SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓNDE LABIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA. 15/08/2021

Celebramos hoy la Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María. Dejamos, de momento, la lectura del capítulo sexto del evangelio de San Juan, que retomaremos el próximo domingo.

Hubiese correspondido, dentro del discurso del pan de vida, más objeciones de los judíos acerca de lo que dijo Jesús “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre”. En María se cumple lo que dijo Jesús, María es la primera persona glorificada, que vive para siempre junto al Señor anticipo de nuestra glorificación.

En la primera lectura, del libro del Apocalipsis, leemos lo que son los símbolos tradicionales de esta advocación mariana: “Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”. En el Salmo, aplicado a la Virgen María, cantamos la antífona “De pie a tú derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir”. La segunda lectura, de la Carta a los Corintios, nos presenta a Jesucristo como primicia de lo que nos espera “Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos” y de lo que ya goza en plenitud la Virgen María, como predecesora. El Evangelio de San Lucas entona el Magníficat: “el poderoso ha hecho obras grandes en mi” en María, nuestra Madre y hermana en la Fe.

La Asunción de la Virgen es una de las fiestas marianas que más han calado el pueblo cristiano. En ella celebramos la glorificación y el triunfo de María, con la certeza de que, al final de su vida, la Virgen no conoció la corrupción del sepulcro, sino que fue asunta inmediatamente al cielo en cuerpo y alma.

Esta certeza es tan antigua como la misma Iglesia, celebrada también hoy por nuestros hermanos de las Iglesias anglicana, ortodoxa. Es una fiesta que podemos considerar cuasi-ecuménica.  

En el siglo II, ya se celebraba en Jerusalén una fiesta en el mes de agosto en torno al sepulcro vacío de María en Getsemaní. En el siglo IV se construye allí un santuario que era el más visitado después del Santo Sepulcro. En ese momento comienza a extenderse por toda la Iglesia la convicción de que la Virgen no conoció la corrupción del sepulcro, convicción confirmada por los Padres de la Iglesia, los escritos de los teólogos y la tradición medieval. El día 1 de noviembre de 1950 el Papa Pío XII proclama solemnemente ser “dogma divinamente revelado que la Inmaculada madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”

La Asunción de la Virgen es consecuencia de su Concepción Inmaculada, su virginidad, y de su maternidad divina. Cristo resucitado quiso que su madre siguiera su misma suerte, anticipando en ella como primicia la glorificación que a todos nos aguarda al final de los tiempos.

La fiesta de la Asunción nos invita en primer lugar a la admiración y contemplación de este privilegio mariano; nos invita además a la felicitación y a la alabanza a la Santísima Virgen. En su Asunción se cumplen sus propias palabras en el Magníficat: “Me felicitarán todas las generaciones porque el poderoso ha hecho obras grandes en mí” Pero esta fiesta encierra también una dimensión de compromiso para quienes amamos a la Virgen como madre y como modelo.

Después de conocer en la anunciación el misterio de su maternidad, María se pone en camino y va a prisa a la aldea de Ain Karim para compartir su alegría con su prima Isabel y servirla.

María inicia entonces un largo itinerario de fe, de obediencia a Dios que modifica todos sus proyectos. Al final de ese trayecto, de ese itinerario de fe, en el monte de los Olivos, culmina su misión y es llevada al cielo en cuerpo y alma.

Ella, como primera redimida por el misterio pascual de su Hijo, nos ha precedido. María es la mujer que “hiere la cabeza de la serpiente” al comienzo de la historia y es garantía segura de victoria (Gén 3,15). María es la señal que da Dios al rey Acaz por medio de Isaías: “una virgen dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa Dios-con-nosotros” (Is 7,13-15). María es la señal deslumbrante que llena por entero la visión del Apocalipsis que hemos escuchado en la primera lectura. En ella aparece un enorme dragón rojo, calificado como “la serpiente antigua, el llamado diablo y Satanás, el seductor del mundo entero” (Ap. 12,9), en lucha permanente contra la humanidad. En esta lucha se levanta el signo de la Virgen victoriosa sobre el gran dragón. Con ello nos enseña San Juan que, en la lucha espiritual entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre el pecado y la gracia, es decisiva la ayuda de María a la Iglesia y a cada uno de nosotros para vencer el mal.

Comentando a sus fieles el evangelio de la Visitación, decía San Ambrosio de Milán en los finales del siglo IV: “Que en todos resida el alma de María. Si, queridos hermanos y hermanas, pongamos a María en el centro de nuestros corazones, afanes y proyectos. Caminemos con ella, poniéndola al frente de nuestra peregrinación en esta tierra. ¡Qué mejor compañía que la de la Virgen! Que ella sea siempre el centro de nuestros pensamientos, el norte de nuestros anhelos, el apoyo de nuestras luchas, el bálsamo de nuestros sufrimientos y la causa permanente de nuestras alegrías”. Con María en el corazón, nuestra vida se convertirá en un camino de conversión y de gracia, de reconciliación con Dios y con los hermanos, de fraternidad y servicio humilde y esmerado a los pobres y a los que sufren.

¡Guíanos a todos a amar, adorar y servir a Jesús, fruto bendito de tu vientre, oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Amén.

Feliz domingo día de la Asunción y feliz semana.

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