17/05/2026
Si el Domingo de Resurrección fue el estallido de la luz y Pentecostés será el incendio del Espíritu, la Ascensión del Señor es el momento de la madurez de la fe. Es el domingo en que Jesús no se marcha para estar ausente, sino que se oculta para estar más presente que nunca, de una forma nueva y universal.
El Evangelio de Mateo nos sitúa en Galilea, en el monte que Jesús les había indicado. En la Biblia, el monte es siempre el lugar de la teofanía, el espacio donde Dios se revela. Pero fijémonos lo que dice el texto “al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron”. Y así es como nace nuestra Iglesia entre la adoración y la duda. Jesús no espera a que seamos perfectos o a que tengamos una fe sin fisuras para darnos su misión. Él se fía de nosotros precisamente en nuestra fragilidad. La Ascensión nos enseña que el Señor no busca a gente segura de sí misma, sino comunidades de discípulos que, aun vacilantes, se dejan atraer por su autoridad amorosa.
En la primera lectura de los Hechos, los ángeles hacen una pregunta punzante: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”. Es una advertencia contra una espiritualidad de evasión. La Ascensión no es una invitación a la nostalgia, a quedarnos embobados mirando las nubes del pasado.
San Agustín decía que Cristo ascendió para que nosotros, que somos su Cuerpo, estemos ya allí con Él en la esperanza. Pero esa esperanza no nos saca del mundo, sino que nos compromete con él. Cristo ha llevado nuestra carne, nuestra humanidad herida, nuestras cicatrices y nuestra historia, hasta el corazón mismo de la Trinidad. Por eso, el cristiano no mira al cielo para huir de la tierra, sino para saber hacia dónde debe caminar mientras está en ella. Como nos dice San Pablo en la carta a los Efesios, el Padre ha puesto a Cristo sobre todo nombre, pero lo ha hecho especialmente para ser “Cabeza de la Iglesia”. Si la Cabeza ha llegado a la meta, los pies, que somos nosotros, no podemos dejar de caminar.
La Ascensión podría parecer, a ojos humanos, la historia de un abandono. Los discípulos se quedan solos. Sin embargo, Mateo termina con la promesa más grande de toda la Escritura: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” Aquí reside el núcleo de nuestra alegría hoy. Antes de la Ascensión, Jesús estaba limitado por el tiempo y el espacio; solo podían verle quienes estaban físicamente ante Él en Judea o Galilea. Ahora, sentado a la derecha del Padre, Jesús es contemporáneo de cada hombre y cada mujer. Está en el sagrario, pero también está en el que sufre, en la familia que lucha por llegar a fin de mes y en el joven que busca sentido. Jesús no se ha ido, ha pasado de una presencia visible a una presencia sacramental y espiritual. Él ya no está frente a nosotros, sino en nosotros.
El Señor nos envía a “hacer discípulos a todos los pueblos”. Nuestra misión es ser sacramentos de su presencia.
Feliz domingo y feliz semana.






