REFLEXION 3 DOMINGO DE CUARESMA

Nos situamos, con este tercer domingo de Cuaresma, en la mitad de nuestro camino hacia la Pascua.

La primera lectura relata un episodio muy importante de la Historia de la Salvación: los diez mandamientos. El evangelio se mueve en pleno ambiente de Cuaresma: la muerte y la
Resurrección. En la segunda lectura Cristo crucificado, aparente símbolo de la impotencia y necedad, se revela con fuerza y Sabiduría de Dios.

El hombre de hoy, no comprende los mandamientos. Los toma por prohibiciones arbitrarias de Dios, por límites puestos a su libertad. Pero los mandamientos de Dios son una manifestación de su amor, los podemos comparar con el paso por senderos peligrosos, los diez mandamientos son como las barandillas, las señalizaciones de peligro, las barreras para evitar que alguien caiga al vacío, el objetivo de los mandamientos no es diferente.

Los diez mandamientos fueron dados por Dios, para evitar que algún distraído o despistado se salga o aparte del camino, son como las barreras y protecciones para no caer. No son una carga insoportable, recordemos lo que dice el salmo “La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma


Pablo que predicó en regiones de influencia griega se enfrentó con dos problemas: mientras los judios querían portentos y milagros, los griegos querían un mensaje repleto de sabiduría humana. Poder para los judios, sabiduría para los griegos. Pablo predica todo lo contrario, un Mesías crucificado, el colmo de la debilidad y el colmo de la estupidez. “Cristo crucificado: escandalo para los judios, necedad para los gentiles” Pero Cristo crucificado es fuerza de Dios y Sabiduría de Dios.

El relato de la expulsión de los mercaderes del templo, que nos trae hoy el evangelio, se divide en dos partes: la expulsión de los mercaderes y la breve discusión de Jesús con los judios. La Ley o Torá y el Templo eran considerados los grandes pilares sobre los que se apoyaban los judios. Ambos, Templo y Ley, son expresión de la acción de Dios en favor del pueblo y recordaban a la Alianza.

Jesús se enfrenta a los judios, que alardean de ser hijo de Abraham y observadores escrupulosos de la Ley de Moisés. Jesús predica una transformación de las relaciones entre Dios y los hombres, no anula la Ley ni el Templo, sino la forma como los judios entendían su significado. Ni la Ley ni el Templo debe entenderse como instrumentos de dominio de unos hombres por otros. Jesús denuncia la pérdida de su verdadero significado: ni
la Ley ni el Templo son ya instrumentos que facilitan al hombre su relación
con Dios;

La casa de oración se ha convertido en cueva de ladrones, “Quitad
esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”, y la Ley
en un pesado fardo que ni ellos mismos pueden soportar.

En contra de lo que podíamos esperar, los judios no envían a los guardias a detener a Jesús. Se limitan a pedir un signo, un portento que justifique su conducta. Los judios esperaban que el Mesías llevara a cabo una purificación del Templo. Si Jesús es el Mesías, que lo demuestre primero y luego actúe como tal. La respuesta de Jesús: “Destruid es este Templo y en tres días lo reconstruiré”, curiosamente Juan no cuenta cual fue la reacción de las autoridades, nos dice como debemos de interpretar estas palabras; que no se refieren al Templo físico, sino su cuerpo. Los judios pueden destruirlo, Él lo reedificará. Con su muerte Jesús manifiesta la destrucción del Templo y la instauración de una nueva Alianza en la que el culto a Dios se realiza en Espíritu y en verdad.
En la respuesta de Jesús encontramos muy brevemente el anuncio de la Pasión y Resurrección: Destruid este templo, Pasión y muerte; y en tres días lo levantaré, Resurrección. Si el domingo pasado, la Transfiguración nos anticipaba la gloria de Jesús, en este repite su certeza de resucitar de la muerte. Con esto la liturgia quiere orientar el sentido de la Cuaresma y de nuestra vida, que no termina en el Viernes Santo, sino en el Domingo de Resurrección.
Feliz domingo y feliz semana.

REFLEXIÓN II DOMINGO CUARESMA

Dedicamos este segundo domingo de Cuaresma a la Transfiguración. No existe Cuaresma sin Transfiguración, y en medio de la reflexión sobre la debilidad humana, y de lo que le va a costar a Jesús esa debilidad, la muerte, hacia la que avanza la Cuaresma, recordamos la glorificación de Jesús. De cómo el Padre está de parte de él, aunque no lo estén los hombres. El evangelio de hoy nos anticipa su triunfo final y nos ayuda a enfocar adecuadamente estas semanas de Cuaresma

Por dura que se nos presente la vida, siempre hay motivos para la esperanza. Nuestro Dios es un Dios que salva, y, que, en la persona del Padre, nos dice: “Éste es mi Hijo amado;escuchadlo”. Expresión que se dirige a Jesús, pero también a cada uno de nosotros nos dice: “Tú eres mi hijo amado”.

