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Jueves Santo

17/04/2025

Hoy, Jueves Santo, celebramos el día del Amor Fraterno, un amor que se revela plenamente en la entrega de Jesús, que podemos resumir en: “Amándonos hasta el extremo, Jesús nos dejó el mandamiento y el sacramento de la esperanza en nuestro caminar.”

En la lectura del Éxodo, recordamos la primera Pascua, “Este será un día memorable para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación, como ley perpetua lo festejaréis”. El salmo, preludio de la oración de Jesús en Getsemaní, nos invita a alabar al Señor por su salvación “El cáliz de la bendición es comunión de la sangre de Cristo”. San Pablo en su carta a los Corintios nos transmite el mandato de Jesús en la Última Cena “Haced esto en memoria mía”, instituyendo así la Eucaristía. El evangelio nos presenta con el lavatorio de los pies, una lección de humildad y servicio que Jesús nos da como ejemplo de cómo debemos amarnos los unos a los otros “se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos”

Al contemplar a Jesús en el huerto de Getsemaní, vemos la angustia humana ante el sufrimiento y la muerte, pero también su obediencia y su amor incondicional al Padre. En esa noche, antes de su pasión, Jesús no solo oró, sino que instituyó dos pilares fundamentales de nuestra fe y de nuestro camino como peregrinos de esperanza:

El Lavatorio de los Pies, con este gesto humilde, Jesús se despoja de su condición de Maestro y Señor para servir a sus discípulos. Nos enseña que el amor fraterno no es solo un sentimiento, sino un servicio concreto, una disposición a inclinarnos ante las necesidades de los demás, a tocar sus heridas y a limpiarlas con la delicadeza del amor de Dios. En este año jubilar, como peregrinos de esperanza, estamos llamados a seguir este ejemplo, llevando el amor y el servicio a cada encuentro en nuestro camino.

La Institución de la Eucaristía, en la Última Cena, Jesús tomó el pan y el vino, los bendijo y se los dio a sus discípulos, diciendo: “Esto es mi cuerpo… Esta es mi sangre… Haced esto en memoria mía”. En este sacramento, Jesús se queda con nosotros como alimento para nuestro camino, como prenda de la vida eterna. Cada vez que participamos de la Eucaristía, renovamos nuestra alianza con Dios y fortalecemos nuestra esperanza en la resurrección. Como peregrinos, la Eucaristía es nuestra vianda, la fuerza que nos sostiene en las dificultades y nos impulsa hacia la meta final.

Hoy, la reflexión la llevaremos al Huerto de Getsemaní, momento del Jueves Santo, que casi pasa desapercibido, en este lugar contemplamos a Jesús en una profunda angustia, un momento crucial antes de su entrega.

El Evangelio de Lucas nos ofrece una visión particular de este Getsemaní. Vemos a Jesús retirándose a orar con sus discípulos. A diferencia de una imagen de total serenidad, Lucas nos muestra a un Jesús que experimenta una intensa lucha interior, hasta el punto de necesitar la cercanía y el apoyo de sus amigos. Incluso el evangelista señala que Jesús sintió angustia y oró con más insistencia, y su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre que caían a tierra.

Esta escena en Getsemaní nos revela la verdadera humanidad de Jesús. Él, siendo Dios, no estuvo exento del temor ante el sufrimiento y la muerte. Sin embargo, en medio de esta angustia, Jesús se dirige a su Padre en oración, buscando fortaleza y reafirmando su obediencia a la voluntad divina. Es en este contexto de vulnerabilidad humana y entrega confiada que un ángel del cielo aparece para fortalecerlo. Este detalle subraya que incluso en los momentos más oscuros, la gracia y el consuelo de Dios están presentes.

Getsemaní se convierte en un símbolo de la lucha humana ante el dolor y la adversidad, pero también de la fuerza que se encuentra en la oración y en la obediencia a la voluntad de Dios. Jesús, al vivir esta profunda angustia, santificó también nuestro propio sufrimiento, mostrándonos el camino de la confianza en el Padre incluso en los momentos más difíciles.

