Solemnidad de Todos los Santos

Celebramos con alegría la Solemnidad de Todos los Santos, una fiesta que nos llena de esperanza porque nos recuerda que nuestra verdadera meta es el cielo, y que la santidad es posible y que estamos llamados a ella. Sin embargo, traemos la vida real, con sus luces y sus sombras, antes de adentrarnos en el mensaje de hoy, queremos tener presentes a los afectados por el trágico accidente de tren de esta semana. Elevamos nuestra oración por el eterno descanso de los fallecidos, pedimos la curación de los heridos y rogamos para que el Señor sea el consuelo y la fortaleza de sus familias en estos momentos de dolor.

Con esta oración en el corazón, la Palabra de Dios de hoy nos invita a levantar la mirada hacia la eternidad, dándonos un mensaje de profunda confianza.

En el libro del Apocalipsis, San Juan nos describe una imagen espectacular: una muchedumbre inmensa que nadie podría contar. No son solo los santos famosos que vemos en los altares o en las estampitas; son los santos de la puerta de al lado. Son padres, madres, abuelos, trabajadores y jóvenes que han vivido su vida ordinaria con un amor extraordinario. Es la multitud de aquellos que han superado las tribulaciones de la vida confiando siempre en el Señor.

Y, ¿cómo llegamos a formar parte de esa multitud? El salmo nos ha dado la respuesta al responder juntos: “Estos son los que buscan al Señor”. El santo no es el que nunca se equivoca, sino el que tiene manos inocentes y puro corazón; es decir, aquel que, a pesar de sus debilidades, busca constantemente el rostro de Dios y se esfuerza por hacer el bien a sus hermanos.

La segunda lectura de la carta de San Juan nos revela el motor de esta búsqueda. Nos recuerda nuestra identidad más profunda: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”. La santidad no es un esfuerzo sobrehumano, sino simplemente vivir de acuerdo a lo que ya somos. Porque somos sus hijos, nuestro destino final es estar con Él, verle tal cual es y ser semejantes a Él.

El Evangelio nos entrega el mapa para llegar a esa meta: las Bienaventuranzas. Este es el verdadero carné de identidad del cristiano. El mundo nos dice que felices son los ricos, los poderosos y los que no tienen problemas. Pero Jesús le da la vuelta a todo: dichosos los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz.

Jesús también añade: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. Esta bienaventuranza nos abraza a todos, y de manera especial a las familias que lloran la pérdida de sus seres queridos en el reciente accidente. Dios no es indiferente a nuestro sufrimiento; Él recoge cada una de nuestras lágrimas y nos promete un consuelo definitivo.

Al ir acercándonos al final de este ciclo litúrgico, la Iglesia nos recuerda que somos peregrinos en esta tierra. Hoy damos gracias por todos los santos anónimos que nos han precedido y que ya gozan de Dios. Que su ejemplo nos anime a vivir las Bienaventuranzas cada día, sembrando amor, paz y consuelo a nuestro alrededor, para que también nosotros podamos compartir un día esa gran fiesta del cielo.

Feliz domingo, y feliz día de Todos los Santos 

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