SOLEMNIDAD INMACULADA CONCEPCIÓN 08/12/2021

Celebramos hoy el día de la Inmaculada Concepción, festejamos llenos la victoria del Señor sobre el mal, sobre el pecado. Una victoria que se manifestó, primeramente, en María, la Madre de Jesús, que fue preservada de todo pecado desde su concepción.

Dios la preparó para que fuera madre del Hijo hecho hombre. María es llamada por el ángel la “llena de gracia”, saludo que es la base bíblica para el dogma de la Inmaculada Concepción. María está presente ya antes de la creación del mundo como aquella que el Padre ha elegido. María fiel a la llamada, escuchamos hoy su vocación, responde con su sí a los planes de Dios, como Madre de su Hijo en la Encarnación. Precisamente en la vigilia reflexionamos sobre el si de María y de José, pues concluimos el año dedicado a San José.
En María se cumple lo anunciado en el Génesis, después de la caída del hombre “Esta te aplastará la cabeza, cuando tú la hieras en el talón” suscitando ya desde ese mismo momento un redentor, un mesías, un enviado. Así lo cantamos una de las estrofas del salmo “El Señor da a conocer su salvación” En la Inmaculada se cumple plenamente, lo que San Pablo dice en la carta a los efesios, que nosotros hemos sido elegidos en la persona de Cristo “para que fuésemos santos e intachables ante Él por el amor”. Por todo ello, en el evangelio, el ángel Gabriel la saludó como “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.
La primera lectura, del libro del Génesis, es el primer anuncio de la salvación, es el llamado el protoevangelio. El pecado originó la división, nos recuerda que cuando pensamos solo en nuestros gustos e intereses, nos aislamos de Dios y de los demás. El pecado dio lugar a la lucha entre la serpiente y la mujer, entre la descendencia de una y la descendencia de otra “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y su simiente”. El triunfo será de la mujer y de su descendencia, pues la simiente de la mujer es Cristo. Se anuncia así la redención y liberación del mal por la victoria de Jesucristo “nacido de mujer”, de la Virgen María, Inmaculada en su Concepción.
En segunda lectura, el himno que abre la Carta a los Efesios, San Pablo nos hace comprender que cada ser humano es creado por Dios para esa plenitud de santidad, para esa belleza de la que la Virgen fue revestida desde el principio. La meta a la cual estamos llamados es también para nosotros don de Dios, quien nos ha “elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados”; en Cristo, para estar un día totalmente libres de todo mal. Y esta es la gracia de Dios en nosotros, estamos llamados a vivir la fe en medio de las dificultades y tentaciones de la existencia. María fue la primera elegida, ella es nuestro modelo. María es un signo anticipado: de santidad, de perfección, de plenitud, de vida nueva, de victoria pascual. Es un anticipo del ideal humano, del proyecto que Dios había soñado para el hombre. Un modelo para cada creyente, para la Iglesia, para la humanidad. Lo que tanto soñamos y deseamos es posible, en María se ha realizado ya en la llamada, que implica un cambio de planes y un cambio de corazón.
Pero también Maria es la primera que, apoyada en la fe, sentirá la amargura y el sufrimiento en muchos momentos de su vida. La relación con el Señor no evita las dificultades, pero ayuda a afrontarlas de manera distintas, pero siempre de la mano de Dios.

El evangelio de hoy, el relato de la anunciación/encarnación, centra nuestras miradas en los personajes, en Gabriel y María, haciendo que en cierto modo pase desapercibido el responsable todo el acto. Quien lleva realmente todo el peso de la acción y pone todo en movimiento es Dios Padre, el cual queda como opacado en el diálogo entre el ángel y María. Es Dios quien envía a Gabriel una misión que hace posible una historia de amor donde todos salimos ganando.

Gabriel no es enviado a Jerusalén, ni al templo, ni al palacio de Herodes el Grande, ni del emperador Augusto en Roma, sino a una ciudad llamada Nazaret, si es que se le puede llamar ciudad, más bien es una pequeñísima aldea con apenas doscientos habitantes. No fue nunca mencionada en el Antiguo Testamento, ni por los historiadores judios y romanos de la época, de ella dijeron los habitantes de Caná de Galilea: ¿de Nazaret puede salir algo bueno? Allí tendrá que ir Gabriel con la misión de transmitir un mensaje de parte de Dios, a una joven muchacha llamada María, cuyo novio, José, descendiente de David, venido a menos, que no tenia ni siquiera un pequeño trozo de tierra y que debía ganarse la vida como obrero, el grado más bajo del escalafón social de Israel en aquel tiempo, situación social similar a la de los pastores. Dios, como nos ha mostrado a lo largo de la historia, siempre escoge lo débil de este mundo para llevar a cabo su plan. Los planes de Dios siempre nos sorprenden, aunque no siempre nos resultan evidentes.
Gabriel lo primero que hace es saludar a María, “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”, pero como Gabriel no lleva vestido resplandeciente, ni alas, ni plumas, como nuestra imaginación y los artistas lo pintan, María queda desconcertada, asustada, turbada, un hombre desconocido se le ha colado en casa de improviso. María no sabe que pensar, si habla en serio o en broma, si la está saludando o amenazando. Gabriel la tranquiliza, “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios” justificando si cabe más aún el saludo anterior. Gabriel anuncia que concebirá y dará a luz un hijo, que su nombre será Jesús, que será grande, se llamará Hijo del Altísimo, Dios le dará el trono de David su padre, “para que reine en la casa de Jacob por siempre y su reinado no tendrá fin”
De todo lo que le dice el ángel, ella no entiende la concepción, pues está comprometida con José, pero no mantiene relaciones ni con él ni con ningún otro ¿cómo va a quedar embarazada? Imaginemos la escena, alguien desconocido se cuela en casa de una mujer, le dice que se va a quedar embarazada, la mujer piensa como será posible si ella no mantiene relaciones, a lo que se asusta pensando este viene a por mí. Hasta que Gabriel la tranquiliza ofreciéndole una solución aparentemente imposible: “porque para Dios nada hay imposible”
Dejémonos cautivar por Dios aceptemos su llamada y acojamos su voluntad como María. Exclamemos ¡cuenta conmigo Señor! Y sigamos preparándonos para la venida del Señor.
Feliz día de la Inmaculada.

