Hoy, Jueves Santo, celebramos el día del Amor Fraterno, un amor que se revela plenamente en la entrega de Jesús, que podemos resumir en: “Amándonos hasta el extremo, Jesús nos dejó el mandamiento y el sacramento de la esperanza en nuestro caminar.”
En la lectura del Éxodo, recordamos la primera Pascua, “Este será un día memorable para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación, como ley perpetua lo festejaréis”. El salmo, preludio de la oración de Jesús en Getsemaní, nos invita a alabar al Señor por su salvación “El cáliz de la bendición es comunión de la sangre de Cristo”. San Pablo en su carta a los Corintios nos transmite el mandato de Jesús en la Última Cena “Haced esto en memoria mía”, instituyendo así la Eucaristía. El evangelio nos presenta con el lavatorio de los pies, una lección de humildad y servicio que Jesús nos da como ejemplo de cómo debemos amarnos los unos a los otros “se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos”
Al contemplar a Jesús en el huerto de Getsemaní, vemos la angustia humana ante el sufrimiento y la muerte, pero también su obediencia y su amor incondicional al Padre. En esa noche, antes de su pasión, Jesús no solo oró, sino que instituyó dos pilares fundamentales de nuestra fe y de nuestro camino como peregrinos de esperanza:
El Lavatorio de los Pies, con este gesto humilde, Jesús se despoja de su condición de Maestro y Señor para servir a sus discípulos. Nos enseña que el amor fraterno no es solo un sentimiento, sino un servicio concreto, una disposición a inclinarnos ante las necesidades de los demás, a tocar sus heridas y a limpiarlas con la delicadeza del amor de Dios. En este año jubilar, como peregrinos de esperanza, estamos llamados a seguir este ejemplo, llevando el amor y el servicio a cada encuentro en nuestro camino.
La Institución de la Eucaristía, en la Última Cena, Jesús tomó el pan y el vino, los bendijo y se los dio a sus discípulos, diciendo: “Esto es mi cuerpo… Esta es mi sangre… Haced esto en memoria mía”. En este sacramento, Jesús se queda con nosotros como alimento para nuestro camino, como prenda de la vida eterna. Cada vez que participamos de la Eucaristía, renovamos nuestra alianza con Dios y fortalecemos nuestra esperanza en la resurrección. Como peregrinos, la Eucaristía es nuestra vianda, la fuerza que nos sostiene en las dificultades y nos impulsa hacia la meta final.
Hoy, la reflexión la llevaremos al Huerto de Getsemaní, momento del Jueves Santo, que casi pasa desapercibido, en este lugar contemplamos a Jesús en una profunda angustia, un momento crucial antes de su entrega.
El Evangelio de Lucas nos ofrece una visión particular de este Getsemaní. Vemos a Jesús retirándose a orar con sus discípulos. A diferencia de una imagen de total serenidad, Lucas nos muestra a un Jesús que experimenta una intensa lucha interior, hasta el punto de necesitar la cercanía y el apoyo de sus amigos. Incluso el evangelista señala que Jesús sintió angustia y oró con más insistencia, y su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre que caían a tierra.
Esta escena en Getsemaní nos revela la verdadera humanidad de Jesús. Él, siendo Dios, no estuvo exento del temor ante el sufrimiento y la muerte. Sin embargo, en medio de esta angustia, Jesús se dirige a su Padre en oración, buscando fortaleza y reafirmando su obediencia a la voluntad divina. Es en este contexto de vulnerabilidad humana y entrega confiada que un ángel del cielo aparece para fortalecerlo. Este detalle subraya que incluso en los momentos más oscuros, la gracia y el consuelo de Dios están presentes.
Getsemaní se convierte en un símbolo de la lucha humana ante el dolor y la adversidad, pero también de la fuerza que se encuentra en la oración y en la obediencia a la voluntad de Dios. Jesús, al vivir esta profunda angustia, santificó también nuestro propio sufrimiento, mostrándonos el camino de la confianza en el Padre incluso en los momentos más difíciles.
El lavatorio es una expresión concreta de este amor en el servicio, mientras que la agonía en Getsemaní muestra la magnitud del sacrificio que Jesús estaba dispuesto a realizar por ese mismo amor.
