Solemnidad del Corpus Christi

En la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, estamos invitados a poner nuestra mirada y nuestra atención en el sacramento donde Cristo se nos da como verdadero alimento. No celebramos una idea abstracta, sino una Persona y un acontecimiento: el Misterio Pascual de la entrega de Jesús que se hace presente.

En la primera lectura, Moisés exhorta al pueblo a recordar la pedagogía de Dios durante los cuarenta años en el desierto. Allí, el Señor los alimentó con el maná, un alimento que no conocían sus antepasados, para enseñarles que el ser humano no vive solo de pan, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios. Para nosotros, este maná es la Eucaristía, donde la Palabra y el Pan se convierten en la misma realidad para sostener nuestra fragilidad. En este siglo acelerado, habitamos a menudo un desierto existencial, a veces asfaltado y envuelto en conexiones digitales, pero con una intemperie del alma que solo Cristo puede saciar. La Eucaristía es la respuesta divina a esa voracidad íntima, el alimento que nos permite no olvidar nuestra propia humanidad y la de nuestros hermanos.

San Pablo nos sitúa en la segunda lectura ante el realismo de la comunión. Al bendecir el cáliz y partir el pan, no realizamos un gesto vacío, sino que entramos en una unión personal y profunda con la vida y el amor de Cristo. El Apóstol subraya que el pan es uno solo, nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo porque participamos del mismo pan. Ser Cuerpo de Cristo significa que la Iglesia es una comunidad de personas distintas unidas en una comunión de amor, un icono de la Trinidad en el mundo. Por tanto, comulgar es un acto de valentía inmensa que nos compromete a no pasar de largo ante los que sufren, reconociendo que cada hermano es carne de nuestra carne en el Señor.

El Evangelio de san Juan nos entrega el núcleo más eucarístico del discurso del pan de vida. Jesús lanza una promesa que roza el escándalo para la mentalidad judía de su tiempo: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. El Señor entra de lleno en nuestra materia para redimirla y elevarla. Como bien intuyó san Agustín, en este banquete ocurre un intercambio asombroso: no somos nosotros quienes transformamos a Cristo en nosotros, como sucede con el pan ordinario, sino que es Él quien nos asimila y nos eleva a su divinidad. Quien come de este Pan ya tiene vida eterna y participa de la resurrección, pues vive por Cristo como Cristo vive por el Padre.

Debemos recibir este Pan con un corazón limpio, acudiendo frecuentemente al sacramento del perdón para que el Huésped de nuestra alma encuentre una morada digna.

Al salir por nuestras calles con la custodia, damos testimonio público de nuestra fe y piedad. Pero recordad que, tras haber comulgado, cada uno de nosotros es una procesión del Corpus viviente. Estamos llamados a ser pan partido para un mundo hambriento de consuelo, ofreciendo nuestra vida, nuestro tiempo y nuestro perdón sin esperar nada a cambio.

Que la Virgen María, que conservaba estas cosas en su corazón, nos enseñe a vivir cada día con la mirada puesta en el Señor, que se queda con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

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