Solemnidad de San José.

19/03/2026

Nos detenemos hoy en el corazón del camino cuaresmal, no para interrumpir el desierto, sino para encontrar en él un oasis de silencio fecundo. Celebramos la Solemnidad de San José, el varón justo, y lo hacemos con la mirada puesta en el horizonte cercano de la Anunciación. Propongo que miremos estas dos solemnidades como las dos caras de una misma moneda, la moneda del Misterio de la Encarnación: en una cara, tenemos la Anunciación en que contemplamos el fiat de la Virgen como la puerta de entrada de la divinidad la humanidad; la otra cara de esa moneda contemplamos en el silencio de José, su fiat, la custodia necesaria para que esa vida divina no solo nazca, sino que crezca y se entregue al mundo.

Ambas fiestas tienen elementos en común, el anuncio dirigido a ambos, en Mateo va dirigido a José, y en Lucas, texto que leeremos en la solemnidad de la Encarnación, va dirigido a María. En ambos, el mensaje transmitido por un Ángel, un mensajero de Dios: el nacimiento de Jesús a María por el Ángel Gabriel, y en sueños un Ángel del Señor anuncia a José.

La primera lectura nos sitúa en la promesa hecha a David: “Yo te daré un sucesor… yo seré para él padre, y él será para mí hijo”. San José es el puente entre esta promesa antigua y su cumplimiento definitivo. Él es el heredero de una dinastía que ya no busca tronos de oro, sino la fidelidad del corazón. Como dice el Salmo, la alianza de Dios es “eternamente fiel”. José experimenta que la fidelidad de Dios no es una idea abstracta, sino una presencia que le exige renunciar a sus propios proyectos para abrazar un proyecto mayor. Para nosotros, especialmente para quienes cargamos con el peso del ministerio o las fatigas del hogar, José nos enseña que nuestra seguridad no reside en la eficacia de nuestras obras, sino en la solidez de la promesa de Aquel que no miente.

San Pablo, en la segunda lectura, nos habla de Abrahán, quien “apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza”. José se encontró ante lo imposible: una esposa encinta que no es por él, y un ángel que le pide en sueños, en la fragilidad de la noche, que acepte ser el custodio del Altísimo. La fe de José, como la de Abrahán, es una fe de salida. No es el asentimiento intelectual a una doctrina, sino el arrojo existencial de quien se fía de Dios en la oscuridad. En un mundo que nos exige certezas y resultados inmediatos, José nos invita a la confianza, a saber, que Dios escribe derecho en nuestros renglones más torcidos.

El Evangelio de Mateo nos presenta el drama y la resolución de este hombre justo. José decide repudiar a María en secreto para no denunciarla; es la justicia de la caridad que no quiere destruir al otro. Pero el ángel interviene: “José, hijo de David, no temas”. Aquí es donde la moneda revela su unidad. En la Anunciación, la otra cara de nuestra moneda, el ángel dialoga con María y ella responde con su voz. En la fiesta de hoy, el ángel habla a José en sueños y él responde con su acción. María es la Palabra que acoge al Verbo; José es el Silencio que protege a la Palabra. Sin el “sí” de María, Dios no tiene carne; sin el “sí” de José, el Dios hecho carne no tiene un lugar en la historia, una genealogía, ni un nombre ante la Ley.

Esta solemnidad nos prepara para la Encarnación recordándonos que todo lo que Dios engendra en nosotros por la gracia necesita un José que lo cuide. Todos estamos invitados a ser hoy este San José: una persona que no se busca a sí misma, que no es el centro de la escena, sino que custodia con ternura y firmeza a todos los que se encuentra en su camino.

Señor, danos el corazón de José mientras esperamos la alegría de tu Encarnación, y que S. José interceda y nos ayude a caminar hacia la Pascua en este tiempo de Cuaresma.  

Feliz día de San José.

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