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III Domingo de Pascua

19/04/2026

Nos hallamos plenamente sumergidos en la Cincuentena Pascual, tiempo donde el Resucitado se hace compañero de viaje de una Iglesia que aún está asimilando el desconcierto de la tumba vacía. En este tercer domingo, la liturgia nos ofrece una relación sorprendente entre la predicación de Pedro, el precio de nuestra libertad y el camino de Emaús, trazando para nosotros un mapa de la fe que va desde el desánimo hasta la fracción del pan.

La primera lectura nos sitúa en el día de Pentecostés. Pedro, ya transformado, se pone en pie para anunciar que lo sucedido con Jesús de Nazaret no fue un accidente trágico o un fracaso histórico, sino un acontecimiento “entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto”.

Pedro proclama con solemnidad que la muerte no pudo retener a Cristo bajo su dominio. Esta es la misma verdad que el propio Jesús, como un forastero en el camino, explica a los discípulos de Emaús: “¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?. Lo que Pedro predica a las multitudes es lo que Jesús, como exégeta, enseña a los dos que huían tristes: la Cruz es el paso obligado hacia la vida.

El apóstol Pedro, en la segunda lectura, nos recuerda que no somos seguidores de una doctrina abstracta, sino personas rescatadas por un precio infinito. No hemos sido liberados con oro o plata, cosas corruptibles, sino con la “sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha”

Esta conciencia de ser rescatados debe iluminar nuestro caminar, especialmente cuando nos sentimos como los discípulos de Emaús: con el rostro sombrío y la esperanza rota por un “nosotros esperábamos…”, Nuestra fe no se apoya en nuestras fuerzas o éxitos, sino en aquel que “Dios resucitó de entre los muertos y le dio gloria”, para que nuestra esperanza esté puesta en Dios y no en seguridades humanas.

El Salmo que hemos cantado es el puente perfecto entre estas verdades. Pedro lo cita en su discurso de Hechos para demostrar que el Santo de Dios no conoció la corrupción. Pero para nosotros es también una oración de confianza: “Señor, me enseñarás el sendero de la vida”.

Este sendero es el que recorren los de Emaús. Al principio caminan hacia el ocaso, alejándose de la comunidad. Pero cuando Jesús les explica las Escrituras, su corazón empieza a arder. El momento cumbre ocurre en la mesa: al bendecir y partir el pan, se les abren los ojos. Es el salto del reconocimiento. En ese instante, su tristeza se transforma en el gozo del Salmo, y el “sendero de la vida” los hace dar media vuelta para regresar corriendo a Jerusalén, a la comunidad de los Once, gritando: “¡Era verdad, ha resucitado el Señor!”.

Todos podemos sentirnos retratados en esos caminantes. A veces caminamos ciegos por nuestras preocupaciones, sin reconocer al Señor que camina al lado. Pero hoy, la Eucaristía es nuestro Emaús semanal.

Al acercarnos al altar, pidamos al Señor la gracia de no acostumbrarnos a nuestras sombras. Que, al escuchar su Palabra, nuestro corazón arda, y al recibir su Cuerpo, nuestros ojos se abran para reconocerle no solo en el pan roto, sino en cada hermano que sufre y en la paz que el mundo no sabe dar. Que, como los discípulos, salgamos de aquí con una alegría que la muerte ya no puede tocar.

Feliz domingo día del Señor, y feliz semana

II Domingo de Pascua

12 marzo 2026

Nos encontramos en el culmen de la Octava de Pascua, ese octavo día, donde la luz de la Resurrección se asienta finalmente en nuestra alma. Debemos contemplar esta semana no como una sucesión de días agotados, sino como un solo e inmenso destello de luz, un gran domingo prolongado en el que el Resucitado ha ido trabajando nuestro corazón. La liturgia nos invita a sumergirnos en el misterio del Resucitado que sale al encuentro de nuestra debilidad para transformarla en testimonio.

Es todo un itinerario del corazón, que va desde la pérdida al encuentro, para llegar a la confesión de fe que hoy proclamamos, Jesús nos ha llevado de la mano durante estos ocho días. El viaje comenzó en el frío del sepulcro vacío y llega hoy hasta el calor de su costado abierto; es el paso de buscar un cadáver a dejarnos encontrar por una Persona.

