XXII Domingo Del Tiempo Ordinario

29/08/2021

Vigésimo-segundo domingo del tiempo ordinario, después de los cinco últimos domingos, entre los que hemos celebrado las solemnidades de Santiago apóstol y la Asunción de María,

y hemos leído el discurso del pan de vida del Evangelio de San Juan, retomamos la lectura continuada del evangelio de Marcos correspondiente al ciclo B.

El tema central de las lecturas de hoy es la religiosidad verdadera. Ya en la oración colecta pedimos crecer en la piedad. Pero ¿en qué consiste esto? La primera lectura, Moisés, nos habla de la grandeza de los mandamientos “observaréis los preceptos del Señor” será la sabiduría e inteligencia ante los pueblos. En salmo cantamos “Señor, ¿Quién puede hospedarse en tu tienda?, el hombre honrado, justo y con intenciones leales.  En la segunda lectura, el apóstol Santiago nos dice que debemos no solo oír la Palabra de Dios sino llevarla a la práctica: “Poned en práctica la Palabra”. En la misma línea, en el evangelio, Jesús recrimina a los fariseos por haber montado una religiosidad de tradiciones humanas y preceptos exteriores, estando su corazón lejos de Dios “Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”. Y nos recuerda que lo que nos hace impuros son las maldades que salen de nuestro corazón.

La lectura del libro del Deuteronomio no debe interpretarse como una aceptación radical y absoluta de la ley mosaica, “No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; observaréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy” Jesús se encargó de interpretarla y modificarla. En esta lectura se invita al pueblo a considerar con sabiduría los mandamientos de Dios, estos no deben ser considerados como prohibiciones, sino como la forma en que Dios está cerca del pueblo y por ello este debe de escucharlo, servirlo y buscarlo.

Muchas veces entendemos los mandamientos desde posturas demasiados legalistas, lo que da lugar a que parezcan insoportables.  Jesús libera los mandamientos de Dios de ser una carga pesada, con objeto de acercar a Dios a todos nosotros.

Con la lectura de la carta del apóstol Santiago nos damos cuenta que tenemos el mismo peligro que los fariseos de engañarnos, dando valor a las cosas menos importantes. El final de la lectura ofrece un ejemplo muy interesante: ¿en qué consiste la religión verdadera que agrada a Dios? ¿en oír misa diaria, rezar el rosario, hacer media hora de lectura espiritual? Eso es bueno. Pero lo más importante es preocuparse por las personas más necesitadas. Santiago, siguiendo la tradición, simboliza estas personas necesitadas en los huérfanos y viudas “La religiosidad auténtica e intachable a los ojos de Dios Padre es esta: atender a huérfanos y viudas en su aflicción y mantenerse incontaminado del mundo” Las viudas y huérfanos por aquellos entonces, no existían las pensiones de orfandad ni viudedad, por eso será una constante en la caridad de aquellos hermanos nuestros de las primeras generaciones de cristianos, eran personas vulnerables y que fácilmente caían en la marginalidad.

En el evangelio el problema no será comer el pan, sino comer con las manos sucias. Una pregunta malintencionada de los fariseos y de los doctores de la ley, los escribas, ¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores, y comen el pan con las manos sucias? Provoca la respuesta airada de Jesús aludiendo al profeta Isaías “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. 

Y da Jesús una enseñanza, nada de lo de fuera hace al hombre impuro ni perverso, es lo que sale de dentro, del corazón del hombre, lo que lo hace impuro al hombre “Todas las maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.

Esto nos recuerda a aquellas palabras del cántico del profeta Ezequiel: “Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos”.  Y al profeta Oseas: “Quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos” y otros profetas que no cesan en recordarnos que el verdadero culto a Dios solo es posible con un corazón sincero y no por el cumplimiento, cumplo y miento, de una serie de preceptos.

Que los mandatos del Señor sean nuestra sabiduría, que los hermanos necesitados estén por encima del cumplimiento de preceptos.

Feliz domingo y feliz semana.

XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO22/08/2021

Vigésimo-primer domingo del tiempo ordinario, retomamos y llegamos al final del discurso del pan de vida del Evangelio de San Juan. Esta parte del discurso cuenta la reacción de los discípulos con dos posturas muy distintas: unos los abandonan, y otros lo siguen, y el aviso de la traición por parte de uno de ellos.

La fe en Dios es un don que el Señor nos ofrece y que nosotros voluntariamente acogemos. Así aparece en la primera lectura de hoy, cuando Josué preguntó a todas las tribus de Israel si querían servir al Señor o irse con otros dioses “¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses!”.

Ellos contestaron que servirían al Señor porque era su Dios. En el salmo repetimos la antífona de hace dos domingos “Gustad y ved qué bueno es el Señor” pues sacó al pueblo de Israel de la esclavitud. La segunda lectura tomada la carta a los Efesios aplica el código familiar a la Iglesia, que no es nada sin su Señor, “Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia”.

