PADRE TRABAJADOR

Seguimos reflexionado sobre de S. José de la mano del Papa Francisco en la encíclica Patris Corde, Corazón de Padre. Reflexionamos este mes el punto “San José, padre trabajador” “Con penosos trabajos comerás de ella todos los días de tu vida. La tierra te producirá cardos y espinas, y comerás hierbas silvestres. Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres, y al polvo volverás” (Gen 2, 17-19).

San José era un carpintero que trabajaba honestamente para asegurar el sustento de su familia. De él, Jesús aprendió el valor, la dignidad y la alegría de lo que significa comer el pan que es fruto del propio trabajo.
El trabajo está unido al obrar humano, se inserta en la relación del hombre con la naturaleza y entre los mismos seres humanos.

La persona que trabaja colabora con Dios mismo, da continuidad a la mima obra creadora de Dios en el mundo, pues obedeciendo a Dios el hombre cultiva y custodia la tierra en compañía de los demás hombres. El trabajo es participación en la obra misma de la salvación, es oportunidad para el advenimiento del Reino, en la que ponemos todas nuestras habilidades y cualidades al servicio de la familia, de la sociedad, del bien común, entendido este como el conjunto de condiciones para que el ser humano pueda alcanzar, plena y fácilmente, el propio desarrollo. El trabajo dignifica al hombre y tiene su función en la sociedad, aunque en estos días vemos como en algunos casos debido a salarios injustos e insuficientes para mantener al trabajador y su familia atentan contra su dignidad. Uno de los dramas de nuestra sociedad del bienestar es que se sustenta en el malestar de unos pocos.

Jesús asume una tarea humana, un trabajo y una actividad creativa, en el taller de Nazaret junto a S. José, por lo que el trabajo adquiere un sentido y dignidad radicalmente diferente pues deja de ser una actividad indiferente. Con el trabajo nos identificamos con Cristo, cualquier trabajo, desde el más honesto al más humilde, si se hace por amor a Dios y al prójimo, es una ofrenda al Señor, pues hace la vida humana más humana.

Muchas ocasiones nuestros hijos no se preguntan cómo llegó la ropa limpia y doblada al ropero, al armario, quien limpió la casa, quien se encargó de hacer de comer y otras tareas familiares propias de la pequeña comunidad familiar; tampoco se pregunta quien paga las facturas entre otras, por ejemplo, el agua, la luz y gas que estos días trae de cabeza a las familias para hacer frente a ellas. Todos tenemos que hacer algo, en proporción a nuestra capacidad, habilidad y disponibilidad.

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