Domingo XI del Tiempo Ordinario

14/06/2026

Somos el rebaño nacido de una herida de amor; elegidos en nuestra debilidad para ser el abrazo compasivo de Dios en un mundo extenuado. Esta frase encierra el latido profundo de la liturgia de la Palabra nos regala en este domingo undécimo del Tiempo Ordinario. Retomamos, tras las grandes solemnidades, es el tiempo del discipulado cotidiano, el tiempo en el que la gracia debe encarnarse en nuestras calles, en el silencio de nuestros hogares y en las fatigas de nuestras parroquias.

Esta semana que ha transcurrido hemos sido bendecidos con la visita del Santo Padre, León XIV por nuestras tierras, Madrid, Barcelona y Canarias. Aún resuenan en nuestros corazones sus palabras cuando, mirando la realidad de nuestra vieja Europa, nos invitaba a no ceder al cansancio de la esperanza. El Papa nos recordó que no estamos llamados a ser guardianes de un museo de cenizas, sino custodios de un fuego. Y es precisamente este fuego el que arde hoy en el Evangelio de San Mateo.

El evangelio nos dice que Jesús, al ver a las muchedumbres, “se compadeció de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”. El evangelista no habla de una lástima superficial, sino que a Jesús se le conmovieron las entrañas. Es un dolor físico, un amor visceral, maternal. Cristo mira nuestro mundo contemporáneo, mira nuestra soledad, nuestras batallas y nuestras luchas, nuestro desgaste, el vacío de tantos jóvenes. Él no siente decepción moral, sino una compasión que desgarra su corazón.

Esta es la verdad que cantamos en el Salmo “Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño”. No somos un rebaño anónimo, somos un rebaño amado hasta el extremo. San Pablo, en la carta a los Romanos, nos desvela el misterio insondable de esta elección: “Cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”. ¡Qué escándalo de gracia! Dios no espera a que estemos limpios, fuertes o descansados para amarnos. Nos ama en nuestra fragilidad. Nuestra miseria es, precisamente, el trono desde donde Él ejerce su misericordia.

Y es desde esta entraña compasiva desde donde nace la vocación y la misión. El Evangelio continúa relatando cómo Jesús llama a sus doce apóstoles, entre ellos algunos pescadores, un publicano, un zelote… Hombres rotos, limitados, pecadores. A ellos, y hoy a nosotros el Señor nos confía su propia autoridad para sanar, limpiar y resucitar.

El libro del Éxodo ya nos lo profetizaba en la primera lectura: “Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”. Todo bautizado participa de este sacerdocio (somos sacerdotes, profetas y reyes). Nuestra vocación, a la luz del corazón de Cristo, no es un privilegio de casta que nos separe del mundo, sino una llamada a descender a las trincheras del sufrimiento humano. Como nos decía el Papa Francisco, la Iglesia está llamada a ser un hospital de campaña donde las puertas siempre estén abiertas.

La orden del Señor hoy es clara y perentoria: “Gratis habéis recibido, dad gratis”. ¿Qué hemos recibido gratis? El perdón cuando no lo merecíamos; el consuelo cuando estábamos perdidos; la vocación cuando éramos indignos. La verdadera conversión de este domingo, consiste en dejar de vivir como huérfanos que tienen que ganarse el jornal de Dios a base de perfeccionismos, para empezar a vivir como hijos amados que derraman gratuitamente aquello que han bebido de la herida del costado de Cristo.

Feliz domingo y feliz semana

Solemnidad del Corpus Christi

En la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, estamos invitados a poner nuestra mirada y nuestra atención en el sacramento donde Cristo se nos da como verdadero alimento. No celebramos una idea abstracta, sino una Persona y un acontecimiento: el Misterio Pascual de la entrega de Jesús que se hace presente.

En la primera lectura, Moisés exhorta al pueblo a recordar la pedagogía de Dios durante los cuarenta años en el desierto. Allí, el Señor los alimentó con el maná, un alimento que no conocían sus antepasados, para enseñarles que el ser humano no vive solo de pan, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios. Para nosotros, este maná es la Eucaristía, donde la Palabra y el Pan se convierten en la misma realidad para sostener nuestra fragilidad. En este siglo acelerado, habitamos a menudo un desierto existencial, a veces asfaltado y envuelto en conexiones digitales, pero con una intemperie del alma que solo Cristo puede saciar. La Eucaristía es la respuesta divina a esa voracidad íntima, el alimento que nos permite no olvidar nuestra propia humanidad y la de nuestros hermanos.

San Pablo nos sitúa en la segunda lectura ante el realismo de la comunión. Al bendecir el cáliz y partir el pan, no realizamos un gesto vacío, sino que entramos en una unión personal y profunda con la vida y el amor de Cristo. El Apóstol subraya que el pan es uno solo, nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo porque participamos del mismo pan. Ser Cuerpo de Cristo significa que la Iglesia es una comunidad de personas distintas unidas en una comunión de amor, un icono de la Trinidad en el mundo. Por tanto, comulgar es un acto de valentía inmensa que nos compromete a no pasar de largo ante los que sufren, reconociendo que cada hermano es carne de nuestra carne en el Señor.