En este Jueves Santo, día del Amor Fraterno y como Peregrinos de Esperanza, recordemos las palabras de Jesús y su ejemplo en Getsemaní. Que el lavatorio de los pies nos impulse a servirnos los unos a los otros con humildad y generosidad, y que la Eucaristía nos alimente con la esperanza de la vida eterna. Que nuestro peregrinar esté marcado por el amor que Jesús nos mostró hasta el extremo, un amor que nos une como hermanos y nos sostiene en la esperanza de su Reino.
Con el Domingo de Ramos, pórtico de la Semana Santa, que concluiremos el Domingo de Resurrección. Durante estos días entraremos con Jesús en Jerusalén, lo veremos hacerse servidor humilde, morir en la cruz y resucitar para vencer a la muerte, toda una lección de amor, de entrega, de obediencia y de vida plena, para todo el que quiera seguirlo.
Después de haber preparado, durante la cuaresma, nuestros corazones con las practicas cuaresmales de ayuno, limosna y oración, hoy iniciamos, con toda la Iglesia, la celebración del misterio pascual de Nuestro Señor. Este año, además, nuestro caminar cuaresmal y nuestra entrada en la Pasión del Señor se ven enriquecidos por el espíritu de un Año Jubilar, un tiempo especial de gracia y renovación, donde nos reconocemos como “Peregrinos de esperanza”. La liturgia de hoy es algo singular, tiene una gran contraposición, por un lado, fuera del templo, la alegría y el júbilo por la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén en donde agitamos ramos y palmas, entonando ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Por otro lado, en el templo, la tristeza de la pasión donde la celebración se vuelve seria, ya no es de júbilo.
El tema central de las lecturas es: La humildad del Rey y el camino del sacrificio por amor. Fuera del templo aclamamos a Jesús con ramos y palmas y cantamos el Hosanna “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor!” Ya en el templo, escuchamos, del profeta Isaías, parte del tercer cántico del Siervo de Yahvé que es preludio y profecía de la pasión “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos”. El salmo nos anticipa y anuncia también la pasión y la sensación de aparente abandono que recita Jesús en la cruz “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Pablo en la segunda lectura nos da el mensaje central de la pasión “Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre sobre todo nombre”. El evangelio nos trae la versión de Lucas de la pasión con su particular “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”
Fuera del templo, Jesús que viene en nombre del Señor, lo aclamamos con ramos y cantos porque es nuestra Paz. Viene montado en un pollino, signo de la sencillez, la entrega y la paz ante todo “Paz en el cielo y gloria en las alturas”, la reconciliación entre las personas y los pueblos.
Ante la dificultad, la negación de los suyos, del abandono de los cercanos y hasta el aparente abandono de Dios, ni se resiste ni se echa atrás así lo anuncia Isaías en el cántico que hemos escuchado: “El Señor me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento”. Confía en la entrega del Padre, nunca quedará defraudado, así lo cantamos en una de las estrofas del salmo “Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere”
Pablo, en este himno que hemos oído de la carta a los Filipenses, siendo de condición divina, el Hijo de Dios, toma obedientemente la condición de esclavo y se humilla hasta la entrega total. Por eso Dios lo exalta y le da el “Nombre sobre todo nombre”. Clavado en la cruz sigue siendo Vida acogiendo con él a todos los crucificados de la vida por el desamor, la duda, la violencia, la guerra… donde parece reinar la muerte hay promesa de Vida, pero Vida a lo grande.
El evangelio, de hoy es el relato de la pasión según Lucas, que volveremos a leer el Viernes Santo, pero será según la versión del apóstol Juan. Pero de este relato de hoy podemos destacar el perdón, la confianza y la entrega a Dios. Así como el Viernes Santo reflexionamos sobre las Siete Palabras de Jesús en la Cruz, hoy lo hacemos desde Siete Palabras de la Pasión:
La Eucaristía: “tomad esto, repartirlo entre vosotros”. Pan y Vino, Cuerpo y Sangre, que se entregan para Vida del mundo.
El Servicio: “el mayor entre vosotros entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve”
La Obediencia: “no se haga mi voluntad, sino la Tuya”
La Grandeza: “¿Tú eres el Hijo de Dios? Vosotros lo decís, yo lo soy”“¿Eres tú el rey de los judíos? Tú lo dices”
El Perdón: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”
La Promesa: “hoy estarás conmigo en el Paraíso”
La Confianza en Dios: “Padre a tus manos encomiendo mi espíritu”
Aclamemos al Señor con alegría: su venida nos trae la paz y la reconciliación de unos con otros y de todos con Dios Padre. Y por intercesión de María, Reina de la Paz, para que la paz alcance a todos los pueblos de la tierra.