13/09/2026
Nos encontramos recorriendo las semanas del Tiempo Ordinario, guiados por el evangelio de san Mateo, nos adentramos en el Discurso Eclesial o comunitario. Si el domingo pasado la Palabra nos enseñaba la pedagogía de la corrección fraterna, hoy el Señor nos sitúa ante el verdadero pilar que sostiene la comunión de la Iglesia: el perdón sin medida.
El libro del Eclesiástico, nos desarma con una sabiduría profundamente exegética y pastoral: “Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor?”. El sabio Ben Sira nos recuerda que el rencor y la ira son cosas detestables que enferman el alma del pecador desde su interior. No podemos presentarnos ante el altar de Dios con el puño cerrado ante el prójimo.
Por eso, el salmo sale al encuentro de nuestra debilidad con un vivo retrato de la naturaleza íntima de Dios: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”. La teología del salmista nos enseña que Dios no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas, sino que aleja de nosotros nuestros delitos tanto como dista el oriente del ocaso.
De esta infinita gratuidad divina brota el mandato nuevo del Evangelio. San Pedro, con mentalidad legalista, pregunta a Jesús si basta perdonar hasta siete veces. Pero el Señor rompe todos los esquemas humanos y contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Es decir, debemos perdonar siempre, siempre, siempre.
Para ilustrarnos, Jesús nos regala la parábola del siervo ingrato. Aquel hombre debía una deuda astronómica, una cantidad imposible de pagar. Al postrarse con humildad, el rey, movido por la compasión, le condona toda la deuda. Sin embargo, ese mismo siervo es incapaz de perdonar una deuda insignificante a su compañero. ¡Qué terrible paradoja! Nos muestra la mediocridad de nuestro corazón cuando, habiendo sido perdonados de una deuda impagable con Dios, pretendemos cobrar hasta los más ínfimo, hasta el último céntimo, a nuestros hermanos.
Aquí es donde la segunda lectura adquiere toda su fuerza moral. San Pablo nos exhorta en su carta a los Romanos: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo… En la vida y en la muerte somos del Señor”. Por el Bautismo hemos sido incorporados al Resucitado y ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Él. Si somos del Señor, nuestro pensar y actuar ya no pueden regirse por los criterios egoístas de este mundo, sino por los sentimientos de Cristo Jesús.
Desármenos nuestros corazones, acerquémonos a la Eucaristía, memorial de la Pascua y del perdón supremo de la cruz, al decir Amén, al recibir el Cuerpo de Cristo, digamos también Amén al perdón y a la reconciliación con el prójimo y que el Señor cure nuestras heridas y nos conceda un corazón semejante al suyo, capaz de sanar al mundo.
Feliz domingo día del Señor y feliz semana.






