
El sábado a las 23:00 celebraremos la Vigilia Pascual.
Será retransmitida en directo por Facebook.

El sábado a las 23:00 celebraremos la Vigilia Pascual.
Será retransmitida en directo por Facebook.

Durante el Viernes Santo y el Sábado Santo, la Iglesia, siguiendo una antiquísima tradición, no celebra la Eucaristía y la Sagrada Comunión sólo se distribuye a los fieles durante la celebración de la Pasión del Señor. Al no celebrar la Eucaristía, tomamos la Sagrada Comunión con la reserva consagradas ayer Jueves Santo.
Hoy es el día del Triduo Pascual propiamente dicho, es día de penitencia obligatoria para toda la Iglesia, día la abstinencia y ayuno, también el Sábado Santo hasta la Vigilia pascual. La liturgia de la Palabra nos mostrará cómo las antiguas profecías mesiánicas se cumplen en la Pasión y muerte de Jesús, que hoy escuchamos en la versión de san Juan. Cristo, muerto fuera de las murallas de la ciudad a la hora en que se sacrificaban en el templo los corderos para la pascua judía, es el Cordero expiatorio que ha cargado con el peso de nuestros pecados y así ha sido santificado. La Iglesia brota de su costado abierto por la lanza del soldado, para la salvación de todo el mundo, por quien se pide de modo especial en la oración de los fieles. El signo propio de hoy es la imagen del Crucificado, a quien en la acción litúrgica se venera de manera especial, que consiste en la adoración de la Cruz. La Cruz es signo del triunfo de la donación y del amor supremo de Jesús.
En la primera lectura leemos el cuarto cántico de Isaías, profecía de la Pasión y gloria del Siervo de Dios “Como muchos se espantaron de él porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y comprender algo inaudito”.

El salmo nos recuerda la oración de Jesús en la Cruz “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. La carta a los Hebreos nos habla de la obediencia de Jesús “Aprendió a obedecer; y se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación”.
Y en el evangelio tenemos una versión de la Pasión distinta a los sinópticos “‘Está cumplido’. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu”. La primera lectura, el cuarto cántico del Siervo Sufriente, trata de una noticia escandalosa que choca con nuestra mentalidad, de la mentalidad de un Cristo sin cruz, sin redención, donde no existe la humillación, y el sufrimiento no pueden ser camino de salvación. El destino del Siervo solo lo comprenden aquellos que admiten que son pecadores y que su pecado merece castigo. Estos al reflexionar sobre el destino del Siervo reconocen que son pecadores y admiten que merecen un castigo. La relación entre pecado y castigo no es nueva en Israel, la novedad está en que el castigado es inocente. El sufrimiento del Siervo es, sin embargo, un canto de victoria, “…lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz” por el triunfo del Siervo y el éxito de su misión.
El salmo, cuyas palabras pronuncia Jesús en la cruz y que nosotros repetimos en la antífona “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” conocemos la vieja costumbre de los escritores judíos de indicar sólo el comienzo de una oración, un verso, una sentencia, dando a entender con ello todo el texto. Con toda seguridad Jesús, que como buen judío conocía los salmos de memoria, recitó trabajosamente las palabras de este salmo.
Mientras Isaías habla de Jesús como Siervo de Dios, la carta a los Hebreos habla de Jesús como sumo sacerdote. Pero no revestido de esplendor oficiando en el templo de Jerusalén, sino suplicando con gritos y lágrimas verse libre de la muerte, “presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte” No lo consigue y se convierte autor de salvación eterna, “Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna.”
El enfoque del evangelio de Juan es muy distinto al de los evangelios sinópticos, en Juan Jesús no solo sufre y muere, sino que en todo momento muestra su soberanía y autoridad.

