15/02/2026
Este sexto Domingo del Tiempo Ordinario, próximo al inicio de la cuaresma, la Palabra nos ilumina con una sabiduría divina que no es de este mundo, sino que ha sido predestinada por Dios para nuestra gloria. También celebramos, en las misas de este domingo en nuestra parroquia con oraciones y preces, la XXXIV jornada de los enfermos del paso miércoles 11 de febrero día de la Virgen de Lourdes., cuyo lema es “La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro”
Nos reunimos en esta asamblea tan diversa, jóvenes esperanzados, adultos cargados de afanes y ancianos llenos de experiencia, este domingo el Señor nos dirige un mensaje de una profundidad y exigencia asombrosas, pero a la vez cargado de una inmensa promesa de libertad.
La liturgia de hoy nos sitúa ante el misterio de la libertad humana, el libro del Eclesiástico nos recuerda que Dios nos ha creado libres, ante nosotros están el fuego y el agua, la vida y la muerte. No somos esclavos del destino ni de nuestros impulsos; Dios no obliga a nadie a ser impío ni da permiso para pecar. Esta es la grandeza de nuestra dignidad, podemos elegir guardar los mandamientos y permanecer fieles a su voluntad si así lo queremos. “Si quieres guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad” Sin embargo, esta elección no puede ser un simple ejercicio de la voluntad propia, sino que requiere de la verdadera sabiduría, que te hará bienaventurado, así lo cantamos en el salmo “Dichoso el que camina en la ley del Señor”
San Pablo nos advierte que existe una diferencia abismal entre la sabiduría de los hombres, que a veces se limita a las matemáticas o a la física y se olvida de lo esencial, y la sabiduría misteriosa y escondida de Dios “la sabiduría no es de este mundo” La sabiduría divina consiste en comportarse como el Señor se comporta, en sintonizar nuestro corazón con el Espíritu que lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. Ser sabio hoy no es saber mucho, sino saber amar conforme a la voluntad del Padre.
En el Evangelio, Jesús se presenta ante nosotros como el Maestro que no viene a abolir la Ley antigua, sino a llevarla a su plenitud y perfección “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas, no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Cristo nos saca de la lógica de los mínimos, ese conformarse con no matar o no robar, para invitarnos a la lógica de los máximos, la lógica del amor. Jesús utiliza esas poderosas antítesis: “Habéis oído que se dijo… pero yo os digo”. Con autoridad divina, el Señor nos enseña que el pecado no comienza en la acción externa, sino en la raíz del corazón.
Fijémonos en los ejemplos concretos que nos da el Señor. No basta con no cometer un asesinato material; quien se encoleriza contra su hermano o lo desprecia con palabras hirientes ya está quebrando la fraternidad y, por tanto, matando algo en el otro. Jesús nos llama a la interiorización, el no matarás, se convierte en una prohibición del rencor y el insulto. Por eso, la exigencia de la reconciliación es absoluta. Si al presentar tu ofrenda te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, el culto carece de sentido si no vas primero a reconciliarte. Dios prefiere el abrazo con el hermano antes que el incienso en el altar si el corazón está dividido.
Igualmente, la fidelidad conyugal no es solo un contrato externo; es una pureza que nace de la mirada y del deseo del corazón. Jesús es un Maestro exigente porque sabe de qué estamos hechos y sabe que solo en la veracidad total, donde el sí sea sí y el no sea no, el hombre encuentra su verdadera paz y libertad. No necesitamos juramentos complicados si nuestra vida está cimentada en la verdad de Dios.
Para vivir esta justicia mayor que la de los escribas y fariseos, necesitamos pedirle al Señor que nos abra los ojos para contemplar las maravillas de su ley. Ser cristiano es mucho más que estar bautizado o rezar de vez en cuando; es una invitación a que el corazón se empape del amor divino y se convierta en el centro de una nueva ley.
Que la Virgen María, que conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón, nos enseñe a ser dóciles al Espíritu. Empecemos hoy mismo a buscar esa sabiduría que no es de este mundo, siendo responsables, obedientes al Padre y, sobre todo, buenos unos con otros, pues para esto hemos sido creados. Que, en esta Eucaristía, al alimentarnos del Cuerpo de Cristo, recibamos la fuerza para que nuestra fe se traduzca en obras de justicia y perdón, y así caminemos felices en la ley del Señor.
Feliz domingo día del Señor y feliz semana.






