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VI Domingo de Pascua

10/05/2026

Nos encontramos ya en el umbral de la Ascensión. El tiempo pascual, como un río generoso, va ensanchando su cauce a medida que se acerca a la gran plenitud de Pentecostés. En este VI Domingo de Pascua, la liturgia nos envuelve en una atmósfera de despedida que no tiene sabor a ausencia, sino a presencia nueva y definitiva. Es el domingo del Testamento del Amor, donde Jesús, antes de volver al Padre, nos entrega la llave que abre todas las puertas del Reino.

En la primera lectura, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra la expansión de la fe en Samaría a través del diácono Felipe. Es hermoso contemplar cómo la alegría del Resucitado no conoce fronteras y cómo los signos de curación y liberación acompañan el anuncio del Evangelio, llenando de gozo a todo un pueblo. Sin embargo, la Escritura nos enseña hoy una lección fundamental: no basta con el primer anuncio; es necesaria la plenitud del Espíritu que se comunica por la imposición de las manos de los apóstoles. Esto nos recuerda que la Iglesia es una comunidad viva, animada y sostenida por la acción continua del Espíritu Santo, que es quien verdaderamente da vida al cuerpo místico de Cristo.

Hoy, día de la Pascua del enfermo, como Felipe bajó a Samaría, la Iglesia baja a la periferia del dolor para ungir con el santo óleo e imponer las manos y recordar que el Espíritu también habita en la debilidad. Al celebrar esta Pascua del Enfermo, no miremos la enfermedad como un muro, sino como un velo fino. Si estás sufriendo, recuerda: no eres un huérfano del destino, eres un sagrario del Espíritu. Si estás sano, recuerda: tu salud es un talento para ser gastado en el servicio, siendo tú mismo paráclito, consuelo, para los demás.

El apóstol san Pedro, en su primera carta, nos dirige una exhortación que es de suma actualidad para nosotros: debemos estar siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida. Pero fíjense bien en el matiz que nos ofrece el apóstol: esta razón de esperanza no debe darse con arrogancia, sino con delicadeza, respeto y una buena conciencia. Nuestra esperanza no se fundamenta en proyectos humanos o éxitos temporales, sino en la certeza de que Cristo sufrió por nosotros para conducirnos a Dios y que, aunque murió en la carne, ha sido vivificado por el Espíritu.

En el Evangelio de san Juan, escuchamos palabras cargadas de ternura y promesa pronunciadas por Jesús en la intimidad de la Última Cena. El Señor vincula inseparablemente el amor a su persona con el cumplimiento de sus mandamientos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Este no es un amor de meros sentimientos volátiles, sino una adhesión del corazón que se traduce en obras y en un estilo de vida conforme al Reino. Y es en este contexto de despedida donde Jesús nos hace su promesa más consoladora: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito”.

La palabra Paráclito significa nuestro Abogado, Defensor y Consolador. Jesús fue el primer Paráclito mientras caminaba con los discípulos, y ahora nos envía al Espíritu de la Verdad para que more en nosotros y esté con nosotros para siempre. “No os dejaré huérfanos”, nos dice el Señor con una delicadeza infinita. Esta presencia del Espíritu es la que nos permite reconocer que Cristo sigue viviendo y que nosotros vivimos en Él y Él en nosotros.

Como nos encontramos en el mes de mayo, no podemos olvidar a la Santísima Virgen María, que es nuestra mejor maestra para vivir este tiempo pascual. Ella, que en el cenáculo perseveraba en oración con los apóstoles, nos enseña a ser dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo y a guardar la Palabra en lo profundo del corazón. Pidamos su intercesión para que no nos acostumbremos a vivir en las sombras de la duda o el miedo, sino que nos dejemos inundar por la luz de la Verdad.

Que la Virgen María, que permaneció de pie junto a la Cruz, la mayor cátedra de la Pascua del Enfermo, nos enseñe a vivir estos últimos días del tiempo pascual con la lámpara encendida, esperando el fuego de Pentecostés.

