25/10/2026
En el camino del año litúrgico, a medida que nos acercamos al final del Tiempo Ordinario, la Palabra de Dios sale a nuestro encuentro para hacernos una pregunta esencial, capaz de purificar todo nuestro caminar cristiano: ¿Qué es lo verdaderamente importante en la vida de fe?
Vivimos sumergidos en un mundo lleno de reglas, horarios, exigencias y preocupaciones. A veces, incluso dentro de la vida religiosa, corremos el riesgo de perdernos en pequeñeces, en cumplimientos rutinarios o en discusiones secundarias que nos ajan el alma. Hoy, en el Evangelio, un doctor de la ley se acerca a Jesús para ponerlo a prueba con la pregunta que muchos creyentes se hacían en su época: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?”
La respuesta de Jesús es una teoría un dardo directo al corazón. El Señor toma la oración más sagrada del pueblo judío, el Shemá Israel que rezaban al levantarse y al acostarse, y declara: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y principal mandamiento”. Amar a Dios no es reservarle un rincón de nuestro tiempo o un sentimiento dominical; es ponerlo en el centro de nuestra existencia, escuchar su Palabra y dejar que su amor guíe todas nuestras decisiones.
Pero Jesús no se detiene ahí. Inmediatamente añade un segundo mandamiento, declarándolo semejante e inseparable del primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas”.
Aquí está la gran novedad del Evangelio, el amor a Dios y el amor al prójimo no son dos caminos paralelos ni contradictorios; son una sola y misma vía. No podemos decir que amamos a Dios, a quien no vemos, si cerramos el corazón al hermano que tenemos al lado. El termómetro verdadero de nuestro amor a Dios es la misericordia y la justicia que ejercemos con los demás.
El libro del Éxodo pone rostro concreto y nombres precisos a este amor fraterno. Nos habla del emigrante, de la viuda, del huérfano y del pobre que necesita un préstamo para subsistir. Dios nos dice con claridad: “Si los explotas y gritan a mí, yo escucharé su clamor, porque yo soy compasivo”. El Dios vivo no tolera una piedad que pisotea al hermano; la verdadera fe se demuestra en no oprimir al indefenso y en mirar al necesitado con las entrañas de compasión del mismo Dios.
Cuando el amor de Dios transforma el alma, nos capacita para rezar con la verdad del salmo “Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza”. Ese amor no es una idea pasiva, sino un fuego que convierte, tal como nos recuerda San Pablo en la Segunda Lectura al alabar a los cristianos de Tesalónica. Ellos supieron “abandonar los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero”. Y hoy nos preguntamos: ¿Cuáles son los ídolos que debemos abandonar? El ídolo del egoísmo, de la comodidad, del dinero, del rencor o de la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
Hoy Jesús nos invita a simplificar y profundizar nuestra vida. Todo el Evangelio se resume, en una palabra: amar. Amar a Dios entregándole el corazón entero, y amar al prójimo reconociendo en él la imagen sagrada de nuestro Creador. Y la medida de ese amor es muy sencilla: tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran a nosotros.
Acerquémonos a recibir la Eucaristía, sacramento del amor entregado hasta el extremo, pidamos al Señor que limpie nuestro corazón de todo egoísmo, y nos transforme para que seamos reflejo vivo de la compasión de Dios en medio de nuestras familias, en nuestro trabajo y en nuestra comunidad.
Feliz domingo día del Señor y feliz semana.








