01/01/2026
Comenzamos el año con la celebración de la LIX Jornada Mundial por la Paz, cuyo lema es “La paz esté con todos ustedes: hacia una paz desarmada y desarmante”
«¡La paz esté contigo!», así comienza el Santo Padre su mensaje en el que destaca la paz como «palabra» de Jesús resucitado: «Es su palabra, que no sólo desea, sino que realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad».
Al comenzar este año 2026, la liturgia nos invita a cruzar el umbral del tiempo con una bendición. La primera lectura del libro de los Números, nos recuerda que Dios mismo instruyó a Moisés para que los sacerdotes bendijeran al pueblo, pidiendo que “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”. Dios abre el año que empieza, asegurándonos que su mirada no es la de un juez que busca condenar, sino la de un Padre que sonríe a sus hijos y les ofrece su protección frente a toda adversidad.
A esta promesa de Dios respondemos con el salmo, pidiendo: “Que Dios tenga piedad y nos bendiga”. Esta oración no es solo para nosotros, sino que tiene una dimensión universal: buscamos que la luz del rostro de Dios ilumine a todas las naciones y que los confines de la tierra conozcan su salvación. La bendición que recibimos hoy es una invitación a convertirnos nosotros mismos en bendición para los demás durante este nuevo año.
En este contexto de luz y favor divino, celebramos a Santa María, Madre de Dios. San Pablo nos explica en la segunda lectura que, “al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo nacido de mujer”. Al llamar a María Theotokos (Madre de Dios), reconocemos que en ella se ha hecho visible el rostro del Señor que tanto anhelaban los antiguos; en Jesús, Dios ya no está oculto, sino que se ha embarrado con nuestra humanidad para que nosotros recibamos la adopción filial y podamos llamarlo «¡Abba, Padre!».
El Evangelio nos muestra cómo se aterriza esta gran bendición en la sencillez de un pesebre. Los pastores, gente humilde que vivía a la intemperie, son los primeros en contemplar la señal de Dios: un niño envuelto en pañales. Mientras todos se admiran, María nos da el ejemplo de la perfecta discípula: ella no busca explicaciones ruidosas, sino que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. Ella nos enseña a guardar silencio interior para descubrir la presencia de Dios en los detalles más pequeños de nuestra vida diaria.
Que la intercesión de nuestra Madre nos ayude a ser constructores de paz y portadores de esa bendición que hoy hemos recibido. Analógicamente, así como el rostro de una madre iluminado por la alegría da seguridad a su hijo, que la conciencia de tener el rostro de Dios iluminado sobre nosotros nos dé la paz necesaria para caminar con esperanza este 2026.
Feliz Año Nuevo y feliz día de María, Madre de Dios.
























