer”.
Con solo cinco panes y dos peces, Jesús realiza el milagro de la sobreabundancia, un signo que preanuncia la Eucaristía: toma el pan, levanta la mirada, bendice, parte y lo entrega. En este desierto de nuestra existencia, Cristo se manifiesta como el verdadero Pastor que no permite que nadie se marche con hambre.
Finalmente, san Pablo, en la segunda lectura, nos ofrece la certeza absoluta que corona esta liturgia de la abundancia: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”. Ante la tribulación, el hambre o el peligro, el apóstol nos asegura que nada, ni la vida ni la muerte, puede apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Esta es la fuerza que nos permite ser más que vencedores, no por nuestras fuerzas, sino por aquel que nos ha amado primero.
Por tanto, este domingo se nos invita a confiar en que la misericordia de Dios. Al acercarnos a la Eucaristía, reconozcámonos pequeños y necesitados, pues el Señor solo necesita nuestra pobreza, nuestros cinco panes y dos peces, para realizar el milagro de saciar al mundo entero. Comprometámonos a ser, como Jesús, pan partido y repartido para la vida de nuestros hermanos más vulnerables.
Feliz domingo, y feliz semana










































