Palabras de nuestro párroco Reinaldo ante la situacion en las que estamos viviendo por el incendio declarado en la sierra.
«Hermanos de comunidad, si alguna persona necesita cualquier tipo de ayuda, conocéis de alguien, o nos llega alguna información, que hiciera falta nuestra colaboración, no dudéis en comunicarlo a cualquier grupo de la parroquia, a mí personalmente o por cualquier otro medio. Todos rezamos para que muy pronto quede controlado y extinguido este incendio, a la vez que pido al Dios Creador que nos ayude a todos a estar en primera línea en cuidar la creación ,procurando que este maravilloso y bellísimo mundo cada vez se parezca más a lo que Dios quiere de él y para él. Por supuesto que tenemos presente a tantas personas que están dándolo todo ahora frente al fuego, los que luchan con él en primera línea y los que gestionan y organizan. Rezamos por ellos. Dios os bendiga a todos; no perdamos el ánimo ni la esperanza.»
En este XV domingo del tiempo ordinario Jesús nos pregunta ¿de quien nos hacemos prójimos? Ante la dignidad humana pisoteada, a menudo permanecemos con los brazos cruzados o con los brazos caídos, impotentes ante la fuerza oscura del mal.
Ante nuestro prójimo, imagen y semejanza de Dios, no podemos caer en la indiferencia y permanecer con los brazos cruzados. Coincidiendo con este domingo hemos celebrado en las vísperas la misa de acción de gracias por el final de curso pastoral.
Una ambientación de las lecturas puede ser: La primera lectura nos viene a decir que Ser cristiano es ser seguidor de Cristo en todos los aspectos, guardando su mandamiento, que está en nuestros corazones “El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas”. La lectura epistolar de la carta a los Colosenses nos trae un himno cristológico muy antiguo utilizado y recitado por la primitiva comunidad cristiana “Y por Él y para Él quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz” El Evangelio nos presenta la parábola del buen samaritano, como ejemplo de amor al prójimo que nos llama a la práctica de la misericordia “Y al verlo, se compadeció” que lo mismo que decir se le conmovieron las entrañas, sintió misericordia.
La primera lectura, del libro del Deuteronomio, llama la atención la idea de la enseñanza sobre el cumplimiento de la Ley plasmada en la Torá por Moisés “vuelve al Señor, tu Dios, con todo tu corazón con todo tu alma” cuyo “mandamiento está muy cerca de ti, en tu corazón” Esta enseñanza de Moisés nos recuerdan a enseñanzas posteriores de los profetas Jeremías y Ezequiel sobre la transformación del corazón: “Pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré” dice Jeremías, y Ezequiel nos dice “Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” , los corazones de piedra del sacerdote y del levita, en oposición al corazón de carne del samaritano del evangelio de hoy. Vivir conforme a la ley no es cumplir unos mandatos que nos vienen desde fuera, sino que tiene que haber una conversión, una transformación interior, así lo cantamos en la antífona del salmo “Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón”
El texto de la segunda lectura, de la carta a los Colosenses, recoge un himno antiquísimo compuesto y que recitaban las primeras comunidades cristianas que presentan al Señor Jesucristo como primogénito de toda criatura, colaborador en la creación: “… primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas, …” que nos recuerda al inicio del evangelio de San Juan donde Jesús-Palabra acompaña a Dios en su tarea creadora. El himno confiesa a Jesús como Señor y como Dios “Cristo Jesús es imagen del Dios invisible”, y mantiene uno de los núcleos de la fe más primitivos: la cruz de Jesús nos ha mostrado que Dios nos ama y nos invita a vivir reconciliados “… quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz”.
En el evangelio, Lucas, expone la parábola del Buen Samaritano contada por Jesús en respuesta a la pregunta del maestro de la ley ¿Quién es mi prójimo, a quien debo amar como a mi mismo? “Y quién es mi prójimo”. Jesús no elabora un discurso complicado, sino que cuenta una historia, con la que intenta cambiar la manera de ver las cosas de quien la escucha, intenta cambiar los corazones, transformar, revivir el corazón. Al maestro de la ley se le ponen delante tres personajes distintos que se encuentran con un hombre, imagen y semejanza de Dios, que ha sido victima de una injusticia. El sacerdote y el levita, tienen una actitud de indiferencia, de cumplimiento, de cumplo y miento, de corazón de piedra, de ley no grabada en el corazón, de ley externa al hombre, que le impiden acercarse al hombre herido. Mientras, un representante de un pueblo mal visto, un pueblo cismático, malos judíos, un samaritano, que no tiene conocimientos de la ley mosaica como el sacerdote y el levita, pero se compadece, se llena de misericordia, se le conmovieron las entrañas, actúa con sentimientos humanos, con la ley grabada en su corazón, se deshizo en cuidados “llegó a donde estaba a él” dedicó su tiempo, curó sus heridas “le vendó las heridas, echándoles aceite y vino”, y cuidó de él. El aceite y el vino tienen valor terapéutico, el aceite alivia las heridas y el vino actúa como aséptico, formaban parte de las provisiones que el samaritano llevaba para el camino y que compartió con el herido, solo eso, sino que lo monto en su cabalgadura y llevó a una posada donde siguieron los cuidados. Cuando termina de contar la historia Jesús pregunta al escriba: ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos? A lo que el escriba responde: “El que practicó la misericordia con él”. “Anda y haz tú lo mismo” fue lo que le dijo Jesús. Para Él, el amor no tiene límites y no se contenta con atender a las necesidades de los cercanos y conocidos, sino que sale al encuentro, se hace cercano de todo ser humano necesitado. Nos enseña que nuestro prójimo es todo ser humano necesitado, sin restricciones fundadas en las razas, religión, situación social ni en reglamentos, pues el amor actúa siempre y todas partes.
