27/09/2026
La liturgia de la Palabra de este Vigesimosexto Domingo del Tiempo Ordinario nos sitúa en el corazón de la viña del Señor, tras meditar el domingo anterior sobre la sobreabundante e inmerecida generosidad de Dios, hoy nos exige coherencia entre la fe que profesamos con los labios y la vida que encarnamos en nuestras obras.
Esta llamada a la conversión sincera coincide hoy con la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. La fe y la caridad no se pueden separar; por ello, la viña del Señor se concreta en el rostro de los hermanos que sufren el drama del desarraigo y la vulnerabilidad.
En la primera lectura, el profeta Ezequiel responde a la queja de un pueblo exiliado que acusaba a Dios, “No es justo el proceder del Señor”. Dios invierte el reproche y establece el principio de la responsabilidad personal, ni la justicia pasada excusa la maldad presente, ni los errores pasados encadenan irreversiblemente a quien decide convertirse. Dios concede siempre la oportunidad de recapacitar y vivir.
Ante la tentación del orgullo y la autosuficiencia, suplicamos en el salmo “Señor, enséñame tus caminos… recuerda que tu ternura y tu misericordia son eternas”. Reconocer con humildad nuestras desviaciones es el primer paso para ponernos en marcha hacia la viña del Padre.
¿Cómo pasar de la mera intención a la acción concreta? San Pablo nos ofrece la clave teológica en su Carta a los Filipenses “Tened entre vosotros los mismos sentimientos propios de Cristo Jesús”
El Apóstol entona el sublime himno de la kénosis o anonadamiento de Cristo, quien, siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo y humillándose hasta la muerte de cruz. Cristo es el Hijo perfecto que pronuncia el sí definitivo al Padre con la entrega abnegada de su propia vida. Solo si nos vaciamos de egoísmo, rivalidad y vanagloria tendremos la humildad necesaria para servir a los demás en la viña.
En el Santo Evangelio, Jesús confronta a las autoridades religiosas del Templo con la parábola de los dos hijos enviados a trabajar a la viña. El primer hijo responde con un rotundo “No quiero”, pero luego recapacita, se arrepiente y va a trabajar. El segundo responde con palabras piadosas “Voy, Señor”, pero se queda en promesas vacías y no acude.
Jesús desvela que el Reino de Dios no se mide por discursos solemnes ni cumplimientos externos, sino por gestos concretos de conversión e historia viva. Por eso, los publicanos y las prostitutas preceden a los religiosos formales en el Reino: porque supieron recapacitar ante la predicación de la justicia y creyeron.
Esta llamada a la coherencia recobra una urgencia lacerante al celebrar la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado bajo el lema: “Incluso uno solo de estos pequeños”. El Señor nos enseña que el migrante no es una cifra estadística ni un expediente administrativo, sino una persona sagrada, con rostro, historia y sueños amados por Dios. Para esto la Iglesia nos propone encarnar cuatro verbos fundamentales: acoger, proteger, promover e integrar
Pidamos al Señor que purifique nuestras incoherencias, y acudamos a la intercesión, María, quien junto con José y el Niño Jesús conoció la amargura del exilio y el desamparo en Egipto, para proteja a todas las familias migrantes y que el Espíritu Santo transforme nuestras dudas en un sí gozoso, valiente y traducido en obras vivas de justicia y caridad.
Feliz domingo día del Señor y feliz semana.