En la escena del calvario, Juan ofrece una muerte serena y con tres palabras exclusivas del evangelio de Juan y sin paralelos en los sinópticos:
Primera palabra, María que abre y cierra toda la vida de Jesús, presente al nacer, en su vida pública en las bodas de Caná de Galilea, y presente al morir, a los pies de la cruz. Jesús nos la entrega como madre, sin María no se puede concebir la comunidad cristiana. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”.
Segunda palabra para el cumplimiento de las escrituras, no le quiebran hueso alguno y miran al que traspasaron. El maestro que promete a la samaritana un agua viva que arrastre el corazón hasta la vida eterna; quien le habla de un agua que quitará la sed para siempre; quien nos invita a dar un vaso de agua al sediento, porque es lo mismo que dárselo a Él; quien transformó seis tinajas de agua en valioso vino; quien a voz en grito anunciaba junto al templo de Jerusalén en un solemnísimo día de fiesta: El que tenga sed venga a mí y beba … y de sus entrañas manarán ríos de agua viva, el mismo Jesús ahora, a punto expirar, desde lo alto de la cruz, sólo dice: “Tengo sed”
Tercera palabra “Todo se ha cumplido”, se ha cumplido el plan de Dios desde que mismo Verbo se hizo carne y habita entre nosotros. La pasión según san Juan viene muy bien la lectura que hemos oído del profeta Isaías, no en la descripción del sufrimiento sino en la conciencia de que todo termina con la victoria de Jesús.
Mantengámonos en oración acompañando a María en espera de la Gloriosa resurrección del Señor. Un abrazo.

Se retransmitirá en directo por Facebook:

Jueves Santo, un año mas en el que nos reunimos convocado alrededor del altar, con el motivo central de la celebración de la institución de la Eucaristía, cuando el Señor se reúne con sus discípulos para celebrar la pascua. La Iglesia, es decir nosotros, comenzamos el Triduo Pascual memorando aquella Cena en la cual el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, habiendo amado hasta el extremo a los suyos que estaban en el mundo, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino y los entregó a los apóstoles, mandándoles que ellos y sus sucesores que también lo ofreciesen.
Pero la Eucaristía que Señor instituye es la manifestación del amor de Dios, por lo que la institución deriva en el gran mandamiento de la nueva Ley: el mandato del amor.
Una síntesis de las lecturas de hoy, todas tienen en común que aluden de un modo o de otro a la idea de la memoria, de la Pascua. La primera lectura, del libro del Éxodo, nos describe la cena Pascual judía “Prescripciones sobre la cena pascual”, que es la que celebra hoy el Señor con sus discípulos, así nos lo recuerda la antífona del salmo “El cáliz de la bendición es comunión de la sangre de Cristo”. La segunda, nos trae de la mano de Pablo en su primera carta a los Corintios, la narración más antigua que se conserva de la institución de la Eucaristía “Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor”.

El evangelio, nos presenta la Pascua, pero ya con un nuevo sentido: el pan partido que va a ser su cuerpo entregado y el vino, la sangre derramada, “Los amó hasta el extremo” todo esto en el marco del servicio lavando los pies a sus discípulos.
La primera lectura nos describe todo el protocolo del ritual de la celebración de la Pascua, con el fin de recordar lo que el Señor ha hecho por el pueblo “Este será un día memorable para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación, como ley perpetua lo festejaréis”. Da instrucciones precisas de como deben ser las acciones de este ritual, el animal, la manera de asarlo, de comerlo…Igualmente de preciso es lo que tiene que recordar Israel, la acción liberadora que el Señor obró por ellos. La predilección de Dios por Israel no se debe tanto a las características excepcionales de este pueblo, sino a las circunstancias de esclavitud e injusticias que padece. La memoria de Israel está ligada a su vulnerabilidad, a haber sido una víctima de la historia. El salmo en la misma línea nos recuerda que el pueblo continuó alabando a Dios con la celebración de la Pascua, el paso del Señor, en una de sus estrofas leemos: “Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando el nombre del Señor”.
La segunda lectura, es el relato más antiguo de la última cena de Jesús con sus discípulos, de sus gestos y palabras sobre el pan y el vino, son las acciones que sus seguidores deben recordar.

Nuestros primeros hermanos en la fe, partiendo de las acciones del propio Jesús, inauguran un rito nuevo. Han de reunirse para comer juntos, partir el pan, comerlo, y beber el vino, para recordar su vida y su muerte.
Se recuerda la muerte de Jesús y se espera su próximo retorno “Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”
El evangelio de Juan nos habla de que Dios nos amó hasta tal punto que dio su vida por nosotros, Aquel que era inmortal tomo carne mortal para nosotros mortales tengamos vida inmortal.

