II DOMINGO DE PASCUA: ¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!

Concluimos la octava de Pascua, ochos días seguidos celebrando el acontecimiento de la Resurrección de Nuestro Señor. En este segundo domingo de Pascua nos centramos en la incredulidad del apóstol Tomás con un eslogan que bien podía ser: La resurrección se cree, no se prueba.

Es la fe que no necesita pruebas, algo parecido vimos el domingo pasado, María Magdalena buscaba el cadáver; Pedro, cual investigador, observa, comprueba, pero necesita de más datos y pruebas para creer; mientras Juan vio y creyó.

En la primera lectura, del libro de los Hechos, Lucas presenta una comunidad idealizada. El salmo es continuación del pasado domingo “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. La segunda lectura tomada de la primera carta de Juan nos acompañará todos los domingos de Pascua. El evangelio se encargará de recordarnos “bienaventurados los que creen sin haber visto”

Lucas, en la lectura del libro de los Hechos, presenta un pequeño resumen de la vida de la primera comunidad cristiana, una comunidad que compartía y poseía los bienes en común “lo poseían todo en común”, con el ejemplo especial de los que poseían tierras o casas. El testimonio de los apóstoles “con mucho valor” contrasta con el miedo en el evangelio. Destaca también la buena acogida entre los no cristianos. Es una comunidad idealizada, el mismo libro de los Hechos relata el fraude del matrimonio compuesto por Ananías y Safira.

El compartir los bienes se mantuvo en las iglesias durante más de dos siglos, luego se adoptó la práctica de las comunidades paulinas, en donde cada cual conservaba sus bienes, ayudando a los necesitados cuando era preciso.

Y en cuanto al hecho de la acogida por los no cristianos “Y se los miraba a todos con mucho agrado”, sabemos que en siglo I fuimos perseguidos, insultados y considerados malhechores, es una visión muy optimista e idealizada de aquella comunidad que nos presenta Lucas.

La fe en que Jesús es el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios es algo que no se puede saber por aprendizaje, de memoria o por inteligencia. En la segunda lectura, Juan, habla de la fe como experiencia y que creer es dejarse guiar por Jesucristo, que ha resucitado, es dejarse llevar por un modo de vida nuevo, distinta de la que ofrece el mundo. De ahí que la lectura este repleta de conceptos típicos de Juan: nacer de Dios, amar a Dios y a los hijos de Dios, cumplir los mandamientos vencer al mundo, el agua y la sangre, el testimonio del Espíritu, la verdad. Mucha materia condensada en tan corta lectura. De todas ellas destacaría: la prueba de que amamos a Dios es que amamos a los hermanos, y que creer en un Mesías que salva “por el agua” con el bautismo, no resulta difícil, lo difícil es aceptar un Mesías que nos salva “por la sangre” derramándola por nosotros.

El evangelio consta de tres partes, la primera y última inician con la indicación de los discípulos reunidos, en ellas Jesús se presenta con el saludo “Paz a vosotros” y en medio de las apariciones tenemos la explicación de la ausencia de Tomás.

No podemos entender las apariciones de Jesús como una vuelta a esta vida, sino un encuentro con Jesús resucitado y que este encuentro no es una verdad objetivable, empírica o física. La figura de Tomás es una actitud de antiresurrección, que nos quiere presentar las dificultades a la que nuestra fe está expuesta, es como quien quiere probar la realidad de la resurrección como si se tratara de una vuelta a esta vida.

Tomás se enfrenta con el misterio de la resurrección desde sus seguridades humanas y desde su soledad, no estaba presente cuando Jesús se hizo presente al resto de discípulos, lo que nos quiere decir es que la fe, vivida desde el personalismo, está expuesta a mayores dificultades, desde ahí, al margen de la comunidad no hay camino para ver a Dios que resucita y salva. Tomás no se fía de la palabra de sus hermanos “si no lo veo … no lo creo” y quiere creer desde el mismo, desde sus posibilidades, desde su misma debilidad.

Tomas se siente llamado a creer como sus hermanos, como todos los hombres, al decir “Señor mío y dios mío” acepta que la fe deja de ser puro personalismo para ser comunión que se enraíza en la confianza comunitaria, experimentando que el Dios de Jesús es un Dios de la vida no de la muerte.

Feliz domingo y feliz semana.

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