04/05/2025
Tercer Domingo de Pascua, un día más en nuestra gran fiesta de la Cincuentena Pascual. Los cincuenta días desde la Resurrección hasta Pentecostés deben vivirse con alegría y exultación, casi como un único y gran domingo. En este tiempo acompañamos a Cristo en su camino hacia la Vida Nueva y el envío de su Espíritu. El Señor Resucitado sale a nuestro encuentro, nos llama y nos envía como testigos de su misericordia y su victoria. Las lecturas y el salmo resumen la experiencia de la primera comunidad cristiana tras la resurrección y sus implicaciones para la fe y la vida de los creyentes.
Nos encontramos en un momento muy particular. Estamos viviendo el Tiempo Pascual con la alegría del Resucitado, pero también atravesamos circunstancias que nos interpelan profundamente.
La visión del Cordero victorioso nos llena de esperanza, la certeza de que la vida triunfa sobre la muerte. El encuentro con Jesús junto al lago nos recuerda que Él camina con nosotros, incluso en nuestros fracasos, la pesca fallida. Él transforma nuestra desilusión en una nueva oportunidad, en una pesca abundante. Nos llama por nuestro nombre, nos invita a comer con Él, restaurando nuestras fuerzas y nuestra fe.
Además, nuestra Iglesia universal vive un momento de discernimiento y oración ante la convocatoria de un Cónclave para la elección de un nuevo Papa. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra la Iglesia naciente, una comunidad que, a pesar de las dificultades, perseveraba unida, escuchando a los apóstoles y actuando impulsada por el Espíritu. Oremos intensamente para que el Espíritu Santo, que es plenitud y complemento de la Pascua, ilumine a los cardenales en esta importante tarea. Pidamos que el nuevo Pastor, como el Buen Pastor del Evangelio, conozca a las ovejas y las conduzca por el camino de la vida, la verdad y el amor. En el Evangelio de hoy, vemos a Pedro siendo reinstaurado y recibiendo su misión; es un recordatorio de la importancia del servicio pastoral en la Iglesia.
En nuestra comunidad diocesana, también estamos viviendo un momento de particular preocupación por la grave enfermedad de nuestro Obispo Jesús. El Evangelio de hoy, con Jesús Resucitado apareciéndose a sus discípulos, comiendo con ellos, consolándolos y restaurando a Pedro, nos recuerda la cercanía y la compasión del Señor por su rebaño y sus pastores. La enfermedad de un pastor nos duele profundamente. En el Cuarto Domingo de Pascua, celebraremos a Jesús como el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Confiemos en Él, que es la Vida. Elevemos nuestra oración por nuestro Obispo, pidiendo al Resucitado, que tiene poder incluso sobre la muerte, y sí es su voluntad que le dé fuerza, consuelo y la salud. Pidamos que, como comunidad, seamos signo de vida y sacramento de perdón y esperanza en medio de las dificultades.
Este domingo, la invitación del Señor es clara: nos llama a seguirlo. Nos llama a dejar atrás el miedo y la duda y a vivir con la alegría y la esperanza que brotan de saber que Él está vivo y está con nosotros. Nos envía, como envió a los apóstoles, a ser sus testigos. En el Evangelio de Juan, después de la pesca, Jesús no solo come con ellos, sino que le da a Pedro una misión. Nuestro encuentro con el Resucitado siempre nos envía. Nos envía a “echar las redes” en nuestra vida cotidiana, en nuestras familias, en el trabajo, en la sociedad, confiando en su palabra. Nos envía a mostrar su misericordia, especialmente en estos momentos de fragilidad y búsqueda de nuevos caminos en la Iglesia.
La triple pregunta de Jesús a Pedro, “¿Me amas?”, es para nosotros como Peregrinos de Esperanza una profunda invitación a renovar nuestra relación de amistad con Cristo Resucitado, dándonos la oportunidad de reparar nuestras propias faltas o negaciones. Esta pregunta, dirigida a cada uno de nosotros, busca una respuesta que va más allá de lo sentimental, ya que el amor a Jesús se demuestra concretamente haciendo el bien a los demás, lo cual constituye la prueba de nuestro amor y nos une a Él, un camino para seguirle con valentía y manifestar nuestra fe con hechos en nuestra peregrinación diaria, conscientes de que Él conoce todo sobre nosotros.
Que la celebración de esta Eucaristía, memorial del misterio pascual de Cristo, fortalezca nuestra fe, renueve nuestra esperanza y nos impulse a ser testigos valientes del Señor Resucitado en el mundo, caminando juntos como Peregrinos de Esperanza.
Feliz domingo y feliz semana.


















