Formación para la Vida: Curso de Soporte Vital Básico y Uso del Desfibrilador.
El pasado 15 de enero, la Parroquia de Alhaurín de la Torre abrió sus puertas para acoger un curso-taller de Soporte Vital Básico y uso del Desfibrilador, una iniciativa dirigida a enseñar habilidades fundamentales para salvar vidas.
Gracias al compromiso de los profesionales sanitarios que impartieron el taller, los asistentes adquirieron conocimientos y destrezas clave para actuar en situaciones de emergencia. Desde las maniobras de reanimación hasta el correcto manejo del desfibrilador, cada lección nos recordó la importancia de estar preparados para responder con rapidez y eficacia. Este curso no solo nos dejó aprendizajes técnicos, sino también un mensaje claro: ayudar al prójimo es un acto de amor y responsabilidad que nos une como comunidad de fe. Agradecemos a todos los participantes por su interés y compromiso. Que este conocimiento adquirido sea un instrumento de esperanza y vida en momentos de necesidad.
Nos encontramos en Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, la alegría de la Navidad aún resuena en nuestros corazones, acabamos de celebrar el nacimiento de Jesús, luz del mundo. Hoy la Palabra de Dios nos invita a profundizar en el misterio de su manifestación al mundo. El nexo de las lecturas es la manifestación de Jesús como el Mesías que trae la alegría y la abundancia del Reino de Dios Es también el domingo de la infancia misionera cuyo lema para este año es “Comparto lo que tengo”
En la primera lectura, Isaías, describe la renovación de Jerusalén como la “Desposada del Señor”, prefigurando la nueva alianza que Jesús instaura. El salmo responsorial nos invita a proclamar las maravillas del Señor, anunciando la llegada del Reino “Contad las maravillas del Señor a todas las naciones” San Pablo, en la segunda lectura, subraya los carismas recibidos de cada uno para el bien común y del Reino “Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común”. Finalmente, el Evangelio presenta el milagro de Caná, donde Jesús transforma el agua en vino, símbolo de la abundancia del Reino y el inicio de su misión “Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea”
El Evangelio de hoy nos narra una escena llena de simbolismo que nos revela la gloria de Cristo y el inicio de su misión. Jesús, con su madre y discípulos, participa en una fiesta familiar, una celebración de la vida y el amor. Ante la falta de vino, símbolo de la alegría y la abundancia, María interviene, mostrando su sensibilidad y confianza en su hijo. “No tienen vino”, le dice a Jesús. Y con estas palabras, María se convierte en intercesora, en la primera que nos invita a acudir a Jesús en nuestras necesidades.
La respuesta de Jesús, “Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora”, puede parecernos distante. Pero no se trata de un rechazo, sino de una afirmación de su voluntad de cumplir la misión que el Padre le ha encomendado. Y esa hora llega precisamente en Caná, cuando Jesús, obedeciendo a su madre, realiza su primer milagro, transformando el agua en vino.
Este milagro nos revela varios aspectos importantes de la persona y la misión de Jesús:
Jesús se manifiesta como el Esposo, el que viene a celebrar las bodas con su pueblo. El vino nuevo, símbolo de la gracia y la abundancia del Reino, es una prefiguración del banquete celestial al que todos estamos invitados.
Jesús, obediente a su Padre, se deja guiar también por su madre, mostrando la importancia de la familia en el plan de Dios. María, con su fe y su solicitud, nos enseña a ser mediadores, a llevar a otros a Jesús.
El milagro de Caná es un signo de la generosidad de Dios, que no quiere que falte la alegría en la fiesta de la vida. Jesús, con su poder divino, transforma lo ordinario en extraordinario, llenando nuestras vidas de sentido y esperanza.
Este Evangelio nos interpela también a nosotros. ¿Cómo vivimos nuestra fe en el día a día? ¿Somos generosos con lo que tenemos, como los niños, hoy día de Infancia Misionera, “comparto lo que tengo”? ¿O permitimos que el egoísmo y la indiferencia nos impidan ser testigos de la alegría del Evangelio?
Jesús nos llama a ser como María, sensibles a las necesidades de los demás, confiados en la providencia de Dios, dispuestos a colaborar con Jesús en la construcción de su Reino.
La Infancia Misionera nos ofrece un hermoso ejemplo de esta generosidad. Los niños, con su sencillez y su entrega, nos recuerdan que la verdadera alegría se encuentra en dar, en compartir lo que tenemos, por poco que sea. Recordemos las palabras del centurión, que repetimos en cada Eucaristía: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa…” Con humildad, reconozcamos la grandeza de recibir a Jesús en nuestras vidas y dejemos que su presencia nos transforme.
Pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine para que, como María en Caná, sepamos decirle a Jesús: “No tienen vino”. Que podamos ser instrumentos de su gracia, llevando la alegría del Evangelio a todos los que nos rodean.
Que la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, interceda por nosotros para que seamos fieles discípulos de su Hijo, Jesús, el Esposo que nos invita a la fiesta del Reino.
En la tarde de hoy miercoles 15 de enero, un gran número de personas han participado activamente en la charla taller sobre soporte vital básico (SVB) y el uso del desfibrilador, en los salones parroquiales.
La Solemnidad del Bautismo del Señor tiene la particularidad de servir de nexo entre los tiempos litúrgicos de la Navidad, que concluimos y cerramos hoy, y el inicio del tiempo ordinario. Si en los días anteriores resaltábamos la humanidad del Hijo de Dios, hoy resaltamos la divinidad del Hijo de Dios, vemos como en Jesús se manifiesta la Gloria de Dios y su Gracia. Esta celebración marca el final del tiempo de Navidad nos invita a reflexionar sobre el inicio de la vida pública de Jesús y la importancia de nuestro propio bautismo.
La primera lectura de hoy, tomada del libro de Isaías, nos presenta al Siervo de Yahvé, figura que prefigura a Jesús “Mirad a mi Siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco”. El es el Siervo elegido de Dios, lleno de su Espíritu, que trae la justicia a las naciones. No gritará ni clamará, sino que con mansedumbre y fidelidad llevará a cabo su misión. Jesús, en su bautismo, se revela como el Siervo anunciado por el profeta. Él es quien trae la luz a los que viven en tinieblas y libera a los cautivos.
El salmo responsorial nos invita a reconocer la grandeza y la gloria de Dios. “aclamad la gloria del nombre del Señor”. En el bautismo de Jesús, el Padre manifiesta su gloria y proclama a Jesús como su Hijo amado. Nosotros, los bautizados, también estamos llamados a dar gloria a Dios con nuestras vidas.
La segunda lectura, sacada del libro Hechos de los Apóstoles, nos relata la predicación de Pedro, quien anuncia que Dios ungió a Jesús con el Espíritu Santo y con poder. Jesús recorrió toda la región de Galilea haciendo el bien y liberando a los oprimidos “Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”. Su bautismo fue el inicio de su misión mesiánica.
El Evangelio de hoy nos describe el bautismo de Jesús en el río Jordán. Jesús se sumerge en las aguas del bautismo para identificarse con nosotros y mostrarnos el camino de la salvación. Este gesto de humildad prefigura su entrega total en la cruz, donde nos liberará del pecado con su muerte y resurrección. Al salir del agua, se abren los cielos y el Espíritu Santo desciende sobre Jesús en forma de paloma. Se escucha la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco”. Es una manifestación de la Trinidad, que nos revela el amor de Dios por su Hijo y por toda la humanidad.
La epifanía o manifestación no es solo la que ocurre el día en que celebramos los Reyes Magos. En Navidad no hubo una epifanía sino varias: la adoración de los pastores, María y José en actitud contemplativa ante Dios hecho hombre, podemos decir que toda la vida de Nuestro Señor es Epifanía, Cuando Jesús fue bautizado hubo una gran manifestación, una nueva Epifanía, se oyó la voz del padre, se vio al Espíritu Santo, en forma de paloma, descender sobre el Hijo de Dios encarnado. Es una manifestación explicita de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es la primera vez que aparecen las tres personas divinas juntas. El Padre muestra al Hijo, lo consagra y lo unge con el Espíritu Santo, es importante el hecho de que Jesús, sin ser pecador, espera su turno para ser bautizado junto a los pecadores, haciéndose solidario con los pecadores, con un significado de gran calado, Dios se hace hombre, toma condición humana, se solidariza con el hombre.
Ese Espíritu que desciende va a volver toda la vida de Jesús en Epifanía, en una manifestación constante y continua; todos sus milagros, sanaciones, exorcismos, todo Él es Epifanía. Por eso esta Solemnidad del Bautismo de Jesús conecta con la Navidad. Por un lado, nos lanza y nos deja preparados para que cada domingo, cada día, sepamos encontrar la manifestación de Nuestro Señor y por otro para encontrar en el Él a Dios hecho hombre.
