Solemnidad Asunción

15/08/2026

Hoy estamos invitados a levantar la mirada, pero no para evadirnos de la tierra, sino para comprender por fin cuál es nuestro verdadero destino. A veces caminamos por la vida con la cabeza gacha, pesados por las rutinas, por las enfermedades que desgastan nuestro cuerpo, o por esa tristeza callada de sentir que los días se nos escapan entre las manos, con la certeza de nuestra propia caducidad. Frente a esta fatiga existencial, la Solemnidad de la Asunción de María resplandece con claridad impresionante que nuestro final no es el sepulcro, sino la casa del Padre.

La Palabra de Dios que hoy proclamamos traza un mapa de esta esperanza, conectando el cielo y la tierra, formando un tríptico sobre la victoria de la vida sobre la muerte. La primera lectura del Apocalipsis nos presenta una visión sobrecogedora: la mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, enfrentando a un dragón terrible. ¿No sentimos a menudo la sombra de ese dragón en nuestras vidas? Es el dragón del miedo, de la soledad, de la enfermedad y de la muerte; ese mal que parece siempre a punto de devorar nuestra paz. Sin embargo, el texto es un grito de victoria. El dragón no tiene la última palabra. La mujer, que es figura de María y también de la Iglesia, da a luz a la Vida que no puede ser devorada. Dios protege lo que es frágil.

El apóstol san Pablo, en su carta a los Corintios, aterriza esta gran visión cósmica en nuestra propia carne. Nos recuerda que Cristo ha resucitado como “primicia de los que murieron”, y que el último enemigo en ser destruido será la muerte. María es la primera en participar plenamente de esta victoria de su Hijo. Su cuerpo, el mismo que acunó a Jesús, que se agotó en los quehaceres de Nazaret, que tembló de frío y de dolor al pie de la cruz, ha sido glorificado. Esto es profundamente consolador para el hombre de hoy, tan obsesionado con la estética y a la vez tan aterrado por la vejez. La Asunción nos grita que nuestro cuerpo es sagrado, que nuestra carne está destinada a la eternidad. Cada abrazo que damos, cada lágrima derramada, cada fatiga por amor, tiene un peso de gloria que no se perderá.

Y por si esto nos pareciera demasiado lejano, el Evangelio nos devuelve a la sencillez de los caminos polvorientos de Judea. María no asciende a los cielos en una carroza de fuego; primero camina aprisa a la montaña para servir a su prima Isabel. La mujer coronada de estrellas es la misma muchacha solícita que entra en una casa humilde para ayudar en un parto. Allí, en el encuentro de dos mujeres, brota el Magníficat. Este canto no es una poesía dulzona y simplona, sino un estallido de alegría. María canta que Dios derriba a los poderosos de sus tronos de egoísmo y enaltece a los humildes; que a los que tienen el alma hambrienta los colma de bienes.

María signo de esperanza segura y de consuelo para nosotros, el pueblo peregrino, ya ha llegado a la meta, pero no se ha desentendido de nuestro caminar. Sigue cantando su Magníficat en nuestros dolores y pobrezas, recordándonos que, aunque el dragón ruja, el amor de Dios ya ha vencido.

Madre buena, tú que caminaste aprisa por nuestras rutas polvorientas, mira mis pies tantas veces paralizados por el desánimo. Enséñame a vivir mi pequeñez no como un fracaso, sino como el espacio donde Dios hace maravillas. Que, al lavar, al trabajar, al sufrir y al amar, sepa que estoy tejiendo el vestido de mi propia eternidad. Tómame de la mano, para que nunca pierda la esperanza de que, al final de la peregrinación de esta vida, encontraré tus brazos abiertos y el rostro luminoso de tu Hijo.

Feliz día de la Asunción de María.

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