“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. El lavatorio de los pies, también tiene el motivo del recuerdo, de la memoria, aunque de otro modo.
En la última cena de Jesús con sus discípulos, Juan no destaca el gesto del pan y el vino, sino que destaca la acción de lavar los pies, es la memoria que quiso conservar Juan, y en la que insiste en que Jesús hizo este gesto para que fuera imitado por sus discípulos. Hacer lo mismo que el Maestro imitándolo. “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”
Jueves Santo, feliz día del Amor Fraterno.
Comenzamos los días más importantes para los cristianos, una semana intensa que iniciamos con el Domingo de Ramos y que concluiremos el Domingo de Resurrección. Durante estos días veremos a Jesús entrar en Jerusalén, hacerse servidor humilde, morir en la cruz y resucitar para vencer a la muerte. Dándonos unas lecciones de amor, de entrega, de obediencia y de vida plena, para todo el que quiera seguirlo. Nos metemos de lleno en lo esencial de nuestra fe, en lo central, en el núcleo, o como decimos vulgarmente en el meollo de la cuestión: LA RESURRECCIÓN.
Después de haber preparado nuestros corazones desde el comienzo de la cuaresma, por medio de la penitencia, el ayuno, la oración y las obras de caridad, hoy nos congregamos para iniciar, con toda la Iglesia, la celebración del misterio pascual de Nuestro Señor.

La liturgia de hoy, Domingo de Ramos, es algo singular, tiene un gran contraste. Por una parte, fuera del templo, la alegría y el júbilo por la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén en donde agitamos ramos y palmas, entonando ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Por otra parte, en el templo, la tristeza de la pasión que leemos en este día y que volveremos a leer el Viernes Santo, la celebración se vuelve seria, ya no es de júbilo. Una síntesis para todas las lecturas de este domingo puede ser: fuera del templo aclamamos a Jesús con ramos y palmas y cantamos el Hosanna “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor!”
Ya en el templo, escuchamos, del profeta Isaías, parte del tercer cántico del Siervo de Yahvé que es preludio y profecía de la pasión “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos”. El salmo nos anticipa y anuncia también la pasión y la sensación de aparente abandono que recita Jesús en la cruz “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Pablo en la segunda lectura nos da el mensaje central de la pasión “Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre sobre todo nombre”. El evangelio nos trae la versión de Lucas de la pasión con su particular “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”
Fuera del templo, Jesús que viene en nombre del Señor, lo aclamamos con ramos y cantos porque es nuestra Paz, una paz muy deseada y ansiada en estos días de terrible horror por la guerra de Ucrania. Viene montado en un pollino, que es tanto como decirnos que es posible la sencillez, la entrega y la paz ante todo “Paz en el cielo y gloria en las alturas”, la reconciliación entre las personas y los pueblos.
Ante la dificultad, la negación de los suyos, del abandono de los cercanos y hasta el aparente abandono de Dios, ni se resiste ni se echa atrás así lo anuncia Isaías en el cántico que hemos escuchado: “El Señor me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento”. Confía en la entrega del Padre, nunca quedará defraudado, así lo cantamos en una de las estrofas del salmo “Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere”
Pablo, en este himno que hemos oído de la carta a los Filipenses, siendo de condición divina, el Hijo de Dios, toma obedientemente la condición de esclavo y se humilla hasta la entrega total. Por eso Dios lo exalta y le da el “Nombre sobre todo nombre”. Clavado en la cruz sigue siendo Vida acogiendo con él a todos los crucificados de la vida por el desamor, la duda, la violencia, la guerra… donde parece reinar la muerte hay promesa de Vida, pero Vida a lo grande. Pero esto nos da Esperanzas, pero no nos seca las lagrimas derramadas ante tanto dolor y sufrimiento por nuestros hermanos en guerra.
El evangelio, de hoy es el relato de la pasión según Lucas, que volveremos a leer el Viernes Santo, pero será según la versión del apóstol Juan. Pero de este relato de hoy podemos destacar el perdón, la confianza y la entrega a Dios, lo hacemos desde siete palabras:
La Eucaristía: “tomad esto, repartirlo entre vosotros”. Pan y Vino, Cuerpo y Sangre, que se entregan para Vida del mundo.
El Servicio: “el mayor entre vosotros entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve”
La Obediencia: “no se haga mi voluntad, sino la Tuya”
La Grandeza: “¿Tú eres el Hijo de Dios? Vosotros lo decís, yo lo soy” “¿Eres tú el rey de los judíos? Tú lo dices”
El Perdón: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”
La Promesa: “hoy estarás conmigo en el Paraíso”
La Confianza en Dios: “Padre a tus manos encomiendo mi espíritu”
Aclamemos al Señor con alegría: su venida nos trae la paz y la reconciliación de unos con otros y de todos con Dios Padre. Y por intercesión de María, Reina de la Paz, para que la paz alcance a todos los pueblos de la tierra.
Feliz Domingo de Ramos.