El lavatorio es una expresión concreta de este amor en el servicio, mientras que la agonía en Getsemaní muestra la magnitud del sacrificio que Jesús estaba dispuesto a realizar por ese mismo amor.

En este Jueves Santo, día del Amor Fraterno y como Peregrinos de Esperanza, recordemos las palabras de Jesús y su ejemplo en Getsemaní. Que el lavatorio de los pies nos impulse a servirnos los unos a los otros con humildad y generosidad, y que la Eucaristía nos alimente con la esperanza de la vida eterna. Que nuestro peregrinar esté marcado por el amor que Jesús nos mostró hasta el extremo, un amor que nos une como hermanos y nos sostiene en la esperanza de su Reino.

Jueves Santo, feliz día del Amor Fraterno.

Domingo de Ramos

13/04/2025

Con el Domingo de Ramos, pórtico de la Semana Santa, que concluiremos el Domingo de Resurrección. Durante estos días entraremos con Jesús en Jerusalén, lo veremos hacerse servidor humilde, morir en la cruz y resucitar para vencer a la muerte, toda una lección de amor, de entrega, de obediencia y de vida plena, para todo el que quiera seguirlo.

Después de haber preparado, durante la cuaresma, nuestros corazones con las practicas cuaresmales de ayuno, limosna y oración, hoy iniciamos, con toda la Iglesia, la celebración del misterio pascual de Nuestro Señor. Este año, además, nuestro caminar cuaresmal y nuestra entrada en la Pasión del Señor se ven enriquecidos por el espíritu de un Año Jubilar, un tiempo especial de gracia y renovación, donde nos reconocemos como “Peregrinos de esperanza”. La liturgia de hoy es algo singular, tiene una gran contraposición, por un lado, fuera del templo, la alegría y el júbilo por la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén en donde agitamos ramos y palmas, entonando ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!  Por otro lado, en el templo, la tristeza de la pasión donde la celebración se vuelve seria, ya no es de júbilo.

El tema central de las lecturas es: La humildad del Rey y el camino del sacrificio por amor. Fuera del templo aclamamos a Jesús con ramos y palmas y cantamos el Hosanna “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor!” Ya en el templo, escuchamos, del profeta Isaías, parte del tercer cántico del Siervo de Yahvé que es preludio y profecía de la pasión “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos”. El salmo nos anticipa y anuncia también la pasión y la sensación de aparente abandono que recita Jesús en la cruz “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Pablo en la segunda lectura nos da el mensaje central de la pasión “Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre sobre todo nombre”. El evangelio nos trae la versión de Lucas de la pasión con su particular “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”

Fuera del templo, Jesús que viene en nombre del Señor, lo aclamamos con ramos y cantos porque es nuestra Paz. Viene montado en un pollino, signo de la sencillez, la entrega y la paz ante todo “Paz en el cielo y gloria en las alturas”, la reconciliación entre las personas y los pueblos.

Ante la dificultad, la negación de los suyos, del abandono de los cercanos y hasta el aparente abandono de Dios, ni se resiste ni se echa atrás así lo anuncia Isaías en el cántico que hemos escuchado: “El Señor me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento”. Confía en la entrega del Padre, nunca quedará defraudado, así lo cantamos en una de las estrofas del salmo “Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere”

 Pablo, en este himno que hemos oído de la carta a los Filipenses, siendo de condición divina, el Hijo de Dios, toma obedientemente la condición de esclavo y se humilla hasta la entrega total. Por eso Dios lo exalta y le da el “Nombre sobre todo nombre”. Clavado en la cruz sigue siendo Vida acogiendo con él a todos los crucificados de la vida por el desamor, la duda, la violencia, la guerra… donde parece reinar la muerte hay promesa de Vida, pero Vida a lo grande.

