26/07/2026
En los últimos domingos, hemos escuchado el discurso en parábolas, hemos contemplado la semilla que cae en diversos terrenos, nuestra predisposición para que la semilla crezca; hemos reflexionado sobre el misterio del trigo y la cizaña enseñándonos que el bien y el mal crecen juntos hasta la siega, hasta el final de los tiempos; y nos hemos maravillado ante la fuerza expansiva del grano de mostaza y la levadura.
Hoy presenciamos la culminación de esta enseñanza. El Señor se retira de la multitud, entra en la casa con sus discípulos y les revela el misterio íntimo del Reino a través de tres parábolas breves pero intensas: el tesoro escondido, la perla de gran valor y la red de arrastre.
Pero el ápice de este discurso, la verdadera clave de todo el capítulo, se encuentra en la afirmación final, donde centraremos nuestra mirada: “Por eso, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus tesoros lo nuevo y lo viejo”
Para comprender la profundidad del evangelio de hoy, en la primera lectura, vemos al rey Salomón frente a su propia debilidad. Cuando Dios le ofrece cualquier don “Pídeme lo que quieras”, Salomón no pide riquezas, ni la muerte de sus enemigos, ni una vida larga. Pide un “corazón dócil”para saber discernir entre el bien y el mal, pide la Sabiduría que nace de la humildad.
Como nos ha recordado el salmo, el que posee esta sabiduría exclama con alegría “Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata” Ese corazón que escucha es, precisamente, el campo donde se esconde el tesoro; es el ojo experto del mercader que sabe reconocer la perla fina.
Esta es la verdadera Sabiduría que, como nos recuerda san Pablo en la segunda lectura, nos permite entender que “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”. La predestinación de la que habla el Apóstol no es un destino ciego, sino la vocación a “reproducir la imagen de su Hijo”. Nuestro Señor es el Tesoro, la Perla, la Sabiduría.
En la época de Jesús, el escriba era el teólogo oficial, el erudito encargado de conservar, copiar e interpretar la Ley, la Torá. Su mirada estaba anclada en la antigüedad de la Alianza. Jesús no condena la profesión ni la erudición de los escribas y fariseos, sino su actitud, el legalismo rígido, la hipocresía y el usar la Ley para oprimir en lugar de liberar.
Un escriba que se ha hecho discípulo del Reino es el ideal cristiano, un experto en las escrituras del Antiguo Testamento, la biblia judía, que se abre al Señor, su tesoro antiguo se convierte en nuevo e inmenso.
Es el autorretrato de Mateo, que es un escriba que entiende, que Jesús, no vino a abolir ni a quitar una sola coma de la Ley, de la Torá, no vino a derogar las escrituras, el Antiguo Testamento, sino a darle plenitud, lo nuevo.
Lo antiguo las promesas, los profetas, la Ley, la sabiduría de Israel; lo nuevo es el Evangelio, la gracia, la resurrección y la enseñanza de Jesús que nos quiere transmitir que no hay ruptura entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.
El padre de familia somos cada uno de nosotros, con nuestro pasado, con nuestra educación, con nuestros aciertos, con nuestros errores, y con nuestras tradiciones en la que hemos crecido; lo nuevo es la transformación, nuestra conversión, la nueva luz que recibimos, nuestros descubrimientos, nuestro presente. Cuando el Reino entra en nuestro corazón no tenemos que amputar nuestro pasado.
Con demasiada frecuencia, caemos en la tentación de polarizar el depósito de nuestra fe. Algunos se aferran exclusivamente a lo viejo con una rigidez que asfixia la vitalidad del Espíritu, confundiendo la Tradición viva de la Iglesia con el inmovilismo. Otros, seducidos por una novedad mundana, buscan constantemente lo nuevo, despreciando las raíces, el dogma y el magisterio, como si la Iglesia hubiera nacido esta misma mañana.
En la Eucaristía celebramos lo viejo, el memorial del sacrificio del Calvario de una vez para siempre, y experimentamos lo nuevo, la presencia real y vivificante del Resucitado que renueva hoy nuestras fuerzas.
Pidamos a María que supo guardar las antiguas promesas de Israel en su corazón y acoger la novedad de la Encarnación, nos enseñe a ser buenos escribas del Reino.
Feliz domingo y feliz semana.