El Evangelio de san Juan nos entrega el núcleo más eucarístico del discurso del pan de vida. Jesús lanza una promesa que roza el escándalo para la mentalidad judía de su tiempo: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. El Señor entra de lleno en nuestra materia para redimirla y elevarla. Como bien intuyó san Agustín, en este banquete ocurre un intercambio asombroso: no somos nosotros quienes transformamos a Cristo en nosotros, como sucede con el pan ordinario, sino que es Él quien nos asimila y nos eleva a su divinidad. Quien come de este Pan ya tiene vida eterna y participa de la resurrección, pues vive por Cristo como Cristo vive por el Padre.

Debemos recibir este Pan con un corazón limpio, acudiendo frecuentemente al sacramento del perdón para que el Huésped de nuestra alma encuentre una morada digna.

Al salir por nuestras calles con la custodia, damos testimonio público de nuestra fe y piedad. Pero recordad que, tras haber comulgado, cada uno de nosotros es una procesión del Corpus viviente. Estamos llamados a ser pan partido para un mundo hambriento de consuelo, ofreciendo nuestra vida, nuestro tiempo y nuestro perdón sin esperar nada a cambio.

Que la Virgen María, que conservaba estas cosas en su corazón, nos enseñe a vivir cada día con la mirada puesta en el Señor, que se queda con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Domingo de la Stma. Trinidad

31/05/2026

Tras el Domingo de Pentecostés, la Iglesia nos invita a detenernos no ante un concepto, sino ante una Persona, mejor dicho, ante una Familia: la Santísima Trinidad. Cada vez que iniciamos cualquier celebración lo hacemos haciendo la señal de cruz y diciendo: “En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Se puede decir que hoy es el domingo más teológico, domingo del Misterio de Dios, en el corremos el riesgo de tratar la Trinidad como un acertijo matemático, un problema de “tres en uno” que nuestra mente no puede resolver. Pues bien, las lecturas de hoy presentan la revelación del corazón mismo de Dios, y nos invitan dejar de intentar explicar a Dios, para empezar a experimentarlo.

El Evangelio que acabamos de escuchar contiene quizás el versículo más hermoso de toda la Biblia “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único” Benedicto XVI nos recordaba constantemente que la Trinidad se entiende desde una sola premisa: Dios es amor (Deus Caritas Est). Y el amor, por su propia naturaleza, no puede estar aislado. Necesita a alguien que ame, alguien que sea amado, y el amor mismo que los une. El Padre es quien ama y entrega todo su ser; el Hijo es el amado que lo recibe todo; y el Espíritu Santo es ese Amor infinito que respira entre ellos. Hoy, San Juan nos dice que esa familia divina no se quedó encerrada en el cielo, sino que ese amor se desbordó hacia nosotros, dios nos quiere y nos ama tanto que el Padre entregó a su Hijo para salvarnos.

San Pablo, en la segunda lectura, se despide de los corintios con unas palabras con las que iniciamos cada Eucaristía: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros” ¿Cómo operan estas tres personas juntas a nuestro favor?

San Antonio de Padua nos invitaba a mirar algo tan cotidiano como el sol. En el sol vemos tres cosas inseparables: su existencia, su luz y su calor. El Padre es como esa fuente inagotable (el amor de Dios); el Hijo es la luz del mundo que desciende a nosotros (la gracia de Jesucristo); y el Espíritu Santo es el fuego que abriga nuestros corazones (la comunión). Tres realidades, un solo sol. Donde actúa el Hijo, allí está el amor del Padre y el calor del Espíritu Santo.

En la primera lectura, Moisés, sube Sinaí y Dios pasa delante de él proclamando su intimidad: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” Dios bajó a la montaña, pero hoy hace algo mucho más asombroso.

Como predicaba nuestro gran santo, San Juan de Ávila, el misterio de la Trinidad no se queda en las nubes. Por el bautismo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo hacen su morada dentro de nosotros. Ya no tenemos que escalar el monte Sinaí como Moisés para encontrar a ese Dios compasivo; si estamos en gracia, nuestra propia alma es un templo vivo. Llevamos el cielo entero en nuestro interior.

¿Cuál debe ser nuestra respuesta ante este misterio inmenso? El libro del Éxodo nos dice qué hizo Moisés cuando Dios se le reveló: “Al momento, Moisés se inclinó y se postró en tierra” Y cuando nos postramos ante Dios, ¿qué decimos? El salmo de hoy, que no es un salmo, sino que está tomado del cántico de Daniel, pone las palabras exactas en nuestros labios: “¡A ti gloria y alabanza por los siglos!”.

Frente a un Dios que sondea los abismos y se sienta sobre los querubines, pero que al mismo tiempo habita en nuestra alma, sobran las explicaciones. Solo queda la adoración. Esa es la lección de Santa Isabel de la Trinidad, aquella joven monja carmelita que comprendió que no debía intentar descifrar a Dios, sino sumergirse en Él. Su oración es el eco perfecto del cántico de Daniel para nosotros hoy: “Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en ti… Pacífica mi alma; haz de ella tu cielo, tu morada amada”

Que, en esta Eucaristía, las palabras de San Pablo se hagan carne en nuestras vidas: que la gracia del Hijo nos sostenga, que el amor del Padre nos consuele, y que la comunión del Espíritu Santo nos mantenga unidos. Y que cada vez que hagamos la señal de la cruz, recordemos cantar en nuestro corazón: “¡A ti gloria y alabanza por los siglos!”

Feliz domingo Stma. Trinidad y feliz semana.