V Domingo de Pascua

03/05/2026

El domingo pasado celebrábamos con alegría al Buen Pastor. Meditábamos cómo ese “Yo soy” de Jesús conectaba con el Dios del Sinaí para decirnos que Él es la Puerta por la que entramos a la vida. Hoy, en este Quinto Domingo de Pascua, la revelación continúa. Jesús no solo nos cuida en el redil; sino que hoy se presenta como el Camino para que no nos perdamos y como Piedra sobre la que se apoya toda nuestra existencia.

En el Evangelio, dentro del contexto del discurso de despedida, encontramos a los discípulos asustados. Jesús les ha anunciado su partida y el miedo aparece. Es entonces cuando Jesús pronuncia una de las frases más potentes de toda la Escritura: “Yo soy el camino y la verdad y la vida”.

Fijaos en la continuidad, el domingo pasado el “Yo soy” era el Pastor que nos llama y conoce por nuestro nombre; hoy el “Yo soy” es el Camino que nos conduce al Padre. Jesús nos dice que Dios no es un destino lejano, sino alguien a quien se llega caminando de su mano. Al decir “Nadie va al Padre sino por mí”, nos está recordando que Él es el puente definitivo. El mismo Dios que entregó la Ley a Moisés en el Sinaí, ahora se hace Ruta para nosotros.

Pero, ¿como caminamos juntos? San Pedro, en la segunda lectura, nos da la clave que conecta con nuestra identidad pascual. Nos dice que Jesús es la “piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios”.

Si el domingo pasado éramos ovejas de su rebaño, hoy Pedro nos dice que somos “piedras vivas” llamadas a construir un edificio espiritual. No somos piedras muertas, tiradas en un camino, sino piedras que encajan unas con otras porque todas se apoyan en la misma base: Cristo. De ahí brota nuestra dignidad: somos “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa”. La Pascua nos ha sacado de las tinieblas a su luz admirable.

Esa unidad de piedras vivas se pone a prueba en la convivencia. En la primera lectura, vemos un momento crítico de la Iglesia naciente. Hay quejas porque algunas viudas no son bien atendidas. ¿Cómo reaccionan los apóstoles? No imponen su autoridad de forma aislada, sino que convocan a la comunidad.

Aquí vemos el corazón de la sinodalidad en marcha, en acción. Para que la Palabra de Dios no se descuide, eligen a siete hombres de buena fama, los diáconos, para el servicio. Esta es la gran lección: caminar juntos significa escucharnos, reconocer los problemas y organizar el servicio, la diaconía, para que nadie se sienta excluido. Una comunidad sinodal es aquella donde cada piedra viva tiene su función y donde el servicio al hermano es el lenguaje común.

Por eso hoy hemos cantado en el Salmo: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”. El salmista nos dice que la palabra del Señor es sincera y que sus ojos están puestos en quienes lo temen.

Esa es la confianza de la Pascua: saber que, aunque el camino sea difícil o surjan conflictos en la comunidad, como en el tiempo de los apóstoles, la mirada del Señor nos sostiene. Él es nuestra ayuda y nuestro escudo; en Él nos apoyamos para no tropezar.

No dejemos que nuestro corazón se turbe. El Buen Pastor de la semana pasada es el mismo que hoy nos dice: “Voy a prepararos sitio”.

Seguir a Jesús como Camino significa vivir como Él: sirviendo, escuchando y amando. Sentirnos Piedras Vivas significa que mi hermano es necesario para que el edificio de la Iglesia se mantenga en pie.

Que en esta semana nos preguntemos: ¿Soy una piedra que construye o una piedra de tropiezo? ¿Me dejo guiar por el único Camino que lleva a la Vida verdadera?

Que la Santísima Virgen, que siempre confió incluso cuando no entendía el camino, nos ayude a decir como ella un “sí” generoso a este Dios que nos ama, nos llama y nos sostiene.

Feliz domingo y feliz semana.