Recordemos el camino recorrido: el domingo pasado empezamos con el grito de pérdida: “Se han llevado al Señor”. Pero durante la semana, el Maestro fue reconstruyendo nuestra esperanza: con la Magdalena nos enseñó que no es una idea, sino una voz que nos llama por nuestro nombre; con los discípulos de Emaús sanó nuestra decepción intelectual; y en la orilla del mar nos mostró que nuestra fragilidad no es un obstáculo para su misión. Jesús permitió estas crisis de ausencia para que aprendiéramos a encontrarlo no en un sepulcro, sino en el Huerto de la vida y en la fracción del pan.

Nuestra fe queda probada en el gozo en la herida. Como nos recordará el Apóstol Pedro en su carta, nuestra fe, más preciosa que el oro, es a veces probada por el fuego de la duda y el sufrimiento. Esta crisis de la ausencia que muchos vivimos hoy, sintiendo que Dios se ha ido o que nuestras plegarias no tienen respuesta, en nuestras crisis, es el terreno donde germina la verdadera fe.

Hoy, el Evangelio nos muestra a los discípulos con las puertas cerradas “por miedo”. Jesús entra atravesando nuestros muros y realiza un gesto asombroso, ofrece sus llagas. Jesús muestra las manos y el costado para recordarnos que el Resucitado es el mismo que el Crucificado; no borra las huellas de su dolor sus heridas son ahora las fuentes de donde mana la misericordia divina para el mundo. Al invitar a Tomás a tocar su costado, nos enseña que la fe nace cuando aceptamos a un Dios que se deja tocar en sus heridas, un Dios cuyo amor ha dejado cicatrices permanentes. La duda de Tomás fue permitida para que entendiéramos que la fe no es la ausencia de dudas, sino la presencia de una relación personal con Él.

El fruto de la Misericordia se materializa en la comunidad y la alabanza. Esta experiencia del Resucitado no es un sentimiento íntimo y aislado. Como escuchamos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, la fe transforma el desconcierto en comunión. Aquellos que estaban encerrados por miedo se convierten en la presencia viva de Cristo, compartiendo el pan, la enseñanza de los apóstoles y la vida misma.

Es por eso que nuestro corazón hoy prorrumpe en el salmo: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. La misericordia es, precisamente, este abrazo de Dios que nos dice: No importa que hayas dudado o sentido mi ausencia; aquí estoy, tócame en mis hermanos, tócame en la Eucaristía.

No busquemos entre los muertos al que está Vivo, no busquemos a un Dios poderoso e invulnerable; aceptemos al Dios llagado que hoy nos da su paz. Al acercarnos a la Mesa del Altar, dejémonos bañar por el agua y la sangre que brotan de su costado. Que nuestra confesión sea, desde lo más profundo del alma, la de Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”

Señor de la Vida, atraviesa los muros de nuestra incredulidad y enséñanos a habitar en tus llagas, para que pasemos de la ausencia a tu presencia radiante.

Feliz domingo día del Señor y feliz semana.

Alegraos y regocijaos porque verdaderamente Resucitó el Señor.

“¡Qué noche tan dichosa, en que se une el cielo con la tierra, lo humano con lo divino!”. Hermanos Resucitó, Dios ha puesto en pie a la Humanidad caída, así lo hemos cantado en el Exultet, durante la Vigilia en el Pregón Pascual. Alegraos y regocijaos porque verdaderamente Resucitó el Señor.

Es el cumplimiento del anhelo más profundo del ser humano: la sed de eternidad. El hombre contemporáneo vive bajo la dictadura de lo efímero, con el miedo constante a la caducidad. La Pascua es la respuesta: el Amor es más fuerte que la muerte. Las llagas de Jesús siguen ahí, Él es el Resucitado herido, pero ahora esas llagas no sangran, sino que brillan. Esto nos dice que nuestra historia, incluso con sus cicatrices, tiene un destino de gloria.

Hoy nace nuestra esperanza, no somos profetas de calamidades, sino testigos de la Vida. Nuestro pueblo necesita vernos creer de verdad que el Señor ha resucitado.

La Resurrección es la llamada a vivir como hombres y mujeres nuevos. Ser cristiano es vivir ya con la lógica del cielo en la tierra: perdonar lo imperdonable, amar al enemigo, trabajar por la justicia sin desfallecer. Si Cristo ha resucitado, ya nada es igual; nuestro trabajo, nuestra familia y nuestras luchas están empapadas de una victoria que nadie nos puede arrebatar.

Este es un día de Júbilo, no un optimismo superficial, sino una alegría que nace de la certeza. Hemos recorrido el camino desde el perfume de Betania hasta el vacío del sepulcro, y ahora hemos encontrado la Vida.

