CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO 19/12/2021

Cuarto domingo de Adviento, entramos en la octava previa en la que nos centramos en la preparación inmediata de la Navidad. Estos días el tono es más navideño y se destaca la centralidad de María y la inminente llegada del Señor.

El Adviento tiene esa doble dimensión: es el tiempo de preparación para la Navidad, en las que se conmemoramos la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es el tiempo en el que dirigimos las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos, del retorno del Señor, pero en gloria y majestad. La banderola de este domingo nos advierte que está muy próximo “Él está llegando”, cubrimos la bola del mundo con la red que hemos ido tejiendo para una casa común.

Una síntesis de las lecturas puede quedar así: El profeta Miqueas nos pide que no despreciemos lo pequeño, lo que no cuenta: Belén es una aldea pobre en la montaña de Judá “Y tú, Belén de Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel”. Y en el salmo cantamos “Pastor de Israel, […]; despierta tu poder y ven a salvarnos” La carta a los Hebreos nos adentra en lo novedoso: la salvación no viene de la repetición de sacrificios animales, sino de la entrega de Cristo “Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni victimas expiatorias”. El evangelio nos invita a contemplar a María, mujer humilde, creyente “Bienaventurada la que ha creído”, que espera en Dios y en su salvación.

La profecía de Miqueas se mueve en el mesianismo davídico, David es el pastor de Israel, el más pequeño e insignificante de todos. La teología de lo pequeño, de lo último, aparece con frecuencia la Biblia: Jacob es el hermano menor, el reino de Israel proviene de las últimas tribus de José y Benjamín, David es el menor de sus hermanos, etc. La salvación viene de lo pequeño. El mesías no nacerá en un palacio lujoso de Jerusalén, Miqueas apunta a lo pequeño, a la aldea insignificante y perdida de la montaña, de la que saldrá el que pastoreará a Israel “pastoreará con la fuerza del Señor”.

En la carta a los Hebreos, la salvación anunciada por los profetas llega a su cumplimiento. La oblación de Cristo, se sitúa en el ámbito de la obediencia incondicional a Dios “He aquí que vengo para hacer tu voluntad” y definitivamente “una vez para siempre” con Cristo hemos entrado en el tiempo definitivo de la salvación.

Los domingos nos propusieron a tres figuras humanas en el Adviento: primero, de forma colectiva, los profetas, portadores de conversión y esperanzas; segundo a Juan Bautista, figura mitad profética, mitad mesiánica, y hombre provocador; y tercero, una sencilla y humilde mujer judía, que vive en Galilea, tierra precisamente de gentiles. Los tres tienen en común que apuntan al futuro, creen en Dios y anuncian esperanza. Dios anuncia que hay futuro y que hay esperanza, y se sirve del anuncio de que va nacer un niño, por medio del profeta Isaías; de que las situaciones y las personas pueden ser distintas, como así lo manifestó Juan Bautista; de que una joven y humilde virgen lleva en su seno la vida plena de Dios, mediante María.
Pero el evangelio de este último domingo de Adviento habla del encuentro de dos mujeres, de abrazo de dos tiempos de salvación, de bendición, de fe y de cumplimiento. La primera mujer es María que porta en su seno la promesa misma, a Jesús. La segunda, Isabel, lleva en su seno a Juan, el precursor y el nexo de unión con la profecía de todo el Antiguo Testamento. Ambas son portadoras del precursor y realizador de la nueva alianza. Son dos mujeres que se abrazan, al mismo tiempo abrazan dos tiempos de salvación, el de Israel y el de la Iglesia, el nuevo Israel.
El evangelio habla también de bendición, María ha sido bendecida por Dios y su Hijo es la Bendición.

Habla de fe, María es bienaventurada; es bendita porque cree, confía, espera y obedece en Dios y al mismo Dios.

Habla de cumplimiento, María posibilita el cumplimiento de la espera del tiempo de salvación. Y habla de servicio, porque María, tras dejarla Gabriel “se levantó, y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel”. Tras el anuncio, María se pone en acción, con celeridad, se pone a servir a su pariente Isabel.
Contemplemos a María como modelo de fe que, desde su sencillez, desde su madurez, acepta que Dios lleve por medio de ella su plan. Maria es modelo de espera y entrega a Dios.
Abramos nuestro corazón y quitemos los obstáculos a la venida del Señor.
Feliz domingo y feliz semana.

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