El evangelio, de hoy es el relato de la pasión según Lucas, que volveremos a leer el Viernes Santo, pero será según la versión del apóstol Juan.  Pero de este relato de hoy podemos destacar el perdón, la confianza y la entrega a Dios. Así como el Viernes Santo reflexionamos sobre las Siete Palabras de Jesús en la Cruz, hoy lo hacemos desde Siete Palabras de la Pasión:

La Eucaristía: “tomad esto, repartirlo entre vosotros”. Pan y Vino, Cuerpo y Sangre, que se entregan para Vida del mundo.

El Servicio: “el mayor entre vosotros entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve”

La Obediencia: “no se haga mi voluntad, sino la Tuya”

La Grandeza: “¿Tú eres el Hijo de Dios? Vosotros lo decís, yo lo soy” “¿Eres tú el rey de los judíos? Tú lo dices”

El Perdón: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”

La Promesa: “hoy estarás conmigo en el Paraíso”

La Confianza en Dios: “Padre a tus manos encomiendo mi espíritu”

Aclamemos al Señor con alegría: su venida nos trae la paz y la reconciliación de unos con otros y de todos con Dios Padre. Y por intercesión de María, Reina de la Paz, para que la paz alcance a todos los pueblos de la tierra.

Feliz Domingo de Ramos.

V Domingo De Cuaresma

06/04/2025

Nos aproximamos al final de la Cuaresma, tiempo en el que hemos profundizado en el encuentro con el Señor, compartiendo la fe, la oración y la vida con el prójimo. Pero seguimos recorriendo con Jesús el camino cuaresmal hacia la Pascua, finalizamos nuestros domingos de Cuaresma para comenzar nuestra Semana Santa. Hoy Jesús nos enseña sobre el perdón, Dios nunca condena a nadie, siempre nos tiende la mano, siempre está cerca del que sufre y tapa la boca de los que más tienen por qué callar.

El tema de las lecturas es la acción salvadora de Dios manifestada en perdón, renovación y la promesa de vida eterna a través de Jesús, a pesar de la oposición y las caídas humanas, llamando a una respuesta de fe y transformación.

En la primera lectura, el profeta Isaías nos invita a levantar la cabeza. No estamos condenados a repetir lo antiguo, ni a someternos a una vida caduca y rutinaria “Mirad que realizo algo nuevo; daré de beber a mi pueblo”. Hemos de ponernos en camino, atravesar los desiertos de la vida, con la confianza en que Dios no nos abandona. En el salmo, el pueblo reconoce la grandeza del Señor por haberlos hecho volver del cautiverio, llenándolos de alegría y cantares, cantando “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”. San Pablo considera todo como pérdida y basura comparado con el conocimiento de Cristo Jesús, “Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” por quien lo ha perdido todo para ganar a Cristo y alcanzar la justicia que viene de la fe en Él, esforzándose por la meta. El evangelio nos lanza una nueva invitación a dejarnos interpelar por Jesús, a no condenar y perdonar “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”.

En primera lectura, del profeta Isaías, habla de la experiencia del pueblo que regresa a Judá y Jerusalén después de su exilio en Babilonia. El camino emprendido, un nuevo éxodo, una nueva travesía como la que tuvieron sus antepasados por el desierto, con lo que ello supone, sed, hambre,  … Regresan de estar exiliados, desterrados y apartados de sus tierras, regresan de una tierra que no aman y que no les pertenece. Es un pueblo que vuelve a empezar, no están condenados a vivir siempre en el exilio, algunos se habitúan a su status quo y no quieren regresar, permanecen inmóviles.  Lo antaño les paraliza, solo acepta la sumisión “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”. Lo nuevo, Dios, hace que broten ríos en los desiertos “Abriré un camino en el desierto, corrientes en el yermo”. Algo nuevo, sorprendente, distinto está brotando. Hay que ponerse en camino, sabiendo que Dios no nos abandona “para dar de beber a mi pueblo”. Así lo manifiesta el pueblo que regresa, en una estrofa del salmo leemos “Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas”