¡Aleluya, Señor Jesús! Tu victoria es mi victoria. Gracias por bajar a mis abismos para sacarme a la luz. Que el gozo de esta Pascua no sea un sentimiento pasajero, sino la roca sobre la que construya cada uno de mis días. Como María Magdalena, envíame a anunciar a mis hermanos: «He visto al Señor». Que mi vida entera sea un canto de Exultet.

El reposo del Señor y la Stabat Mater

Mientras los discípulos están encerrados por miedo, con el corazón roto por el fracaso y la culpa, María permanece en una soledad que no es aislamiento, sino espera habitada. Ella es la Memoria de la Iglesia. Ella no olvida la promesa: “Al tercer día resucitaré”.

El Sábado Santo es el día de la Paciencia Teologal. María sostiene el cuerpo muerto de su Hijo en la Piedad y luego lo entrega a la tierra. La resonancia existencial toca nuestra herida de la pérdida y el aparente silencio de Dios

¿Cuántas veces nuestra vida parece un Sábado Santo? Proyectos que mueren, seres queridos que parten, oraciones que parecen no tener respuesta. El mundo cree que el silencio de Dios es Su ausencia; María nos enseña que el silencio de Dios es Su modo de trabajar en lo profundo, como la semilla bajo la nieve. Ella es la que espera contra toda esperanza la que mantiene encendida la llama cuando todos los demás han soplado la suya.

Un sepulcro sellado donde nada se mueve, hoy debemos aprender de María a “estar sin hacer.” Acompañar a María en su soledad es aprender que la fecundidad pastoral no nace del activismo, sino de la fidelidad en la hora del vacío. Es el día de la intercesión silenciosa por el pueblo que sufre.

Es un día que nos invita a la esperanza activa. No es una espera pasiva, sino un velar el corazón. Acompañar a María es permitir que ella nos enseñe a leer nuestra propia historia no desde la derrota del Viernes, sino desde la promesa del Domingo. Ella nos toma de la mano para que no caigamos en la desesperación.

Hagamos “Comunión en el Silencio”, no busquemos palabras. Miremos a la Virgen. En su rostro no hay desesperación, sino un dolor transido de luz. Ella es el puente entre el madero y la gloria.

Madre de la Soledad, gracias por tu fe inquebrantable. Hoy me siento a tu lado, en el umbral del sepulcro. Enséñame a esperar. Que tu corazón sea mi refugio en las horas en que la luz parece haberse apagado. No me dejes solo en mi Sábado Santo; que contigo aprenda que el grano de trigo que muere está ya germinando la Vida.

La Cruz no es solo un lugar de suplicio, sino el trono de la Gloria

“Mirarán al que traspasaron”. En el Evangelio de Juan, la Cruz no es solo un lugar de suplicio, sino el trono de la Gloria. Desde allí, con los brazos extendidos para abrazar a toda la humanidad, Jesús pronuncia su última palabra sobre el mundo: “Todo está cumplido”. No es el grito de un derrotado, sino el suspiro de quien ha llevado el amor hasta sus últimas consecuencias.

Hoy viernes pondremos nuestra mirada en la cruz y en las palabras del Señor, nos fijaremos en “Tengo sed”. Es la sed física de la agonía, pero sobre todo es la sed de Dios por el hombre. La resonancia existencial toca el misterio del sufrimiento inocente y el abandono.

Hoy, el silencio de la Cruz responde al silencio de tantos calvarios modernos: la soledad de los ancianos, el grito de los perseguidos, el vacío de quienes han perdido el sentido de la vida. Jesús no quita el dolor del mundo con una varita mágica; lo asume, lo habita y lo transforma desde dentro. El Viernes Santo nos enseña que no hay ninguna herida humana que no esté ya en las llagas de Cristo. Él ha hecho del dolor un camino de comunión.

escuela de la esperanza contra toda esperanza. Adorar la Cruz no es amar el dolor, sino amar el Amor que venció al dolor. Es la invitación a no huir de nuestras propias cruces, sino a dejarnos abrazar por Aquel que ya las cargó primero. En el silencio de hoy, aprendemos que el amor que no duele, quizá no es amor todavía.

Hoy nos acercamos a besar el madero. Ese beso no es un rito vacío, es el sello de nuestra alianza con el Varón de Dolores. El silencio de hoy no es el silencio de la nada, sino el silencio del que espera el susurro de la vida.

Señor Jesús, ante tu cuerpo entregado, callo. No tengo explicaciones para el mal, solo tengo tu Cruz. Gracias por no habernos dejado solos en nuestra noche. Que, al besar tus pies heridos, aprenda a amar mis propias heridas y las de mis hermanos. En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu.