Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

08/11/2026

Caminamos hacia al final del año litúrgico, la Iglesia orienta nuestra mirada hacia el horizonte escatológico y definitivo de la existencia humana. Las lecturas de este Domingo XXXII del Tiempo Ordinario nos ofrecen una profunda pedagogía de la espera enamorada. No se trata de aguardar con un temor que paraliza, sino con la vigilancia sabia y el deseo despierto de quien sabe a quién espera.

En la primera lectura, el Libro de la Sabiduría la presenta como una presencia radiante e inmarcesible, que se deja encontrar con facilidad por quienes la aman y madrugan para buscarla. Esa búsqueda de Dios nace de la sed interior que cantamos en el salmo “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío; mi carne tiene ansia de ti como tierra reseca, agostada, sin agua”. Solo quien cultiva esta sed aprende a reconocer los pasos del Creador en medio de la vida cotidiana.

Ese mismo deseo sostiene nuestra fe frente a la dolorosa herida de la muerte. San Pablo, en la segunda lectura, nos entrega una palabra de consuelo imborrable, los cristianos no nos afligimos “como los demás, que no tienen esperanza”. Si creemos que Jesús murió y resucitó, sabemos con certeza que Dios llevará con Él a los que han dormido en Jesús; nuestro destino final es la comunión eterna para estar siempre con el Señor.

Frente a esa eternidad, el Evangelio nos confronta con la parábola de las diez vírgenes. Diez muchachas salieron con sus lámparas al encuentro del esposo; pero el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. La Escritura nos muestra con realismo que la fragilidad y el cansancio son compartidos por todos. Sin embargo, la diferencia radical no estuvo en el sueño, sino en el aceite de las alcuzas. Las vírgenes prudentes llevaron consigo una reserva de aceite; las necias confiaron en la improvisación.

La Iglesia nos enseñan que este aceite es el símbolo de la caridad, del amor auténtico y de las buenas obras cultivadas en el secreto del corazón. Vivimos en un mundo acelerado que nos exige brillar superficialmente, pero que a menudo nos vacía por dentro. El aceite de la oración humilde, de la fidelidad silenciosa y del servicio fraterno no se puede pedir prestado ni comprar a última hora en el mercado de la prisa. Se destila gota a gota, día tras día, en la intimidad con Dios.

Cuando a medianoche resuena el grito “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”, solo quien conserva la lámpara alimentada por el amor entra a la fiesta de las bodas. Velar no es vivir atemorizados por la angustia, sino mantener el alma responsable y despierta.

Pidamos al Señor que llene nuestras alcuzas de caridad. Que cuando Él vuelva nos encuentre preparados, con las lámparas encendidas, para entrar con Él al banquete de la Vida eterna.

Feliz domingo y feliz semana

Preparando el camino al «sí, quiero»

Durante el pasado octubre, nuestra parroquia acogió los “Encuentros de preparación al matrimonio”, un tiempo de reflexión y acompañamiento para los novios de nuestra comunidad que se están preparando para su boda.

A lo largo de las sesiones, las parejas trabajaron aspectos clave de la vida en común como el diálogo, el perdón y la fe compartida…

Como broche final, celebramos nuestra «cataquesis»: una actividad que combinó la cata de vinos con la lectura del Evangelio de las Bodas de Caná.

A través del símil de las distintas fases y notas del vino, las parejas pudieron compartir y descubrir cómo evoluciona la vida matrimonial y cómo, con la presencia de Dios en el hogar, el «vino mejor» siempre está por venir.

Damos la enhorabuena a todos los novios por su participación. ¡Seguimos rezando por vosotros en este hermoso camino!

Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos

La Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos es el día que dedicamos a recordar especialmente a quienes ya no están físicamente con nosotros. Es un día teñido de nostalgia, pero la Palabra de Dios nos invita a iluminar esa tristeza con una certeza fundamental: no estamos solos en la vida, ni estamos solos en la muerte.

El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, nos regala una de las verdades más consoladoras de nuestra fe, “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo… en la vida y en la muerte, somos del Señor”. Pertenecer a Dios es nuestra mayor esperanza. Cuando la pérdida nos golpea, cuando el dolor nos hace sentir que todo termina en la ausencia, la lectura la primera nos ha recordado que nuestro destino final es descansar en las manos de Dios, ante quien todos nos presentaremos no para ser condenados, sino para ser abrazados por su amor.

