Judas pacta con los sumos sacerdotes

“¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?” con esta pregunta, el misterio de la iniquidad se hace carne. Judas, uno de los Doce, aquel que compartió el pan y el camino, pone precio a la Vida. Treinta monedas de plata: el precio legal de un esclavo según el Éxodo. El Señor de la Gloria es tasado como una mercancía.

El mensaje de este miércoles es la entrega torcida, que se convierte en traición. La resonancia existencial toca una de las heridas más profundas del hombre contemporáneo: la desilusión y el cinismo.

Judas no empezó queriendo matar a Jesús; empezó, probablemente, queriendo un Mesías a su medida, un Dios que cumpliera sus expectativas políticas o sociales. Cuando Jesús no encaja en su esquema, Judas decide venderlo. ¿Cuántas veces nosotros vendemos nuestra identidad cristiana por un poco de reconocimiento, por comodidad o por miedo al qué dirán? El cinismo espiritual nace cuando dejamos de contemplar el Misterio para intentar manipularlo.

Para todo cristiano, este día es una llamada al examen de la fidelidad en lo cotidiano. Judas no se perdió en un gran evento, sino en el manejo de la bolsa, en las pequeñas infidelidades, en el corazón doble. Lo cotidiano a veces nos lleva a un pragmatismo seco donde tratamos las cosas sagradas como objetos de comercio.

Pero también en este día estamos invitados a la coherencia. Ser cristiano a ratos es una forma de tasación. Jesús nos dice hoy: “El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre es entregado!”. No es una amenaza, es el lamento del Amor que ve cómo el hombre destruye su propia libertad al alejarse de la Fuente.

Señor, guárdame de un corazón doble. No permitas que mis labios te besen en la oración mientras mis actos te venden en el mundo. Que, en este silencio de miércoles, yo aprenda a valorar tu Amor por encima de toda plata y de todo honor. Aquí estoy, pobre y frágil, pero deseando serte fiel.

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