La Cruz no es solo un lugar de suplicio, sino el trono de la Gloria

“Mirarán al que traspasaron”. En el Evangelio de Juan, la Cruz no es solo un lugar de suplicio, sino el trono de la Gloria. Desde allí, con los brazos extendidos para abrazar a toda la humanidad, Jesús pronuncia su última palabra sobre el mundo: “Todo está cumplido”. No es el grito de un derrotado, sino el suspiro de quien ha llevado el amor hasta sus últimas consecuencias.

Hoy viernes pondremos nuestra mirada en la cruz y en las palabras del Señor, nos fijaremos en “Tengo sed”. Es la sed física de la agonía, pero sobre todo es la sed de Dios por el hombre. La resonancia existencial toca el misterio del sufrimiento inocente y el abandono.

Hoy, el silencio de la Cruz responde al silencio de tantos calvarios modernos: la soledad de los ancianos, el grito de los perseguidos, el vacío de quienes han perdido el sentido de la vida. Jesús no quita el dolor del mundo con una varita mágica; lo asume, lo habita y lo transforma desde dentro. El Viernes Santo nos enseña que no hay ninguna herida humana que no esté ya en las llagas de Cristo. Él ha hecho del dolor un camino de comunión.

escuela de la esperanza contra toda esperanza. Adorar la Cruz no es amar el dolor, sino amar el Amor que venció al dolor. Es la invitación a no huir de nuestras propias cruces, sino a dejarnos abrazar por Aquel que ya las cargó primero. En el silencio de hoy, aprendemos que el amor que no duele, quizá no es amor todavía.

Hoy nos acercamos a besar el madero. Ese beso no es un rito vacío, es el sello de nuestra alianza con el Varón de Dolores. El silencio de hoy no es el silencio de la nada, sino el silencio del que espera el susurro de la vida.

Señor Jesús, ante tu cuerpo entregado, callo. No tengo explicaciones para el mal, solo tengo tu Cruz. Gracias por no habernos dejado solos en nuestra noche. Que, al besar tus pies heridos, aprenda a amar mis propias heridas y las de mis hermanos. En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu.

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