V domingo de Cuaresma

22 marzo 2026

Tras el triduo parroquial de las cofradías y hermandades, siguiendo el camino cuaresmal, nos asomamos al balcón de la Semana Santa con el corazón expectante a la noche más santa del año: la Vigilia Pascual. A lo largo de este tiempo, la Iglesia, nos ha conducido por un verdadero camino catecumenal. Quienes se preparan para el Bautismo, y todos nosotros, en cuanto que nos preparamos para renovar nuestras promesas bautismales, hemos sido invitados a recorrer este itinerario.

Si miramos hacia atrás, veremos ese camino que hemos recorrido durante estos cuarenta días, descubriremos que la Iglesia nos ha llevado de la mano al encuentro de una Persona. Aquel que en el cenáculo nos dijo: “Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida”

Todo comenzó el Miércoles de Ceniza, en el que fuimos invitados a rasgar nuestros corazones. El Primer Domingo, el Espíritu nos empujó a la aridez del desierto, a la aridez de nuestras tentaciones. Allí fuimos confrontados con los ídolos que nos desvían de la ruta: la sed de riquezas, el vértigo del poder terrenal y la soberbia de querer manipular a Dios. Sin embargo, armados con el ayuno, la limosna y la oración, decidimos apartar las piedras del sendero. El Segundo Domingo subimos al monte Tabor. Allí, la voz del Padre resonó con una claridad rotunda: “Este es mi Hijo… Escuchadle”, solo escuchándole a Él nuestra vida tiene sentido. Luego llegaron estos tres últimos domingos, que son todo un camino, que forman un tríptico catecumenal.

El Tercer Domingo, fuimos la Samaritana frente al pozo de Sicar, descubriendo la verdad de nuestra sed infinita, esa que mendigamos en amores rotos, hasta que Él nos ofreció el Agua del Espíritu. Allí dejábamos el cántaro, fue un momento de purificación, de apártanos de nuestros apegos.

El Cuarto Domingo, fuimos el Ciego de Nacimiento, reconociendo la verdad de nuestra ceguera, hasta que el Señor, untando barro en nuestros ojos, nos dio la Luz de la fe para ver la realidad con su misma mirada, nos abrió los ojos del corazón, es el momento de iluminación.

Y así, purificados en el Camino e iluminados por su Verdad, llegamos hoy al Quinto Domingo, donde el alma busca hacerse una con Dios. Hoy, frente a la tumba cerrada de Lázaro, Cristo se nos revela, de manera sobrecogedora, como la Vida.

La Palabra de hoy nos han sumergido primero en la angustia de nuestra propia mortalidad. Con el Salmo, hemos rezado la experiencia universal del ser humano frente al abismo: “Desde lo hondo a ti grito, Señor”. Ese clamor es el de nuestra propia alma cuando toca fondo. Todos albergamos rincones donde hay desconcierto y hay una tumba cerrada que, como decía Marta, “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días” Todos tenemos rincones en el corazón que huelen a encierro, áreas de nuestra vida a las que les hemos puesto una losa pesada pensando: Aquí ya no hay remedio.

¿Y cuáles son esos sepulcros en los que, tal vez, cada uno de nosotros nos hemos ido encerrando? A veces es el sepulcro de la desesperanza, de esperanzas muertas, crisis en nuestras relaciones, una adicción que nos ata, del rencor, la soledad que muerde el alma de nuestros mayores, cansancios pastorales y vitales o existenciales que nos roban la alegría.

Y, sin embargo, ante esos sepulcros, ocurre algo sobrecogedor. San Juan nos regala uno de los versículos más cortos de toda la Escritura: “Jesús se echó a llorar”. Dios no es indiferente a nuestro dolor. Su corazón se estremece ante el estrago que la muerte y el pecado causan en sus amigos.

Pero Jesús no se queda en el llanto. Él es la Resurrección y la Vida. Con voz potente, que atraviesa los abismos de la muerte, grita: “¡Lázaro, ven afuera!”. Ese grito, hoy, lleva nuestro nombre. Cristo nos dice a cada uno de nosotros: “¡Sal de tu encierro! ¡Sal de tu tristeza! ¡Sal de tu mediocridad espiritual!”. Como profetizó Ezequiel en la primera lectura: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío” No es una promesa lejana; es una realidad que el Espíritu Santo, que habita en nosotros como nos dice San Pablo, quiere obrar hoy.

Hay un último detalle, profundamente eclesial y pastoral, en este relato. Cuando Lázaro sale, aún lleva las vendas y el sudario. Jesús, entonces, se dirige a la comunidad, a los que están allí, y les da un mandato: “Desatadlo y dejadlo andar” Somos la Iglesia llamada a quitar las vendas del juicio y de la soledad a nuestros hermanos, sanándonos con la ternura del perdón.

En cada Eucaristía revivimos este misterio: pedimos perdón al inicio para retomar el Camino, nos iluminamos con la Verdad de su Palabra, y nos unimos a su Vida al comulgar su propio Cuerpo. Acerquémonos hoy al altar dejando que su voz potente nos saque de nuestras tumbas. Que Él, que es el Camino, la Verdad y la Vida, nos conduzca renovados hacia el esplendor eterno de la inminente Pascua.

Señor Jesús, que lloraste ante la tumba de tu amigo Lázaro, mira con misericordia los sepulcros de nuestros corazones. Tú conoces nuestras vendas, nuestros miedos y aquello que en nuestra vida parece habernos hecho perder la esperanza. Te pedimos, Señor, que me grites hoy, como a tu amigo Lázaro: “¡Ven afuera!”. Danos la humildad para dejarnos desatar por nuestros hermanos y la caridad para ayudar a otros a caminar. Que este final de la Cuaresma sea para todos nosotros un verdadero paso a la Vida que no termina.

Feliz domingo y feliz semana.

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