La fragilidad de nuestra existencia se ha hecho dolorosamente visible esta misma semana. Tenemos muy presentes en nuestro corazón y en nuestra oración a los fallecidos en el trágico accidente de trenes en Urda del pasado miércoles. Ante muertes tan repentinas y dramáticas, las palabras humanas a menudo sobran y el alma se estremece. Es entonces cuando hacemos nuestro el clamor del Salmo 102: “El Señor es quien salva a los justos”. Confiamos a estas víctimas, junto a todos nuestros familiares y amigos difuntos, a ese Dios que es compasivo y misericordioso, que conoce nuestra condición y nos sostiene en nuestra debilidad.

Esa pertenencia al Señor que nos consuela ante la muerte es también el motor de nuestra vida diaria. El Evangelio de Mateo nos muestra el camino a seguir, pues si somos del Señor, debemos actuar como el Señor. El juicio definitivo del que nos habla san Pablo no es un tribunal frío, sino la revelación de cuánto hemos amado. El Señor se identifica con el hambriento, con el forastero, con el enfermo y con el encarcelado. Demostramos que pertenecemos a Dios cuando cuidamos a nuestros hermanos.

El mensaje de hoy es profundamente esperanzador. Nos salvamos por la misericordia de Dios, y respondemos a esa salvación amando a los demás en las cosas más sencillas y cotidianas.

Pidamos hoy por todos nuestros fieles difuntos, de manera muy especial por las víctimas del accidente de Urda, y por sus familias, para que encuentren el consuelo de la fe. Y pidamos también por nosotros, los que aún caminamos por esta vida, para que no nos cansemos de hacer el bien. Que el Señor nos dé la gracia de reconocer su rostro en los que sufren, para que al final de nuestros días podamos escuchar esa hermosa promesa: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros”.

Feliz día.

Solemnidad de Todos los Santos

Celebramos con alegría la Solemnidad de Todos los Santos, una fiesta que nos llena de esperanza porque nos recuerda que nuestra verdadera meta es el cielo, y que la santidad es posible y que estamos llamados a ella. Sin embargo, traemos la vida real, con sus luces y sus sombras, antes de adentrarnos en el mensaje de hoy, queremos tener presentes a los afectados por el trágico accidente de tren de esta semana. Elevamos nuestra oración por el eterno descanso de los fallecidos, pedimos la curación de los heridos y rogamos para que el Señor sea el consuelo y la fortaleza de sus familias en estos momentos de dolor.

Con esta oración en el corazón, la Palabra de Dios de hoy nos invita a levantar la mirada hacia la eternidad, dándonos un mensaje de profunda confianza.

En el libro del Apocalipsis, San Juan nos describe una imagen espectacular: una muchedumbre inmensa que nadie podría contar. No son solo los santos famosos que vemos en los altares o en las estampitas; son los santos de la puerta de al lado. Son padres, madres, abuelos, trabajadores y jóvenes que han vivido su vida ordinaria con un amor extraordinario. Es la multitud de aquellos que han superado las tribulaciones de la vida confiando siempre en el Señor.

Y, ¿cómo llegamos a formar parte de esa multitud? El salmo nos ha dado la respuesta al responder juntos: “Estos son los que buscan al Señor”. El santo no es el que nunca se equivoca, sino el que tiene manos inocentes y puro corazón; es decir, aquel que, a pesar de sus debilidades, busca constantemente el rostro de Dios y se esfuerza por hacer el bien a sus hermanos.

La segunda lectura de la carta de San Juan nos revela el motor de esta búsqueda. Nos recuerda nuestra identidad más profunda: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”. La santidad no es un esfuerzo sobrehumano, sino simplemente vivir de acuerdo a lo que ya somos. Porque somos sus hijos, nuestro destino final es estar con Él, verle tal cual es y ser semejantes a Él.

El Evangelio nos entrega el mapa para llegar a esa meta: las Bienaventuranzas. Este es el verdadero carné de identidad del cristiano. El mundo nos dice que felices son los ricos, los poderosos y los que no tienen problemas. Pero Jesús le da la vuelta a todo: dichosos los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz.

Jesús también añade: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. Esta bienaventuranza nos abraza a todos, y de manera especial a las familias que lloran la pérdida de sus seres queridos en el reciente accidente. Dios no es indiferente a nuestro sufrimiento; Él recoge cada una de nuestras lágrimas y nos promete un consuelo definitivo.

Al ir acercándonos al final de este ciclo litúrgico, la Iglesia nos recuerda que somos peregrinos en esta tierra. Hoy damos gracias por todos los santos anónimos que nos han precedido y que ya gozan de Dios. Que su ejemplo nos anime a vivir las Bienaventuranzas cada día, sembrando amor, paz y consuelo a nuestro alrededor, para que también nosotros podamos compartir un día esa gran fiesta del cielo.

Feliz domingo, y feliz día de Todos los Santos