XXIV Domingo Del Tiempo Ordinario 11/09/2022

Este XXIII Domingo del Tiempo Ordinario nos trae una enseñanza muy insistente sobre la misericordia del Señor. Si tuviéramos que poner nombre a este domingo, sería el domingo del Padre Misericordioso, el segundo domingo de Pascua fue el Domingo de la misericordia y el cuarto Domingo de Cuaresma leíamos la parábola del Hijo pródigo, mas bien del Padre Misericordioso, la misma que leemos en este domingo. Nuestro Dios no es un Dios inflexible, rígido, no es un juez despiadado, sino un Padre Misericordioso, lleno de bondad, de indulgencia, deseoso de salvación de todos sus hijos.

Una síntesis de las lecturas puede quedar tal que: La primera lectura, del libro del Éxodo, nos presenta a Moisés pidiéndole al Señor que se muestre misericordioso, “Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”. Cantamos hoy el salmo penitencial más famoso, el Miserere, que refleja muy bien la actitud de un pecador que vuelve a Dios, “Oh Dios, crea en mí un corazón puro” y “un corazón quebrantado y humillado, tú, oh, Dios, no lo desprecias”. Pablo recuerda en la segunda lectura la misericordia que el mismo recibió del Señor “Pero Dios tuvo compasión de mí porque no sabía lo que hacía, pues estaba lejos de la fe”. El evangelio habla de la misericordia de Dios con tres parábolas: la oveja perdida, la moneda perdida y la del Hijo Pródigo, o mejor, del Padre Misericordioso “su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos”.

La primera lectura, del libro del Éxodo, muestra la situación del pueblo después del pecado de idolatría. El pueblo que se encuentra en el desierto, tras la revelación del Sinaí y la Alianza, este rompe de inmediato la Alianza con un pecado de idolatría, fabricándose un becerro de oro, en torno al cual cantaron y bailaron, adorándole como el dios que les había liberado de Egipto. Entonces se establece un interesante diálogo entre Dios y Moisés. Pero Moisés intercede por el pueblo, a quien llama, dirigiéndose a Dios, “tu Pueblo … el que tú sacaste de Egipto”, apela a la amistad que Dios tuvo con los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob, y le recuerda las promesas que les había hecho y que ahora se verán frustradas si extermina al pueblo. “Y el Señor se arrepintió de la amenaza”

Cantamos hoy el salmo penitencial más famoso, el Miserere, que refleja muy bien la actitud de un pecador que vuelve a Dios

“Oh Dios, crea en mí un corazón puro… un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias”. La antífona nos anticipa la historia del hijo prodigo que se arrepiente: “Me pondré en camino a dónde está mi padre”

Pablo reconoce en la primera carta a Timoteo, la segunda lectura, que no merece ser apóstol, porque era un blasfemo, un perseguidor, un violento, pues perseguía a la Iglesia con saña. Pero, Pablo dice que Dios tuvo compasión de él, derrochó su amor en él, dándole la fe “Es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero” Pablo se sintió perdonado, y por eso se abrió totalmente al Señor y a la confesión de su pasado, e hizo una admirable profesión cristológica de su fe.

Esta experiencia de Pablo sirvió de ejemplo a muchos “pero por esto precisamente se compadeció de mí: para que yo fuese el primero en el que Cristo Jesús mostrase toda su paciencia y para que me convirtiera en un modelo de los que han de creer en él y tener vida eterna”, y también sirve de ejemplo hoy para nosotros.

En el evangelio Lucas leemos las tres parábolas del perdón de Dios. La ocasión es que “Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Las parábolas son transparentes: habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que la que puede sentir un pastor por la oveja recuperada, o una mujer por la moneda encontrada, o el padre por poder abrazar al hijo que vuelve a casa “cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos”. El protagonista auténtico es el padre. Aunque también es interesante la actitud del hijo joven que se reconoce pecador y se pone en camino a su casa “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”. Y la del hermano mayor, que retrata bien la actitud de los intransigentes “Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo”.

La parábola del hijo prodigo es muy sugestiva, muestra toda la profundidad y generosidad de la misericordia divina. El padre ama a su hijo pequeño, pero este no comprende el amor de su padre; busca solo su propio interés. El hijo mayor, representa a los que son fieles a Dios, pero no comprenden la misericordia con los pecadores, le parece injusta. Pero el padre le hace participar de la alegría “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado” Jesús insiste en que practiquemos la misericordia, a estar dispuestos a perdonar a nuestros hermanos.

La finalidad de las tres parábolas de Jesús, como nos ha dicho Lucas, es enseñarnos a nosotros, fieles a Dios, y que en ocasiones nos creemos justos y perfectos, a ser más misericordioso. Lucas se sirve de estas parábolas para convencernos de la infinita misericordia de Dios y para poner en nosotros una profunda confianza en ella, aunque hayamos sido infieles, el Señor nos espera con toda la generosidad de su corazón, trata de convertir nuestro corazón y unirlo a la misericordia de Dios.

Feliz domingo y feliz semana.

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