Señor, que sepamos descubrir, no sólo en los cercanos, sino que todos somos prójimos, todos somos imagen y semejanza de Dios, todos somos hermanos hijos de un mismo Padre, y que amemos unos a otros como a nosotros mismos.
Este XIV domingo del tiempo ordinario, lo podemos definir como el domingo del envío. El domingo pasado recuperábamos el evangelio de san Lucas con una nueva etapa en el ministerio público de Jesús, el cual deja Galilea y emprende decidido el viaje hacia Jerusalén. En el camino envía a setenta y dos discípulos, símbolo de todo el mundo, como alusión a la universalidad del mensaje y a la universalidad de la vocación.
Ser enviado y estar en envío son las coordenadas que sitúan a cada uno de nosotros como discípulos, en la vida de cada día, en la comunión de una Iglesia en salida, en misión evangelizadora. Es importante en ese envío darnos buena cuenta del contenido a anunciar y de cómo anunciar.
El Sínodo que la Iglesia está celebrando, ya en su fase continental, con sus acentos comunión, participación y misión ofrece una nueva oportunidad de hacer camino juntos, unidos a aquellos setenta y dos que Jesús envió. El profeta Isaías anuncia el consuelo de Dios para los habitantes de Jerusalén “Yo haré derivar hacia ella, como un río la paz” Igualmente en la antífona del salmo cantamos “Aclamad al Señor, tierra entera” como respuesta a lo anunciado por el profeta Isaías en la primera lectura. Pablo en la segunda lectura, en la carta a los Gálatas, centra la nueva vida en la cruz de Cristo, en la que el se gloría “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” Y el Evangelio, Jesús, nos invita a ser discípulos por los caminos de la vida que transitamos. La mies es mucha, envía a los setenta y dos discípulos a llevar la paz, a anunciar la llegada del reino de Dios “designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares …”
La primera lectura, del libro Isaías, es el anuncio de la restauración de la ciudad de Jerusalén y de Judá, el pueblo ha regresado a la Tierra Santa y a la ciudad de Jerusalén, la cual aparece personificada como una madre fecunda y generosa “como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” Jerusalén de lugar abandonado, ahora es lugar de paz y de futuro para el pueblo “Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz”. Sión-Jerusalén es la ciudad de la paz, es lo que significa su nombre Jerusalén, Jerusalén significa paz, es la ciudad elegida por Dios para su morada. El profeta viene a decir que la historia está en manos de Dios, y no en manos de los reyes que hoy dominan y mañana han desaparecido.
La mano del Señor la gobierna, por eso el futuro no se fundamenta en meras ilusiones, sino en las promesas que el Señor hizo a los antepasados, a los padres, y que sigue estando en vigor “se manifestará a sus siervos la mano del Señor”
San Pablo, en el final de su la carta a los Gálatas, recoge en síntesis los dos grandes temas de su carta: la libertad que nos ha sido concedida en la luz de Cristo y la superación definitiva de la contraposición circuncisión incircuncisión, ley o espíritu. Si nosotros rehabilitados por Cristo dependemos de la Ley, la circuncisión, estamos vendiendo nuestra libertad ganada a precio de sangre. Pablo nos recuerda en la misma carta que estamos muertos para la Ley y vivos para Dios “Pues lo que cuenta no es la circuncisión ni la incircuncisión, sino la nueva criatura”. Solo puedo gloriarme en la cruz de Cristo. La cruz no es un instrumento pesado que agobia al que quiere ser cristiano y que le incapacita para vivir en libertad de espíritu, sino como elemento de verdadera libertad y reconciliación. La cruz en s. Pablo es la expresión máxima de Aquel que me amó y se entregó por mí “La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos a los que se ajustan a esta norma; también sobre el Israel de Dios”.
En el evangelio, Lucas, camino de Jerusalén, ya no son los Doce, sino setenta y dos discípulos los que llevan a cabo la misión “¡Poneos en camino!”, el número setenta y dos hace referencia a todos los pueblos de la tierra, la misión se abre, ya en tiempos de Jesús, a los pueblos paganos.
En este camino misionero destaca el saludo de la paz “Paz a esta casa”: el shalom (shalem que es otro nombre por el que se conoce a Jerusalén, ciudad de la paz en la primera lectura), que no se trata de una forma educada o convencional de saludo, sino que es una experiencia de salvación. Los misioneros son las manos y la boca de Jesús en su extensión del Reino “El reino de Dios ha llegado a vosotros”, les encomienda la misión de sanar, curar, liberar de todo tipo de enfermedades, para lo que se requiere dedicación y entrega, les dio algunas instrucciones prácticas para no desviarse de la misión, se verán sometidos a persecución como corderos en medio de lobos “Mirad que os envío como cordero en medio de lobos”. Un misionero no debe perder de vista que es el Señor quien envía, debe saber que no está solo, el Señor siempre acompaña y anima en esta labor. La misión pertenece a la Iglesia, de tal forma que sin ella la iglesia no tiene razón de ser, y que se lleva a cabo con la sinodalidad, con comunión, participación y siendo agentes activos de la misión. Participemos de esta misión y volvamos como los setenta y dos con alegría “Los setenta y dos volvieron con alegría”
Señor, tú que eres dueño de la misión, mantennos en comunión, para participar todos en la misión, en la tarea de la Iglesia, que es la evangelización, el ser de la Iglesia. Somos consciente de que sin ti no somos nadie, todo es posible con tu ayuda y protección.