XXIII Domingo Del Tiempo Ordinario

10/09/2023

Vigésimo-tercer domingo del tiempo ordinario, continuamos avanzando en la liturgia propia de este tiempo, que hoy orienta nuestros pasos y guía nuestra mente y nuestro corazón hasta el mandamiento evangélico de la corrección fraterna. Jesús hoy nos enseña la pedagogía con la que se ha de ejercer la corrección fraterna, tan necesaria en la comunidad que se reúne en su nombre y en la que Jesús se hace presente en medio de ella.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel, proclama la responsabilidad personal, y no solo la personal sino también la que tenemos con respecto a los demás “Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida”. El salmo nos invita escuchar la Palabra de Dios y a no endurecer el corazón “No endurezcáis vuestro corazón”. San Pablo en la carta a los Romanos nos enseña que en el amor mutuo residen las raíces de la comunidad, el amor es la síntesis de toda la ley “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y el evangelista Mateo nos habla de como practicar la corrección fraterna con el estilo de Jesús “Si tu hermano peca contra ti…”, que forma parte de la vivencia del mandamiento del amor en la comunidad cristiana.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel compara a un profeta con el vigía o centinela que otea y guarda la ciudad desde una torre, para avisar si se acerca algún tipo de peligro “A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel”. Un profeta no solo anuncia de parte de Dios, sino que también denuncia a personas y a todo el pueblo, haciéndole ver las consecuencias que pueden acarrear para la comunidad su conducta improcedente, negativa y nefasta. Si no lo hace así, y se calla en los momentos en que debería dar la alarma, de alguna manera se hace responsable del mal que hace esa persona o ese pueblo, y Dios le pedirá cuantas también a él, aunque el responsable último sea la persona o pueblo concreto “cuando escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte”. Porque Dios quiere la salvación de todos, también de los malos, por eso pide al profeta que hable a tiempo.

En la carta a los Romanos, Pablo reinterpreta las escrituras a la luz de Cristo y coloca el amor como el mayor de los mandamientos y la plenitud de toda ley “el que ama ha cumplido el resto de la ley”. Centra tanto, Pablo, la atención en el mandamiento del amor, con expresiones tan sintéticas y eficaces que perfectamente podríamos colocarle el título se segundo himno paulino a la caridad. Pablo reinterpreta la ley a la luz de Cristo, donde ya el prójimo no es solamente uno de los míos, de mi comunidad, de mi familia, de mi grupo, de los que piensan como yo, sino que es toda persona, incluso los enemigos.

En el evangelio, Mateo nos sitúa en el discurso comunitario, fraterno o eclesiológico de Jesús. Si nos acercamos de manera superficial nos puede dar la impresión de que se trata de un discurso duro: enumera detalladamente una serie de normas disciplinares “Si tu hermano peca contra ti …” y concluye con una sentencia judicial “considéralo como un pagano o un publicano”. Pero la enseñanza de Jesús responde a una preocupación pastoral: salvar a los hermanos más frágiles y exhortar a todos para que se responsabilicen del hermano que ha pecado y le ayuden a volver “todo lo que atéis, […], todo lo que desatéis […]”. Pues se requiere coraje y valor, lo que hoy decimos salir de nuestra zona de confort, para corregir al hermano extraviado, se necesita vencer la resistencia interior para dar este paso, el bien del hermano vale más que el malestar percibido, se trata del sacrificio nuestro propio bienestar en favor del hermano. Jesús presenta un itinerario en la corrección fraterna, primero cara a cara, con discreción y delicadeza, sin intención de humillar o mortificar, sino con el deseo de comunicar el sufrimiento y el daño que ocasiona a la comunidad el pecado y la separación, todo siempre como objetivo abrazar afectuosamente al hermano.  

Si el primer intento fracasa, se recurre a la corrección en presencia de dos o tres testigos, y solo si este segundo paso fracasa se hace participe del problema a toda la comunidad. Si a pesar de la intervención de la comunidad el resultado sigue siendo negativo, no queda otra que el reconocimiento de la separación del hermano de la comunidad, queda como alguien extraño y ajeno a la comunidad.

Concluye Jesús haciendo hincapié en la comunión, en la concordia de los corazones, que puestos de acuerdo para pedir cualquier cosa asegura la acogida de la petición, la comunión en su nombre “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Reunirse en nombre de Jesús, es adherirse a su Palabra y a su misión, asegura la presencia de Dios, que ilumina a la comunidad, a la Iglesia, haciéndola comunidad de amor que hunde sus raíces en el mismo Jesús, en el misterio del amor hasta el extremo.

Feliz domingo, día del Señor y feliz semana.

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