XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO24/07/2022

Domingo XVII del tiempo ordinario, el pasado domingo invitábamos a Jesús a nuestra casa, escuchamos y vivimos de su Palabra como verdaderos discípulos, ahora Jesús nos enseña a orar, a llamar a Dios Padre Nuestro, Abba. Nos enseña a hablar con un Padre que sabemos que nos quiere, que nos escucha, rezar no es hablar mucho sino confiar plenamente como hijos.

Coincide este domingo con la II Jornada Mundial de los Abuelos y los Mayores cuyo lema para este año es: “En la vejez seguirán dando fruto” (Sal 92,15).

Damos gracias a Dios por extinción del incendio que hemos padecido en nuestra sierra, y no sumamos a la petición por la extinción de los incendios que azotan nuestra geografía y la de los países vecinos.

Una síntesis de las lecturas puede ser esta: en la primera lectura, vemos cómo, por la oración de Abrahán, Dios está dispuesto a perdonar a las habitantes de Sodoma “Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más”. Y habiendo experimentado la misericordia de Dios, podremos proclamar y cantar como lo hacemos en el salmo: “Daré gracias a tu nombre por tu misericordia y tu lealtad. […] Cuando te invoqué me escuchaste, acreciste el valor en mi alma” En la segunda lectura, Pablo en la carta a los Colosenses, nos dice que nosotros, que estábamos muertos por nuestros pecados, recibimos de parte de Dios la vida en Cristo recibiendo el perdón por el bautismo “Os vivificó con él, perdonándoos todos los pecados”. Y Jesús, en el evangelio, nos enseñó lo que debemos pedir, con el Padrenuestro, y nos insiste en que pidamos con fe lo que necesitemos: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”.

La primera lectura, tomada del libro del Génesis, es continuación del leído la semana pasada, el episodio de Mambré en el que Abrahán y Sara fueron visitados por tres personajes divinos. Tras la visita se dirigen a Sodoma y Abrahán, que continua con la hospitalidad, los acompaña para despedirse de ellos. La lectura de este domingo nos habla de la intercesión de Abrahán “Insistió Abrahán” en favor de una ciudad pecadora llamada Sodoma. Pone a Abrahán como ejemplo de persona que tiene una profunda confianza en Dios, es un hombre justo y fiel “es que vas a destruir al inocente con el culpable”, que exige fidelidad a los designios de Dios, y se atreve a insistir en la oración, a pedir cada vez más, porque sabe que el Señor es bueno Abrahán continuó: “Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más: ¿Y si se encuentran diez?. Contestó el Señor: En atención a los diez, no la destruiré”.

El relato destaca la desproporción: a pocos inocentes que haya, Dios inclina la balanza, perdonando a un número de culpables mucho mayor.

La segunda lectura, de la carta a los Colosenses, destaca la generosidad de Dios, que nos dio vida en Cristo, perdonándonos todos nuestros pecados “Canceló la nota de cargo que nos condenaba”. Dios nos ha perdonado todos los pecados por medio de la muerte y resurrección de su Hijo. Jesús nos tomos a todos en su misterio pascual, no volviéndolo de un modo individualista, sino que dando su vida como rescate por todos nosotros. Con el bautismo que hemos recibido los creyentes morimos a la antigua condición de pecadores “Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo” y hemos renacido a una nueva condición “habéis resucitado con él”

Lucas, en el evangelio, nos muestra en primer lugar, que el ejemplo de Jesús suscita en el corazón de los discípulos el deseo de orar como Él.

Jesús oraba con frecuencia y en la soledad, a veces se levantaba muy temprano para orar tranquilamente. Su ejemplo hace que los discípulos tengan el deseo ardiente de ser instruidos en la oración “Señor, enséñanos a orar”.

Jesús anima a sus discípulos en la oración poniendo unos ejemplos sugestivos. Dice que, si un hombre se deja convencer con una petición insistente, con mayor razón Dios, que es tan bueno, no puede dejar de escuchar nuestras oraciones. Por eso tenemos que tener confianza en que Dios nos escuchará y la misma oración nos permite tener una relación más fuerte y profunda con Dios. Jesús, en su instrucción de la oración, nos enseña a orar bien, nos da una fórmula de oración, el Padre nuestro, que contiene toda la sustancia de nuestra relación con Dios y en la que nos unimos a nuestro prójimo para dirigir nuestras peticiones al Padre. Las primeras peticiones están relacionadas con el Padre, “Padre, santificado sea tu nombre” la segunda parte del Padre nuestro tiene que ver con nuestras necesidades “danos cada día nuestro pan cotidiano” También nos hace pedir por el perdón de los pecados, pero con condición “porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe” Jesús insiste muchas veces en el Evangelio en la necesidad del perdón que debemos dará nuestro prójimo si queremos tener el perdón del Padre. La última de las peticiones es que nos libre de caer en la tentación y en el mal “no nos dejes caer en la tentación”. El Padre nuestro es toda una enseñanza en la que tenemos que profundizar e intentar comprender mejor y acogerlo en nuestros corazones de tal manera que los deseos que expresa Jesús se conviertan en nuestros deseos más profundos, para que nuestras vidas sean lo más fecunda para el mundo que nos rodea.

Que el Señor nos enseñe a rezar, con insistencia como Abrahán, dándole gracias por el don de la vida en Cristo, su Hijo, sin mucha palabrería, confiando plenamente en Él, como hijos. Con la fuerza del Espíritu, con Jesús, le decimos Padre nuestro queremos hacer todo lo posible para que su voluntad se cumpla en todos sus hijos.

Feliz domingo y feliz semana.

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