San Pablo, en su segunda carta a los Filipenses, echa la mirada atrás, a su vida pasada con sus títulos de hebreo y fariseo, su antiguo status quo, jactándose de haber sido un ardiente militante contra la Iglesia naciente. Pero después de conocer y de haber sido alcanzado por Cristo, todo lo anterior lo considera basura “Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” es su vida nueva en Cristo. Pablo afirma haber conocido la muerte de Jesús, sus padecimientos vividos y experimentados en sus carnes en las persecuciones, con el deseo de conocer su Resurrección. El único objetivo de y sentido de la vida de pablo es Jesús, su Señor. Pero como en la primera lectura todo deja atrás lo anterior y se lanza hacia lo que está por delante “olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante…”

El Evangelio, este domingo según san Juan, no presenta a una mujer condenada a muerte por lapidación; macabro modo de ejecución que aún pervive en la actualidad en algunos países. Los escribas y fariseos, aprovechan este episodio para poner a prueba a Jesús. Quieren cogerlo en una trampa y tener de qué acusarlo. Jesús, da salida a la situación desenmascarando a los falsos piadosos, echándoles en cara su pecado y salvando a la mujer. Ella dejó atrás su vida anterior, su status quo, “Anda, y en adelante no peques más” siguiendo a Jesús en su nueva vida. Jesús dice una sentencia que aún hoy sigue resonando, “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado? Ella contestó: Ninguno, Señor. Jesús dijo: Tampoco yo te condeno” nadie puede ser juez inmisericorde de otra persona. Jesús nos invita de forma directa a que nos miremos a nosotros mismo antes de juzgar y condenar a otros.

Que el Señor nos ayude a no olvidar esta escena del evangelio y sus palabras. No juzguemos y no condenemos a nadie. Y por la intercesión de María, la Reina de la Paz, pedimos y rogamos por la paz en el mundo.

Feliz domingo día del Señor y feliz semana.

IV Domingo De Cuaresma

30/03/2025

La Cuaresma, nuestro camino de conversión, llega hoy a su Domingo Laetare, un respiro lleno de alegría y esperanza, si tuviéramos que poner un título a este cuarto domingo, vendría muy bien el llamarlo “Domingo del Amor de Dios y de la respuesta humana” Desde la celebración de la Pascua en la Tierra Prometida hasta la alegría del Padre que recibe a su hijo pródigo, las lecturas de hoy nos recuerdan que la fidelidad de Dios y su amor misericordioso son la fuente inagotable de nuestra esperanza. Como peregrinos que avanzan hacia la Pascua, esta jornada nos invita a levantar la mirada, a sentir la cercanía del Señor que nunca nos abandona.

La primera lectura, del libro de Josué nos viene a decir que Dios lleva adelante la historia, de una manera distinta a como desearía la humanidad, y con novedades que no terminamos de controlar “Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto” Dios que quiere al hombre, es Padre misericordioso que siempre está atento a sus hijos, nos invita a experimentar y proclamar el salmo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor; dichoso el que se acoge a él” En la segunda lectura, de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios, nos dice que todo procede de Dios “Todo procede de Dios que nos reconcilió consigo por medio de Cristo” la reconciliación proviene de Dios, pero ha sido cumplida Cristo y por Cristo. Y, como el hijo pródigo, en el evangelio, hemos emprendido el itinerario penitencial para volver a la casa del Padre. Un camino, una llamada a abrir nuestro corazón a los demás, perdonándolos y evitando cualquier actitud de superioridad o soberbia. Así entramos en los sentimientos de Dios, que hoy nos dice: “Era preciso alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”