IV Domingo de Pascua

26/04/2026

Nos encontramos en el corazón de la Cincuentena Pascual, la Pascua es como un domingo prolongado donde respiramos el aire puro de la Resurrección. Los tres primeros domingos de este tiempo nos han servido, en el primero, para asombrarnos ante el sepulcro vacío, en el segundo nos mostró sus heridas y reconocimos que el Crucificado es el mismo que el Resucitado, el domingo pasado, como compañero de camino ardía nuestro corazón al oír su voz, lo reconocimos en el pan partido, haciéndonos volver a la comunidad.

En los dos próximos domingos cuando Jesús nos dice “Yo soy la puerta” o “Yo soy el buen pastor”, no está usando simples metáforas poéticas, sino que nos revela su identidad. Para un judío de su tiempo, estas palabras resonaban con la fuerza del encuentro en el Monte Sinaí, cuando Dios reveló su nombre a Moisés como “Yo soy el que soy”. Al emplear esta expresión, Jesús nos está diciendo que el Dios que parecía lejano en la zarza ardiendo, ahora tiene un rostro humano y camina a nuestro lado. El “Yo soy” que se reveló y entregó los mandamientos en la montaña es el mismo “Yo soy” que entregó su vida por nosotros en la cruz.

Los tres últimos domingos nos preparará para la misión, nos dará primero el mandamiento del Amor, prometiéndonos el Espíritu Santo, en la Ascensión nos enviará a la misión de anunciar la Buena Noticia y para ello nos enviará al Espíritu Santo que nos asistirá y dará fuerzas para el anuncio del Evangelio.

En la primera lectura, precisamente, vemos a Pedro transformado por el Espíritu, proclamando con tal fuerza y cariño a Cristo muerto y resucitado, que los oyentes sienten esas palabras como “un tajo en el corazón” y preguntan: “¿Qué tenemos que hacer?”. Es la voz del Pastor que nos despierta del letargo, sabiendo que junto a Él nada nos falta, que nos acompaña, aunque atravesemos o pasemos por momentos adversos o difíciles de la vida.

En el Evangelio, Jesús se presenta también como la puerta. En los rediles del campo, el pastor a menudo se tumbaba en el umbral, convirtiéndose físicamente en la puerta: nada entraba ni salía sin pasar por él. Jesús es ese acceso seguro; Él nos conoce por nuestro nombre. Para Dios no eres un número ni alguien que pasa desapercibido; Él conoce tus alegrías y lo que te preocupa.

Ser cristiano es saberse buscado y amado por ese Pastor que te carga sobre sus hombros cuando estás herido y sana tus heridas. El mismo Pedro, en la segunda lectura nos recuerda que Jesús sufrió por nosotros, y que por sus heridas fuimos sanados, y salvados “Pastor y Guardián de nuestras almas, gracias a sus heridas, que nos han curado”.

El hilo conductor de la Palabra hoy es la llamada y la escucha, y en este contexto de escucha y seguimiento, estamos invitados a una conversión profunda a través del camino de la sinodalidad. En el Documento Final y, de manera especial, su primera parte “El corazón de la sinodalidad”, descubrimos que ser el Pueblo de Dios que camina unido es una exigencia de nuestra identidad como ovejas del mismo Pastor.

El corazón de la sinodalidad es la escucha recíproca, donde cada uno, tiene algo que aprender de los demás, porque todos tenemos algo que aprender del Espíritu Santo. Al igual que las ovejas del Evangelio reconocen la voz del Pastor, nosotros estamos invitados a agudizar el oído para distinguir la voz del Señor en el hermano. Participar del proceso sinodal es arriesgarse a caminar juntos, evitando el individualismo que nos aísla y el clericalismo que nos separa, para convertirnos en una comunidad que, al escuchar al Pastor, aprende a escucharse a sí misma.