Y en el Evangelio, cuando muchos discípulos lo abandonaron porque no aceptaban sus enseñanzas, Jesús preguntó a los Doce si también querían marcharse. Y ellos respondieron: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

En la primera lectura, nos encontramos en el capítulo final del libro de Josué, los Israelitas bajo la dirección de Josué habían conquistado toda la tierra que Dios les había prometido. Josué reúne a todas las tribus de Israel en Siquén, les recuerda los beneficios pasados y les ofrece la alternativa de servir o no servir a Dios. Los Israelitas quieren servirlo, “También nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios” aparentando un final feliz, pero de hecho la historia muestra lo contrario, los israelitas abandonaron a Dios y sirvieron a otros dioses. En comparación con el evangelio: muchos discípulos abandonan a Jesús, solo quedan doce y uno de ellos lo traicionará.

La segunda lectura es uno de los textos más expresivos y polémicos del Nuevo Testamento, ya que el simbolismo de la cabeza y el cuerpo, Cristo y la Iglesia, aplicado a las relaciones hombre y mujer en el matrimonio, ha dado mucho que hablar en estos tiempos reivindicativos de los derechos de la mujer. Pero el texto no está escrito en términos polémicos y reivindicativos. Aquí la sumisión es del uno al otro entendida positivamente, “Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada”, en realidad, no es sumisión, sino entrega mutua.

El evangelio es la última parte del capítulo sobre el pan de vida y la eucaristía. Habla de discípulos escandalizados que abandonan a Jesús, de seguimiento y traición. La mayoría abandonan a Jesús diciendo este discurso es duro “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”, intolerable, inadmisible. No solo por la idea de comer su carne, sino por todo lo que ha dicho de si mismo: que es el enviado de Dios, que ha bajado del cielo, que resucitará en el último día a quien crea en él, que es el verdadero pan de vida. La Eucaristía no es memoria del pasado: la muerte de Jesús en la cruz, es también Eucaristía escatológica, que nos adelanta la vida que nos espera tras la muerte. En el fondo comer su cuerpo y beber su sangre es aceptarlo todo tal y como Jesús dice, y eso la mayoría de discípulos no están dispuestos a admitirlo. Lo han visto de hacer milagros, pero eso no les extraña, en el Antiguo Testamento se habla de personajes milagrosos, con la salvedad que ninguno de ellos, ni siquiera Moisés, dijo haber bajado del cielo y ser capaz de resucitar a alguien. Ellos querían un Jesús humano, un mesías político, caudillo, y no un Jesús divino.

Tras el abandono de muchos solo quedan los Doce. La pregunta de Jesús “¿También vosotros queréis marcharos?” sugiere muchas cosas: desilusión, sensación de fracaso, etc.

La respuesta de Pedro, como portavoz del grupo de los Doce, nos recuerda a su confesión de fe en Cesarea de Filipo “Tú eres el Mesías”, aquí pedro no comienza confesando su fe, sino preguntándole a Jesús “Señor, ¿a quién iremos?” abandonar a Jesús y volver a sus actividades cotidianas, a sus trabajos, es algo que no se les pasa por la cabeza. Necesitan un maestro, alguien que los guie. Pedro lo primero que hace es reconocer que necesitan a Jesús, no pueden vivir sin él. Luego sigue la profesión de fe, pero no dice que Jesús sea el Mesías, sino el “Santo de Dios”

Si seguimos leyendo el evangelio, Jesús sabía quién lo iba a entregar, después de la intervención de Pedro, Jesús, añade “¿No os he elegido yo a los Doce? Pero uno de vosotros es un diablo. Lo decía por Judas Iscariote, uno de los Doce, que lo iba a entregar” lo que hace que pensemos porque Judas no lo abandono antes, porque se mantiene en el grupo de los Doce y como puede llegar alguien a desilusionarse de él hasta el punto de traicionarlo. En nuestros días como puede alguien desilusionarse hasta perder la fe.

Pidamos al Señor no desilusionarnos y abandonar la fe, que a pesar de las dificultades trabajemos ilusionados por el Reino de Dios.

Feliz domingo y feliz semana.

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓNDE LABIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA. 15/08/2021

Celebramos hoy la Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María. Dejamos, de momento, la lectura del capítulo sexto del evangelio de San Juan, que retomaremos el próximo domingo.

Hubiese correspondido, dentro del discurso del pan de vida, más objeciones de los judíos acerca de lo que dijo Jesús “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre”. En María se cumple lo que dijo Jesús, María es la primera persona glorificada, que vive para siempre junto al Señor anticipo de nuestra glorificación.

