12 marzo 2026
Nos encontramos en el culmen de la Octava de Pascua, ese octavo día, donde la luz de la Resurrección se asienta finalmente en nuestra alma. Debemos contemplar esta semana no como una sucesión de días agotados, sino como un solo e inmenso destello de luz, un gran domingo prolongado en el que el Resucitado ha ido trabajando nuestro corazón. La liturgia nos invita a sumergirnos en el misterio del Resucitado que sale al encuentro de nuestra debilidad para transformarla en testimonio.
Es todo un itinerario del corazón, que va desde la pérdida al encuentro, para llegar a la confesión de fe que hoy proclamamos, Jesús nos ha llevado de la mano durante estos ocho días. El viaje comenzó en el frío del sepulcro vacío y llega hoy hasta el calor de su costado abierto; es el paso de buscar un cadáver a dejarnos encontrar por una Persona.
Recordemos el camino recorrido: el domingo pasado empezamos con el grito de pérdida: “Se han llevado al Señor”. Pero durante la semana, el Maestro fue reconstruyendo nuestra esperanza: con la Magdalena nos enseñó que no es una idea, sino una voz que nos llama por nuestro nombre; con los discípulos de Emaús sanó nuestra decepción intelectual; y en la orilla del mar nos mostró que nuestra fragilidad no es un obstáculo para su misión. Jesús permitió estas crisis de ausencia para que aprendiéramos a encontrarlo no en un sepulcro, sino en el Huerto de la vida y en la fracción del pan.
Nuestra fe queda probada en el gozo en la herida. Como nos recordará el Apóstol Pedro en su carta, nuestra fe, más preciosa que el oro, es a veces probada por el fuego de la duda y el sufrimiento. Esta crisis de la ausencia que muchos vivimos hoy, sintiendo que Dios se ha ido o que nuestras plegarias no tienen respuesta, en nuestras crisis, es el terreno donde germina la verdadera fe.
Hoy, el Evangelio nos muestra a los discípulos con las puertas cerradas “por miedo”. Jesús entra atravesando nuestros muros y realiza un gesto asombroso, ofrece sus llagas. Jesús muestra las manos y el costado para recordarnos que el Resucitado es el mismo que el Crucificado; no borra las huellas de su dolor sus heridas son ahora las fuentes de donde mana la misericordia divina para el mundo. Al invitar a Tomás a tocar su costado, nos enseña que la fe nace cuando aceptamos a un Dios que se deja tocar en sus heridas, un Dios cuyo amor ha dejado cicatrices permanentes. La duda de Tomás fue permitida para que entendiéramos que la fe no es la ausencia de dudas, sino la presencia de una relación personal con Él.
El fruto de la Misericordia se materializa en la comunidad y la alabanza. Esta experiencia del Resucitado no es un sentimiento íntimo y aislado. Como escuchamos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, la fe transforma el desconcierto en comunión. Aquellos que estaban encerrados por miedo se convierten en la presencia viva de Cristo, compartiendo el pan, la enseñanza de los apóstoles y la vida misma.
Es por eso que nuestro corazón hoy prorrumpe en el salmo: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. La misericordia es, precisamente, este abrazo de Dios que nos dice: No importa que hayas dudado o sentido mi ausencia; aquí estoy, tócame en mis hermanos, tócame en la Eucaristía.
No busquemos entre los muertos al que está Vivo, no busquemos a un Dios poderoso e invulnerable; aceptemos al Dios llagado que hoy nos da su paz. Al acercarnos a la Mesa del Altar, dejémonos bañar por el agua y la sangre que brotan de su costado. Que nuestra confesión sea, desde lo más profundo del alma, la de Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”
Señor de la Vida, atraviesa los muros de nuestra incredulidad y enséñanos a habitar en tus llagas, para que pasemos de la ausencia a tu presencia radiante.
Feliz domingo día del Señor y feliz semana.










Amen!
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