Si quieres escuchar el Ave Maria, pulsa el siguiente enlace 👇

https://youtu.be/aHDnkr2ZNbk

Segundo Domingo de Adviento 05/12/2021 

Segundo domingo de Adviento está dominado por la figura de Juan el Bautista. El mensaje de la segunda banderola es “Poneros en pie”, permaneced despiertos, levantad la cabeza se acerca la liberación. Preparemos los caminos y las sendas al Señor, Dios cuenta con nuestra acción. Seguimos tejiendo nuestra red “Tejiendo redes para una casa común» colocando ahora junto a la bola del mundo la bobina y la aguja para tejer la red. 

El profeta Baruc nos invita a experimentar la misericordia de Dios, que nos hace volver a gozar de su esplendor, dejando atrás la oscuridad “Dios guiará a Israel, con alegría…”. Así lo cantamos en el salmo: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”. San Pablo en la segunda lectura nos anima a prepararnos interiormente para que cuando el Señor venga nos encuentre “limpios e irreprochables”.  En el evangelio, Juan Bautista, precursor del Mesías, predica un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, cumpliendo la profecía de Isaías: “…en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”.  

El profeta Baruc invita a Jerusalén a olvidar sus achaques y lamentos y a revestirse con vestidos y adornos de fiesta, a dejar atrás el duelo y dar paso a un rito de fiesta. Y como pasara el domingo pasado el profeta Jeremías no animaba a la esperanza con el retorno después del destierro. Baruc sigue en la misma línea promete pronto el retorno a la Ciudad Santa y le dará un nuevo nombre “Paz en la justicia y gloria en la piedad” Israel no debe desentenderse de los otros, justicia, ni de Dios, piedad. Quien tiene esperanza no puede perder de vista el horizonte último de la historia, horizonte de luz y de gracia, de vida en plenitud, de salvación. En el horizonte está Dios. El profeta nos convoca a vivir con autoestima. El adviento es preparación para algo grande que nos va ocurrir.  

Pablo en continuidad con el tema de la parusía del domingo anterior, la venida del Señor, nos sigue alertando y animando para que no nos pille desprevenidos ni distraídos, para que lleguemos a ese día “limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia,…” 

El amor que Pablo desea a los fieles de Filipo no es mero contento y adulación recíproca. “que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y sensibilidad para apreciar los valores” El amor desvela lo que hay de valioso en nosotros los seres y en los acontecimientos, lo que en último extremo hace valiosa nuestra vida. Es lo que nos permitirá cargarnos de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús.  

Lucas, en un alarde de conocimiento de la historia, nos da los siete nombres de los personajes más poderosos y famosos del momento, nos va a situar la acción en la historia, nos indica el momento de la actividad del Bautista: en tiempos del emperador Tiberio, del procurador Poncio Pilato, del rey de Judea Herodes Antipas, del sumo sacerdote Anás y su yerno Caifás, siendo padre Zacarías, nos sitúa en un contexto humano en donde la Palabra del Señor se dirige a Juan, en el desierto, para comenzar la acción. Lucas no cuenta la llamada y vocación de Juan, pues era profeta ya desde el vientre de su madre. El Bautista predica un bautismo de arrepentimiento, de perdón, nos invita a la conversión: a volver a Dios y a cambiar de forma de vida.  

 Comienza su actividad en el desierto, lugar inhóspito, lugar donde si gritas nadie te oye, nadie se te acerca, nadie te defiende, si experimentas alegría o pena no tienes a nadie con quien compartirla. Pero hay otro desierto, el que cada uno de nosotros lleva dentro. Justamente el corazón puede transformarse en un desierto: árido, apagado, sin afectos, sin esperanza, lleno de arena. El Evangelio de hoy habla de una voz que resuena en el desierto de nuestro corazón “voz que clama en el desierto”, anuncia la llegada del Mesías con palabras sencillas, nos introduce en la proximidad de la Navidad. Preparar “el camino del Señor” no fue sólo la vocación de Juan el Bautista, sino también la nuestra. El camino del Señor es un camino que conduce a la salvación, un camino que podemos y debemos hacer juntos y en el que debemos hacer un sitio a los que se pierden y a los que excluimos.  

Cada momento de la historia tiene sus propias demandas y posibilidades, el oráculo de Isaías nos da pistas para nuestra creatividad: “allanar los senderos”: facilitar el fatigoso peregrinar de los humanos; “elevar los valles”: confortar a quien se siente deprimido y necesitado de horizontes en la vida; “hacer descender los montes y colinas”: porque sólo se puede caminar juntos si somos iguales y pacientes con los más lentos, y agradecidos a los más veloces; “que lo torcido se enderece”: porque no todo es recto en nuestro mundo y no podemos callar ante lo que causa sufrimiento y desesperanza; “que lo escabroso se iguale”: porque todo lo que es abrupto y violento exaspera a los otros, está reñido con el amor. 

Que el Adviento nos prepare a comprometernos en desbrozar los caminos del Señor en nuestro entorno. Vivamos bien despiertos para que los afanes de este mundo no nos impidan nuestro encuentro con Cristo. 

Feliz domingo y tiempo de adviento y feliz semana.