La celebración del Bautismo del Señor nos llama a renovar nuestro compromiso bautismal. Al igual que Jesús, estamos llamados a vivir como hijos de la luz, guiados por el Espíritu Santo y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios con nuestras palabras y acciones.
Que la gracia de nuestro bautismo nos fortalezca en la fe y nos impulse a ser testigos del amor de Dios en el mundo.
Celebramos hoy la Epifanía, la luz de Cristo se manifiesta a todos los pueblos. Los magos de oriente, guiados por una estrella, llegan ante el Niño Jesús, reconociéndolo como el Mesías, el Salvador universal. Epifanía quiere decir manifestación, todo el tiempo de Navidad es una manifestación.
En Navidad celebramos la presencia visible de Dios encarnado en medio de nosotros, y en la Epifanía celebramos como se ha manifestado Dios que se ha encarnado. En Navidad celebramos el hecho que ocurrió en la humildad de la noche y que tuvo a unos pocos pastores por testigos. En Epifanía celebramos que ese hecho se ha manifestado para todos nosotros, y para toda la humanidad representada en los magos.
Ayer, el prólogo del Evangelio de Juan, nos presenta a Jesús como la Palabra eterna de Dios que se hace carne y acampa entre nosotros. Esta Palabra, fuente de luz y de vida, llega a un mundo que no la reconoce, pero a quienes la reciben, les da el poder de ser hijos de Dios. La Epifanía es la manifestación de esta luz al mundo, la revelación de Dios a todas las naciones.
La experiencia de los magos nos invita a reflexionar sobre nuestra propia búsqueda de Dios. ¿Qué estrellas guían nuestro camino? ¿Estamos dispuestos a dejarnos sorprender por la novedad de Dios? Los sabios de oriente que estaban en camino, en búsqueda, fueron guiados por la estrella, “Y la estrella que habían visto en oriente los guio hasta que llegó y se paró encima de donde estaba el niño”; una estrella que brilla para todos como nos dice el profeta Isaías “Caminaran los pueblos a tu luz, …”, pero ignorada e indiferente para muchos, todos la pueden ver, pero no todos la siguen. El profeta Isaías nos anuncia que la gloria del Señor se ha manifestado a todas las naciones. La luz de Cristo brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la pueden apagar. La Epifanía nos recuerda que la salvación de Dios no tiene fronteras, que su amor se extiende a todos los confines de la tierra.
Al igual que los magos, nosotros también estamos llamados a reconocer a Jesús como el Mesías, el Salvador que ha venido para todos. Este reconocimiento debe traducirse en una vida transformada, en un compromiso con la justicia y la fraternidad.
La Iglesia, como nuevo pueblo de Dios, está llamada a ser portadora de esta luz al mundo. Nuestra misión es anunciar la Buena Nueva, ser testigos del amor y la misericordia de Dios. La Epifanía nos impulsa a salir al encuentro de los demás, a ser fermento de esperanza y de fraternidad en medio del mundo.
Juan, en su primera carta, nos habla de la alegría que brota de la comunión con Dios. La fe en Cristo nos hace partícipes de la vida divina, nos convierte en hijos de Dios. La Epifanía es una invitación a vivir en la alegría de esta filiación divina. La alegría cristiana no es una alegría superficial, sino que brota de la experiencia del amor de Dios. Es una alegría que nos sostiene en las pruebas y dificultades de la vida. La alegría de ser hijos de Dios nos impulsa a compartir este don con los demás. Debemos ser mensajeros de esperanza y de paz, constructores de un mundo más justo y fraterno.
La Epifanía del Señor es una fiesta de luz y de esperanza. Es la celebración de la manifestación de Dios a todas las naciones. Que esta fiesta nos renueve en la fe, nos fortalezca en la esperanza y nos impulse a vivir en la caridad. Dejémonos guiar por la estrella de la fe, y vayamos al encuentro del Señor, llevando su luz al mundo.
La Epifanía nos recuerda que Dios se manifiesta en lo cotidiano de la vida, es una invitación a la conversión, a dejar que la luz de Cristo ilumine nuestra vida, a estar siempre en el camino de la búsqueda, decía San Juan Crisóstomo: “Los magos no se pusieron en camino de búsqueda por que vieron una estrella, sino que vieron la estrella porque estaban en camino de búsqueda” La oración personal y comunitaria nos ayuda a profundizar en el misterio de la Epifanía.
Que la celebración de la Epifanía del Señor nos ayude a ser verdaderos hijos de la luz, a vivir en la alegría del Evangelio y a ser testigos de Cristo en el mundo. Amén.