En la primera lectura, del libro de Josué, Moisés muere sin entrar en la tierra prometida, Josué es el nuevo líder que guía al pueblo. La tierra que se había prometido a Abrahán, y que nunca llegó a ver; la tierra a la que se dirigió Moisés y a la que nunca entró, ahora es tierra para ser conquistada y para que les sirva de sustento. Es tierra prometida, pero no regalada, sino que la deberán conquistar con su esfuerzo. Todo se mueve en un sentido religioso, y lo primero que hacen es celebrar la Pascua, que les une con sus orígenes en Egipto y la con la liberación gracias a Dios. La tierra da sus primeros frutos y por eso cesa el maná. El maná es un alimento de transición que representa lo viejo, en espera del verdadero alimento. Hemos pasado de un pueblo que no tiene tierra, a un pueblo que vaga por el desierto, a un pueblo con tierra que ahora produce un alimento nuevo “comieron de la cosecha de Cannán”. Un pueblo que siempre ha sido rebelde y tiene una actitud como la del hijo menor de la parábola del hijo pródigo, pero al que Dios siempre le ha mostrado su misericordia.

La segunda lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios, nos habla de que el encuentro con Cristo lo cambia todo, él es novedad absoluta, es lo nuevo; los creyentes somos criaturas nuevas en Cristo. Lo viejo, bien sea la fe judía o la pagana, forman parte del pasado. Hemos sido reconciliados con Dios en Cristo y por Cristo. Así nos lo pide san Pablo “En nombre de Cristo os pedimos que se reconcilien con Dios” Dios quiere la salvación de todos y san Pablo reafirma la voluntad salvífica de Dios, que se hace realidad en Cristo.

El Evangelio de Lucas, recoge la conocida parábola que tiene distintos nombres: el Hijo pródigo, o el Padre misericordioso, o también un Padre tenía dos hijos. En ningún momento se dice que este padre sea Dios, pues la parábola se caracteriza precisamente por poner unos personajes humanos, y que nosotros hagamos nuestra propia lectura.

Nos fijamos, primero, en el padre, la casa está preparada para todos, para los que viven y trabajan en ella, para los que se van y vuelven cuando lo sienten necesario. Hay trajes, y ropas adecuadas para vestirse de fiesta y entrar en el banquete, es lo que nos ha dicho san Pablo en la segunda lectura “el que es de Cristo es una criatura nueva, lo nuevo ha comenzado” Dejamos una casa vieja, propia, para adentrarnos en una casa nueva, una casa común.

El hijo menor quiere tener su casa para él sólo, vivir a su aire sin pensar en el futuro “dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre, primero lo deja machar; luego lo espera; por fin, cuando lo ve aparecer, conmovido, se pone en marcha para salir a su encuentro. Busca una segunda oportunidad, para empezar de nuevo, aunque sea con otra condición, la de jornalero y no la de hijo “trátame como a uno de tus jornaleros”.  El padre se compadece del hijo porque estaba perdido. El padre no lo acepta, pues cuando lo recupera hace fiesta, para el buen padre siempre son sus hijos y no jornaleros.

  El hijo mayor es el prototipo en el que se refleja la actitud dura e inmisericorde de algunos creyentes “Él se indignó y no quería entrar”. Su actitud hace referencia a lo viejo, es el prototipo de aquellos israelitas de la primera lectura que quieren seguir comiendo del maná y no de la cosecha de la tierra que es fruto de todos y de la comida compartida “era necesario celebrar un banquete, alégrate, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido”.

La parábola parece que no tiene final, nada sabemos de los hijos, tan sólo da a entender que el padre se queda en la casa para acoger a los que vuelven, para mostrar que todo lo que hay en la casa, trabajo incluido, es de todos los que viven en ella. Y cuando se sienta necesidad de hacer fiesta que cuenten con ella, con la casa común y con los que hay en ella “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo”

Reconciliémonos con Dios, que siempre, siempre es Padre misericordioso, y quiere a sus hijos con locura.

 Feliz domingo día del Señor y feliz semana.

 Solemnidad de la Encarnación.