El episodio de la Transfiguración, colmado de luz, anticipa la resurrección de Jesús. Y también la nuestra.

La primera lectura nos recuerda un episodio de la historia de la salvación: el sacrificio de Abraham, en el que siempre se vio prefigurada la muerte de Jesús. Contemplamos la fe sin regateos de Abrahán y su abandono en Dios, del que espera la vida en plenitud, como dice la antífona del salmo “Caminaré en presencia del Señor en el país de los vivos” La segunda lectura saca las consecuencias de esta entrega: “Dios no se reservó a su propio Hijo”. Estas dos lecturas se relacionan por oposición. En la primera, Abraham está dispuesto a sacrificar a su único hijo, en la segunda, Dios entrega a su Hijo para demostrarnos que está dispuesto a concedernos todo.

Marcos para crear un clima semejante utiliza los mismos elementos que usaron los autores del Antiguo Testamento para las teofanías. Primero, Dios no se manifiesta en cualquier lugar, sino en la montaña, que por su altura se concibe como la morada de Dios. Segundo, a esta montaña no tiene acceso todo el pueblo. Y tercero, la presencia de Dios se expresa mediante la imagen de una nube, desde la que Dios habla.

Jesús elige a tres de sus discípulos Pedro, Santiago y Juan, y subieron a un monte alto, según la tradición, el monte Tabor, Marcos usa el simbolismo de la montaña como morada o lugar de la revelación de Dios.

En el monte se produce una visión, la transformación de las vestiduras de Jesús, una luz que es símbolo de la gloria de Jesús. Aparecen Elías y Moisés. Elías es considerado en el Antiguo Testamento como el precursor del Mesías. Y Moisés es el gran mediador entre Dios y su pueblo, el profeta con el que Dios habla cara a cara. Jesús se encuentra en la línea de los grandes profetas, llevando su obra a plenitud.

Pedro propone hacer tres tiendas, lo que suena a despropósito, Marcos lo justifica aduciendo que estaban asustados, espantados y no sabía lo que decía: “que bien se está aquí” Pedro no quiere que Jesús sufra. Mejor quedarse en lo alto del monte con Jesús, Moisés y Elías que tener que seguirlo con la cruz. Al igual que en el monte Sinaí, Dios se manifiesta en la nube y habla desde ella. Se repiten las palabras que se escucharon en el bautismo de Jesús, pero se añade un imperativo “Este es mi hijo, el amado; escuchadlo”

En el descenso de la montaña Jesús da la orden de que no cuenten la visión hasta que resucite, pues aún no es momento de hablar del poder y de la gloria suscitando falsas esperanzas. Es mejor contarlo después de la resurrección cuando sea preciso para creer en Cristo aceptar el escándalo de su pasión y cruz.  Surge la pregunta sobre la vuelta de Elías, según la teología tradicional, basada en textos de Malaquías y Eclesiástico, antes de que llegue el Mesías debe volver el profeta Elías, en Mateo escuchamos decir a Jesús en referencia a Juan Bautista y Elías: “Los profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo”

Jesús se enfrenta, no a las grandes figuras de la tradición judía, sino a los responsables de la religión. Jesús vive no en la gloria del Tabor, sino pisando los duros y polvorientos caminos de Galilea y Judea. Dios entregó a su hijo a los hombres y mujeres de un momento concreto de la historia. Y Él, que podía librarlo de la muerte lo dejó en manos humanas. Y la decisión de éstos no fue la de Dios cuando Abrahán estaba dispuesto a sacrificar a su hijo: ellos, los hombres, culminaron el sacrificio.

Sintamos hoy la gloria de la Transfiguración. Cristo, cuyos pasos debemos seguir, se expuso, por ser hombre, a las decisiones humanas; pero Dios lo resucitó, y está presente entre nosotros, para animarnos en nuestro caminar. Hagamos caso a la voz de lo alto: “escuchadlo”

 Feliz domingo y feliz semana.

REFLEXIÓN I DOMINGO DE CUARESMA

La Cuaresma es el tiempo litúrgico que ofrece más motivos para la reflexión, la meditación y la predicación. La Cuaresma tiene sentido en función de la Pascua. La fiesta propia de nuestra fe cristiana es la Pascua.

