05/07/2026
Nos encontramos en el Domingo XIV del Tiempo Ordinario en el cual nos adentramos en uno de los misterios más íntimos de la vida de Jesús, pues el Evangelio de Mateo, nos sitúa en el umbral o la puerta del gran discurso en parábola, concretamente las del Reino que comenzaremos a escuchar en las próximas semanas, en las anteriores hemos oído el discurso misionero y hemos sido enviados.
El contexto del Evangelio de hoy es que Jesús acaba de experimentar el rechazo de las ciudades de Galilea, y la incomprensión de los sabios de su tiempo. Y es precisamente aquí, en medio de la aparente frustración pastoral, donde el Señor no se amarga, sino que estalla en una oración de júbilo, que es, según los especialistas, es el Magnificat de Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien”.
Para comprender las parábolas del Reino que leeremos en los domingos venideros, necesitamos primero tener el corazón afinado. Las parábolas de la semilla, de la levadura, del tesoro escondido, son un lenguaje cifrado para el orgullo humano, pero transparente para los sencillos. Los sabios y entendidos de los que habla Jesús son aquellos que se acercan a Dios con la soberbia del que cree tenerlo todo resuelto, aquellos que miden la gracia con el compás de la ley, de la erudición estéril o de la pura eficacia.
Sin embargo, el Padre ha querido revelar los secretos del Reino a los sencillos, a los que son como niños, a los que no tienen voz. Estos pequeños no son los ignorantes, sino los humildes; aquellos que saben y que reconocen su pobreza interior está preparada para escuchar las parábolas y dejar que la semilla del Verbo caiga en tierra buena.
Tras su acción de gracias, Jesús dirige su mirada a la multitud y, extendiéndola a través del tiempo, nos mira hoy a nosotros. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”, es la carga de querer que todo salga como nosotros queremos, lo que genera un cansancio mental e interior. Por eso nos invita a ser pequeños, nos quita esas mochilas que llevamos a nuestras espaldas cargadas con todas nuestras preocupaciones, nuestras desilusiones, fracasos… El descanso es sentirse aliviado confiando plenamente en Jesús.
Si hay una herida profunda en el hombre contemporáneo, es el cansancio. No me refiero solo a la fatiga física de nuestras jornadas, sino al cansancio del alma. Vivimos bajo el yugo de la autoexigencia, de la necesidad de demostrar constantemente nuestra valía, nuestro éxito, nuestra perfección. Incluso en la vida de la Iglesia, cuántas veces sufrimos un profundo agotamiento pastoral, convirtiendo el Evangelio en una lista de tareas morales que debemos cumplir para ganarnos un cielo que ya nos ha sido regalado. Llevamos cargas pesadas, el yugo de nuestras culpas, de nuestras ansiedades por el futuro, del miedo a no ser suficientes.
Pero el profeta Zacarías, en la primera lectura de hoy, nos ha anunciado a un Rey diferente: “Mira a tu rey que viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado en un asno” No es un rey que impone tributos de angustia. Es el Cristo que se abaja.
La respuesta de Jesús a nuestro agotamiento existencial es desconcertante. No nos ofrece unas vacaciones de la realidad, ni nos promete que desaparecerán los problemas. Nos dice: “Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”
Es la única vez en todo el Evangelio en la que Jesús se pone a sí mismo como modelo, y no lo hace pidiéndonos que imitemos sus milagros o su sabiduría infinita, sino su mansedumbre y humildad. El yugo de Cristo no es un instrumento de tortura, es un instrumento de comunión. En la antigüedad, el yugo unía a dos bueyes para arar el campo; uno más viejo y experimentado, y otro más joven. Jesús nos pide que metamos la cabeza en su mismo yugo, para que sea Él quien tire del carro de nuestra vida. Su yugo es suave porque está forrado con la madera de la Cruz, donde Él ha cargado ya con todo el peso de nuestro pecado y de nuestra tristeza.
Aprender de Él significa pasar de la religión del esfuerzo a la mística de la gracia. Significa, como nos recordaba San Pablo en la carta a los Romanos, dejar de vivir según la carne, es decir, apoyados en nuestras solas fuerzas y soberbias, para dejar que el Espíritu habite en nosotros y nos dé vida.
Hoy, la liturgia nos invita a hacer un alto en el camino, cerremos los ojos un instante y escuchemos esta Palabra no como un texto antiguo, sino como un susurro vivo de Cristo para ti hoy Ven a mí. No vayas a los refugios falsos, no te escondas en el activismo, no te castigues con la culpa. Ven con tu cansancio. Rinde tu intelecto y hazte pequeño, para que las parábolas del Reino que pronto escucharemos germinen en tu interior.
Feliz domingo y feliz semana.