25/03/2021

Rompemos hoy carácter penitencial de la Cuaresma, como ya hicimos, la semana pasada, en la solemnidad de San José. Celebramos hoy la solemnidad de la Encarnación, un misterio central de nuestra fe que resuena de manera especial en este año jubilar, “Peregrinos de Esperanza”, tiempo de gracia nos invita a reflexionar sobre el camino que Dios ha trazado para la humanidad, un camino marcado por la promesa, la respuesta fiel y la esperanza que nace del encuentro con Emmanuel, Dios con nosotros.

Las lecturas tienen como hilo conductor la voluntad de Dios que se cumple a través de la fe y la obediencia, culminando en la Encarnación del Hijo de Dios para nuestra salvación. Vemos la promesa de un signo en el Antiguo Testamento, la disposición del salmista a hacer la voluntad divina, la insuficiencia de los antiguos sacrificios frente a la oblación del cuerpo de Cristo, y finalmente, la respuesta humilde y generosa de María a la llamada de Dios, permitiendo que la promesa se haga realidad. Este acto de obediencia amorosa es la fuente primordial de nuestra esperanza como peregrinos.

El profeta Isaías, en la primera lectura, ante la incredulidad del rey Acaz, anuncia un signo divino: “Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, porque con nosotros está Dios”. Este anuncio, aunque dirigido a un contexto histórico específico, trasciende para señalar la promesa de la presencia de Dios en medio de su pueblo de una manera única y definitiva. En nuestro peregrinar de esperanza, esta profecía nos recuerda que Dios siempre cumple sus promesas, incluso cuando la incredulidad humana parece oscurecer el horizonte. El Emmanuel es la garantía de que no caminamos solos.

El salmista expresa una profunda disposición a cumplir la voluntad de Dios: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Reconoce la insuficiencia de los sacrificios y ofrendas en sí mismos, anhelando una obediencia interior: “Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas”. Como peregrinos de esperanza, este salmo nos invita a examinar nuestra propia disposición a la voluntad divina. ¿Estamos verdaderamente abiertos a lo que Dios nos pide en nuestro camino? La verdadera esperanza se nutre de un corazón que busca y cumple la voluntad del Señor.

Segunda Lectura, de la carta a los Hebreos, el autor profundiza en la insuficiencia de los sacrificios antiguos para quitar los pecados: “Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados” En contraste, presenta la venida de Cristo al mundo con una disposición similar a la del salmista: “He aquí que vengo para hacer, ¡oh, Dios!, tu voluntad”. La “oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre” es el sacrificio perfecto que nos santifica. En nuestro camino como peregrinos, esta lectura nos recuerda que nuestra esperanza se funda en el sacrificio único y redentor de Cristo, que nos abre las puertas a la santificación y a la vida eterna.

Lucas relata la Anunciación, que nos presenta el momento crucial en el que la promesa de Isaías comienza a cumplirse. El ángel Gabriel anuncia a María que concebirá y dará a luz un hijo, Jesús, el Hijo del Altísimo. La respuesta de María es un modelo de fe y obediencia: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra”. Su sí generoso y humilde permite la Encarnación, el misterio por el cual Dios mismo se hace hombre y camina con nosotros. Como peregrinos de esperanza, María es nuestro modelo y guía, su fiat es un faro que ilumina nuestro camino, mostrándonos que la verdadera esperanza reside en la apertura total a la voluntad de Dios, confiando en que “para Dios nada hay imposible”.

En este Año Jubilar, mientras caminamos como peregrinos de esperanza, contemplemos profundamente el misterio de la Encarnación. En la humildad del sí de María, en la obediencia amorosa de Jesús al Padre, encontramos la fuente inagotable de nuestra esperanza. Que el Emmanuel, Dios con nosotros, nos acompañe en cada paso de nuestro peregrinaje, fortaleciendo nuestra fe y renovando nuestra esperanza en las promesas divinas.

Feliz día de la Encarnación.