11/10/2026
Durante los últimos tres domingos, Jesús nos ha estado enseñando a través de la imagen de la viña, hoy, sin embargo, el Señor nos cambia de escenario: pasamos del trabajo en la viña a la alegría desbordante de una fiesta, a un banquete de bodas.
La primera lectura del profeta Isaías nos muestra un panorama inmensamente optimista y consolador, anunciando que Dios: «Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados». En ese banquete maravilloso, el Señor «aniquilará la muerte para siempre» y, con inmensa ternura, «enjugará las lágrimas de todos los rostros». Es una promesa preciosa, especialmente para aquellos de nosotros que, por los años, el sufrimiento o las dificultades de la vida, hemos derramado lágrimas.
En el Evangelio, Jesús retoma esta misma imagen y nos dice directamente: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo». Con esto, descubrimos que Dios nos invita a la vida, a la alegría y a la comunión con él; nuestra fe no es una carga, sino una invitación a una fiesta, a una vida plena. Sin embargo, la parábola nos muestra algo que nos sorprende: el rey mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, «pero no quisieron ir». Ponen excusas, se marchan a sus campos o a sus negocios, y otros incluso maltratan y matan a los enviados. Es la triste historia de quienes rechazan los planes festivos de Dios y no saben apreciar su invitación gratuita.
Pero el rey no suspende la fiesta. Al contrario, amplía su invitación y manda a sus servidores a los cruces de los caminos para llamar a todos los que encuentren. Esto nos demuestra de forma hermosa que la salvación de Dios no tiene fronteras. ¡Todos nosotros estamos invitados a su mesa! No importa si eres un niño que empieza a descubrir a Jesús, un joven buscando su camino, un padre o una madre abrumados por el trabajo, o un anciano lleno de sabiduría.
Pero el Evangelio nos deja también una advertencia muy seria. El rey entra a la sala, ve a una persona y le pregunta: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?». ¿Qué significa esto? Significa que no basta con entrar en la fiesta, sino que nuestra actitud debe ser coherente con la invitación. Dios exige que vistamos de fiesta, es decir, que haya una coherencia entre lo que decimos creer y nuestra vida. El traje de boda son nuestras buenas obras, el amor, la justicia y la misericordia con los hermanos.
Sabemos bien que, en nuestro día a día, mantener limpia esa vestidura y ser coherentes no siempre es fácil. Pero la Palabra de hoy nos da dos consuelos enormes para llenarnos de confianza. Primero, el salmo responsorial, que nos recuerda que somos ovejas de su rebaño y nos invita a cantar con profunda esperanza y seguridad: «Habitaré en la casa del Señor por años sin término». Y segundo, la carta de San Pablo a los Filipenses. Pablo, que pasó por muchas tribulaciones, nos confiesa el gran secreto para superar cualquier dificultad: «Todo lo puedo en aquel que me conforta».
Aceptemos la invitación de Dios, pongámonos el traje de fiesta del amor y la hermandad, y que siempre recordemos que, sea cuales sean nuestros problemas, todo lo podemos en Cristo que nos da la fuerza.
Feliz domingo día del Señor