Dejemos que resuene en nosotros la voz de Aquel que te dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Mirémonos y preguntémonos ¿Es nuestra parroquia, nuestra comunidad, nuestro grupo una puerta abierta como Jesús, o somos aduaneros que impedimos el paso? ¿Cómo puedo yo personalmente, en mi grupo, en mi comunidad, en la parroquia, en nuestra realidad concreta, contribuir a ese corazón de la sinodalidad donde el otro sea verdaderamente escuchado?

Que la Virgen María, la Divina Pastora, Madre del Buen Pastor, y Estrella de la Evangelización, nos enseñe a guardar estas palabras en el corazón para que, al caminar juntos, lleguemos todos a las praderas de la vida eterna.

Feliz domingo y feliz semana.

III Domingo de Pascua

19/04/2026

Nos hallamos plenamente sumergidos en la Cincuentena Pascual, tiempo donde el Resucitado se hace compañero de viaje de una Iglesia que aún está asimilando el desconcierto de la tumba vacía. En este tercer domingo, la liturgia nos ofrece una relación sorprendente entre la predicación de Pedro, el precio de nuestra libertad y el camino de Emaús, trazando para nosotros un mapa de la fe que va desde el desánimo hasta la fracción del pan.

La primera lectura nos sitúa en el día de Pentecostés. Pedro, ya transformado, se pone en pie para anunciar que lo sucedido con Jesús de Nazaret no fue un accidente trágico o un fracaso histórico, sino un acontecimiento “entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto”.

Pedro proclama con solemnidad que la muerte no pudo retener a Cristo bajo su dominio. Esta es la misma verdad que el propio Jesús, como un forastero en el camino, explica a los discípulos de Emaús: “¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?. Lo que Pedro predica a las multitudes es lo que Jesús, como exégeta, enseña a los dos que huían tristes: la Cruz es el paso obligado hacia la vida.

El apóstol Pedro, en la segunda lectura, nos recuerda que no somos seguidores de una doctrina abstracta, sino personas rescatadas por un precio infinito. No hemos sido liberados con oro o plata, cosas corruptibles, sino con la “sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha”

Esta conciencia de ser rescatados debe iluminar nuestro caminar, especialmente cuando nos sentimos como los discípulos de Emaús: con el rostro sombrío y la esperanza rota por un “nosotros esperábamos…”, Nuestra fe no se apoya en nuestras fuerzas o éxitos, sino en aquel que “Dios resucitó de entre los muertos y le dio gloria”, para que nuestra esperanza esté puesta en Dios y no en seguridades humanas.

El Salmo que hemos cantado es el puente perfecto entre estas verdades. Pedro lo cita en su discurso de Hechos para demostrar que el Santo de Dios no conoció la corrupción. Pero para nosotros es también una oración de confianza: “Señor, me enseñarás el sendero de la vida”.

Este sendero es el que recorren los de Emaús. Al principio caminan hacia el ocaso, alejándose de la comunidad. Pero cuando Jesús les explica las Escrituras, su corazón empieza a arder. El momento cumbre ocurre en la mesa: al bendecir y partir el pan, se les abren los ojos. Es el salto del reconocimiento. En ese instante, su tristeza se transforma en el gozo del Salmo, y el “sendero de la vida” los hace dar media vuelta para regresar corriendo a Jerusalén, a la comunidad de los Once, gritando: “¡Era verdad, ha resucitado el Señor!”.

Todos podemos sentirnos retratados en esos caminantes. A veces caminamos ciegos por nuestras preocupaciones, sin reconocer al Señor que camina al lado. Pero hoy, la Eucaristía es nuestro Emaús semanal.

Al acercarnos al altar, pidamos al Señor la gracia de no acostumbrarnos a nuestras sombras. Que, al escuchar su Palabra, nuestro corazón arda, y al recibir su Cuerpo, nuestros ojos se abran para reconocerle no solo en el pan roto, sino en cada hermano que sufre y en la paz que el mundo no sabe dar. Que, como los discípulos, salgamos de aquí con una alegría que la muerte ya no puede tocar.