En la primera lectura, del libro del Apocalipsis, leemos lo que son los símbolos tradicionales de esta advocación mariana: “Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”. En el Salmo, aplicado a la Virgen María, cantamos la antífona “De pie a tú derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir”. La segunda lectura, de la Carta a los Corintios, nos presenta a Jesucristo como primicia de lo que nos espera “Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos” y de lo que ya goza en plenitud la Virgen María, como predecesora. El Evangelio de San Lucas entona el Magníficat: “el poderoso ha hecho obras grandes en mi” en María, nuestra Madre y hermana en la Fe.

La Asunción de la Virgen es una de las fiestas marianas que más han calado el pueblo cristiano. En ella celebramos la glorificación y el triunfo de María, con la certeza de que, al final de su vida, la Virgen no conoció la corrupción del sepulcro, sino que fue asunta inmediatamente al cielo en cuerpo y alma.

Esta certeza es tan antigua como la misma Iglesia, celebrada también hoy por nuestros hermanos de las Iglesias anglicana, ortodoxa. Es una fiesta que podemos considerar cuasi-ecuménica.  

En el siglo II, ya se celebraba en Jerusalén una fiesta en el mes de agosto en torno al sepulcro vacío de María en Getsemaní. En el siglo IV se construye allí un santuario que era el más visitado después del Santo Sepulcro. En ese momento comienza a extenderse por toda la Iglesia la convicción de que la Virgen no conoció la corrupción del sepulcro, convicción confirmada por los Padres de la Iglesia, los escritos de los teólogos y la tradición medieval. El día 1 de noviembre de 1950 el Papa Pío XII proclama solemnemente ser “dogma divinamente revelado que la Inmaculada madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”

La Asunción de la Virgen es consecuencia de su Concepción Inmaculada, su virginidad, y de su maternidad divina. Cristo resucitado quiso que su madre siguiera su misma suerte, anticipando en ella como primicia la glorificación que a todos nos aguarda al final de los tiempos.

La fiesta de la Asunción nos invita en primer lugar a la admiración y contemplación de este privilegio mariano; nos invita además a la felicitación y a la alabanza a la Santísima Virgen. En su Asunción se cumplen sus propias palabras en el Magníficat: “Me felicitarán todas las generaciones porque el poderoso ha hecho obras grandes en mí” Pero esta fiesta encierra también una dimensión de compromiso para quienes amamos a la Virgen como madre y como modelo.

Después de conocer en la anunciación el misterio de su maternidad, María se pone en camino y va a prisa a la aldea de Ain Karim para compartir su alegría con su prima Isabel y servirla.

María inicia entonces un largo itinerario de fe, de obediencia a Dios que modifica todos sus proyectos. Al final de ese trayecto, de ese itinerario de fe, en el monte de los Olivos, culmina su misión y es llevada al cielo en cuerpo y alma.

Ella, como primera redimida por el misterio pascual de su Hijo, nos ha precedido. María es la mujer que “hiere la cabeza de la serpiente” al comienzo de la historia y es garantía segura de victoria (Gén 3,15). María es la señal que da Dios al rey Acaz por medio de Isaías: “una virgen dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa Dios-con-nosotros” (Is 7,13-15). María es la señal deslumbrante que llena por entero la visión del Apocalipsis que hemos escuchado en la primera lectura. En ella aparece un enorme dragón rojo, calificado como “la serpiente antigua, el llamado diablo y Satanás, el seductor del mundo entero” (Ap. 12,9), en lucha permanente contra la humanidad. En esta lucha se levanta el signo de la Virgen victoriosa sobre el gran dragón. Con ello nos enseña San Juan que, en la lucha espiritual entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre el pecado y la gracia, es decisiva la ayuda de María a la Iglesia y a cada uno de nosotros para vencer el mal.

Comentando a sus fieles el evangelio de la Visitación, decía San Ambrosio de Milán en los finales del siglo IV: “Que en todos resida el alma de María. Si, queridos hermanos y hermanas, pongamos a María en el centro de nuestros corazones, afanes y proyectos. Caminemos con ella, poniéndola al frente de nuestra peregrinación en esta tierra. ¡Qué mejor compañía que la de la Virgen! Que ella sea siempre el centro de nuestros pensamientos, el norte de nuestros anhelos, el apoyo de nuestras luchas, el bálsamo de nuestros sufrimientos y la causa permanente de nuestras alegrías”. Con María en el corazón, nuestra vida se convertirá en un camino de conversión y de gracia, de reconciliación con Dios y con los hermanos, de fraternidad y servicio humilde y esmerado a los pobres y a los que sufren.

¡Guíanos a todos a amar, adorar y servir a Jesús, fruto bendito de tu vientre, oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Amén.

Feliz domingo día de la Asunción y feliz semana.