Así lo entendieron los primeros cristianos, en los comienzos de la fe era la única fiesta y para organizar un tiempo de preparación catequética para los que serían bautizados en la Pascua, apareció la Cuaresma.
Comenzamos el primer domingo de Cuaresma a recordar las tentaciones de Jesús. Antes de comenzar su actividad pública, Jesús es impulsado por el Espíritu al desierto, el relato de Marcos es tan simple que podemos decir que es un relato de las tentaciones sin tentaciones, tan solo nos dice que fue tentado, que vivía con las fieras y los ángeles le servían.

“En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedo en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían”

Si preguntásemos a algunos de nuestros hermanos por las tentaciones de Jesús, algunos mencionarían la de convertir las piedras en pan, otros que Satanás le ofreció toda la gloria y riqueza si lo adoraba, algunos recordarían lo de tirarse del pináculo del templo. Demostrarían conocer las tentaciones que cuentan Mateo y Lucas, pero Marcos no dice nada de eso.
El texto de Marcos, parece más que un relato, un guion que hay quedesarrollar para sacar toda la enseñanza: El Espíritu, es el que impulsa a los jueces y profetas a realizar la misión que Dios le encomienda, pero a diferencia, a Jesús le impulsa al desierto.
El desierto, el lugar de la prueba, como lo fue para el pueblo de Israel cuando salió de Egipto, allí fue tentado para ver si era fiel. La mayoría sucumbieron a las tentaciones, sin embargo, Jesús superó toda tentación.

También el desierto es como la noche oscura, la aridez del que busca a Dios y no lo encuentra, pero al mismo tiempo es un momento  privilegiado de acércanos a Dios. Es encontrar, en medio de la noche oscura, en medio del desierto ese oasis en el que nos veremos con paz y alejados de todas las distracciones que nos suministra nuestro mundo.

Los cuarenta días equivalen a los cuarenta años que pasó Israel en el desierto, los cuarenta días del diluvio. Y en tiempos del cristianismo, los
cuarenta días desde la resurrección de Jesús y la Ascensión.
Satanás, es el símbolo de la oposición al plan de Dios, nosotros lo hemos caricaturizado, le hemos dotado de cuernos y rabo. Satanás quiere apartar a Jesús del camino que Dios le ha trazado en el bautismo: hacer que se olvide de pobres y afligidos, dejar de consolar a los tristes, dejar de anunciar la Buena Noticia. Es curioso, pues lo mismo nos ocurre a nosotros en nuestros días.
Fieras y ángeles, esta mención está cargada de simbolismo, las fieras no son los animales que acostumbramos a ver, son escorpiones, alacranes, serpientes cuya picadura o mordedura llega a ser mortal. Jesús sufre la tentación de Satanás, pero Dios está a su lado y sus ángeles lo protegen. Estos elementos: tentación, vivir con las fieras, servicio de los angeles, recuerdan el relato de Adán en el paraíso, de este modo Marcos presenta a Jesús como el nuevo Adán, que a diferencia del primer Adán que sucumbe a la tentación, Jesús el nuevo Adán supera toda tentación.
Luego de este relato brevísimo de las tentaciones, Marcos nos recuerda a lo que ya leímos en el III domingo del Tiempo Ordinario, el comienzo del ministerio de Jesús: cuando Juan fue arrestado, en Galilea y anunciaba el Reino de Dios.
Como se ha comentado en la introducción, la Cuaresma está en función de la Pascua y vinculada al bautismo de los catecúmenos. Las otras dos lecturas, de este primer domingo de Cuaresma, nos lo recuerda. Pedro, en la segunda lectura, ve un símbolo del bautismo en las ocho personas que se salvan del diluvio. En la primera lectura Noé y sus hijos se salvaron cruzando las aguas del diluvio, Dios prometió no destruir a ningún viviente y establece una Alianza con la tierra; el cristiano se salva con las aguas del bautismo.
La presentación de Jesús como nuevo Adán está relacionada con la vida que comienza el cristiano al ser bautizado. La Cuaresma es el mejor momento para profundizar en este sacramento que recibimos casi sin ser consciente de lo que recibíamos. Y lo mismo que a Jesús, Satanás nos tentará para que nos olvidemos de los pobres y afligidos, para que dejemos de consolar a los tristes, y dejemos de anunciar la Buena Noticia, el Evangelio.
Feliz domingo y feliz semana.