Feliz domingo día del Señor, y feliz semana

II Domingo de Pascua

12 marzo 2026

Nos encontramos en el culmen de la Octava de Pascua, ese octavo día, donde la luz de la Resurrección se asienta finalmente en nuestra alma. Debemos contemplar esta semana no como una sucesión de días agotados, sino como un solo e inmenso destello de luz, un gran domingo prolongado en el que el Resucitado ha ido trabajando nuestro corazón. La liturgia nos invita a sumergirnos en el misterio del Resucitado que sale al encuentro de nuestra debilidad para transformarla en testimonio.

Es todo un itinerario del corazón, que va desde la pérdida al encuentro, para llegar a la confesión de fe que hoy proclamamos, Jesús nos ha llevado de la mano durante estos ocho días. El viaje comenzó en el frío del sepulcro vacío y llega hoy hasta el calor de su costado abierto; es el paso de buscar un cadáver a dejarnos encontrar por una Persona.

Recordemos el camino recorrido: el domingo pasado empezamos con el grito de pérdida: “Se han llevado al Señor”. Pero durante la semana, el Maestro fue reconstruyendo nuestra esperanza: con la Magdalena nos enseñó que no es una idea, sino una voz que nos llama por nuestro nombre; con los discípulos de Emaús sanó nuestra decepción intelectual; y en la orilla del mar nos mostró que nuestra fragilidad no es un obstáculo para su misión. Jesús permitió estas crisis de ausencia para que aprendiéramos a encontrarlo no en un sepulcro, sino en el Huerto de la vida y en la fracción del pan.

Nuestra fe queda probada en el gozo en la herida. Como nos recordará el Apóstol Pedro en su carta, nuestra fe, más preciosa que el oro, es a veces probada por el fuego de la duda y el sufrimiento. Esta crisis de la ausencia que muchos vivimos hoy, sintiendo que Dios se ha ido o que nuestras plegarias no tienen respuesta, en nuestras crisis, es el terreno donde germina la verdadera fe.

Hoy, el Evangelio nos muestra a los discípulos con las puertas cerradas “por miedo”. Jesús entra atravesando nuestros muros y realiza un gesto asombroso, ofrece sus llagas. Jesús muestra las manos y el costado para recordarnos que el Resucitado es el mismo que el Crucificado; no borra las huellas de su dolor sus heridas son ahora las fuentes de donde mana la misericordia divina para el mundo. Al invitar a Tomás a tocar su costado, nos enseña que la fe nace cuando aceptamos a un Dios que se deja tocar en sus heridas, un Dios cuyo amor ha dejado cicatrices permanentes. La duda de Tomás fue permitida para que entendiéramos que la fe no es la ausencia de dudas, sino la presencia de una relación personal con Él.

El fruto de la Misericordia se materializa en la comunidad y la alabanza. Esta experiencia del Resucitado no es un sentimiento íntimo y aislado. Como escuchamos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, la fe transforma el desconcierto en comunión. Aquellos que estaban encerrados por miedo se convierten en la presencia viva de Cristo, compartiendo el pan, la enseñanza de los apóstoles y la vida misma.

Es por eso que nuestro corazón hoy prorrumpe en el salmo: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. La misericordia es, precisamente, este abrazo de Dios que nos dice: No importa que hayas dudado o sentido mi ausencia; aquí estoy, tócame en mis hermanos, tócame en la Eucaristía.

No busquemos entre los muertos al que está Vivo, no busquemos a un Dios poderoso e invulnerable; aceptemos al Dios llagado que hoy nos da su paz. Al acercarnos a la Mesa del Altar, dejémonos bañar por el agua y la sangre que brotan de su costado. Que nuestra confesión sea, desde lo más profundo del alma, la de Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”

Señor de la Vida, atraviesa los muros de nuestra incredulidad y enséñanos a habitar en tus llagas, para que pasemos de la ausencia a tu presencia radiante.

Feliz domingo día del Señor y feliz semana.