DOMINGO DE LASANTÍSIMA TRINIDAD

Comenzábamos el año litúrgico con el Adviento y la Navidad, celebrando como Dios Padre envía a su Hijo al mundo. El domingo pasado, el de Pentecostés, celebramos el envío del Espíritu Santo, que nos prepara para celebrar a los tres en una sola fiesta.

En este, ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, tenemos a la Trinidad, por eso hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, culminado el tiempo pascual y retomando el tiempo ordinario.

Celebramos también la vida contemplativa, la jornada “Pro Orantibus”.

Las lecturas escogidas para hoy se relacionan con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En la primera lectura pasa revista a los grandes acontecimientos que le han dado al pueblo de israel una identidad: Dios Padre los libera la esclavitud en Egipto, se manifiesta en el Sinaí, les da la tierra prometida, Canaán. La antífona del salmo nos recuerda precisamente la elección del pueblo “Dichoso el pueblo que el Señor eligió como heredad” En la segunda lectura el Espíritu Santo nos lleva a invocar a Dios, como lo hizo Jesús, el Hijo, como “Abbá, Padre”. En el evangelio es el Hijo el que nos envía a hacer discípulos, además de ser el texto más claro de todo el Nuevo Testamento en la formulación trinitaria.

La lectura del libro del Deuteronomio, escrito siglos antes de Jesús, no habla de la Trinidad. La revelación de Dios es progresiva a lo largo de la historia. El texto se limita a hablar de Dios y busca inculcar en los israelitas tres actitudes: primero, la admiración ante lo que Dios ha hecho por ellos “¿Intentó jamás un dios venir a escogerse una nación entre las otras mediante pruebas, signos, prodigios, y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso con terribles portentos, como todo lo que hizo el Señor, vuestro Dios, con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos?”; segundo, el reconocimiento de que es el único Dios y no hay otro, “el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra” esto es algo que a nosotros nos puede parecer normal, pero en esa época no lo era tanto, los pueblos tenían muchos dioses, algo similar ocurre en nuestra sociedad, tiene muchos dioses, tenemos nuestros panteones particulares, en los que encontramos al dios dinero, al dios poder, etc.; y tercero, Dios les pide fidelidad a sus preceptos, “Observad los mandatos y preceptos que yo te prescribo hoy”

En Romanos, Pablo, subraya, no solo que Dios es Padre de Jesús, sino que es Padre de cada uno de nosotros, porque nos adopta como hijos. Y el Espíritu Santo nos libra del miedo y nos hace gritarle “¡Abbá, Padre!”, nos hace coherederos con Cristo

“Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo, de modo que, si sufrimos con él, seremos glorificados también con él”

La formulación de la Trinidad que hace Pablo no es tan clara como la que hace el evangelio, pero Pablo menciona expresamente al Espíritu de Dios, al Padre y a Cristo, y pone de relieva la relación de cada una de las personas de la Trinidad con nosotros.

En el evangelio se muestra la formula trinitaria de forma clara: “…bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” Jesús después de su muerte adquiere pleno poder en el cielo y en la tierra, y puede garantizar a los discípulos que estará con ellos hasta el fin del mundo. Nos lanza a la misión de hacer nuevos discípulos por todo el mundo. Esta misión se lleva a cabo bautizando y enseñando. Mientras en la primera lectura, Dios exigía a los israelitas que cumplan y guarden los preceptos que les entregó, en el evangelio Jesús hace hincapié en la importancia de “guardar todo lo que os he mandado”

Señor, haznos conscientes de que nos has pasado el testigo.

Feliz domingo de la Santísima Trinidad y feliz semana.

PADRE EN LA TERNURA

Seguimos reflexionando sobre la figura de S. José de la mano del Papa Francisco en la encíclica Patris Corde, Corazón de Padre.

El apartado que reflexionaremos “San José, padre en la ternura” En este punto el Papa usa una expresión en la que pondremos nuestra mirada: “Debemos aprender -dice- a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura”.

Al hablar de nuestras debilidades solemos decir que las aceptamos con resignación o con humildad, pero sin embargo no solemos decir que las aceptamos con intensa ternura.

Es como si en el fondo pensáramos que si es verdad que Dios puede hacer grandes cosas con nuestras debilidades haría cosas mucho más grandes si fuésemos más fuertes, más perfectos.

No es virtud de débiles la ternura. Todo lo contrario. Francisco nos dice que la ternura es siempre combativa: “Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san Pablo: “Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad (2 Co 12,9)” (EG 85).

Es ternura que se mantiene en el tiempo haciendo frente a los embates del mal y a las adversidades. Es la ternura que se hace cargo de la fragilidad del otro y se deja modelar por ella. Es el otro el que, con su fragilidad, nos da la medida de cuánta ternura hace falta para tratarlo bien. La fragilidad del niño pequeño o del bebé da a sus padres, que lo tocan con sus manos, la medida de lo que es un gesto tierno. La herida del enfermo dice a la enfermera con cuánta delicadeza la debe tratar. Cuando la fragilidad y la herida son condición permanente, la ternura debe ser también permanente. Aquí está el porqué de la ternura incondicional de Dios.

Cuando hay amor, la fragilidad del otro despierta ternura y, viceversa, donde vemos en alguien que ama una inmensa ternura es señal de que el otro tiene una gran fragilidad. Así, la ternura grande de San José es como una ventana abierta que nos permite comprender, en alguna medida, la fragilidad de María y de Jesús.

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Hoy la Iglesia celebra la fiesta del Espíritu Santo, celebramos también el día de la Acción Católica y del apostolado seglar.

Domingo de Pentecostés, cincuenta días después de Pascua, de las experiencias de Pascuales, de la Resurrección, que nos han puesto en el camino de la vida verdadera. Vida para llevarla al mundo, para transformar la historia, para fecundar a la humanidad con una nueva experiencia de unidad, que no de uniformidad, de razas, lenguas, naciones y culturas. Ponemos, en este día, de relieve lo que sintieron aquellos primeros hermanos nuestros en la fe cuando perdieron el miedo y se atrevieron a salir del cenáculo para anunciar el Reino de Dios que se les había encomendado. Sin el Espíritu Santo los apóstoles no habrían podido llevar a cabo la misión de continuar la obra de Jesús.

La primera lectura relata el acontecimiento de Pentecostés, no como forma de experiencia personal e individual, sino de toda la comunidad “… se llenaron todos de Espíritu Santo”.

El salmo, un canto de alabanza por las obras del Espíritu, su poder vivificador “Envía tu Espíritu, Señor y repuebla la faz de la tierra”.

Si el salmo habla de la acción del Espíritu sobre toda la creación, en la segunda lectura habla de la acción del Espíritu en todos los cristianos, gracias al cual confesamos que “Jesús es Señor”. En el evangelio es un breve pasaje con la versión de Juan del envío del Espíritu Santo “sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo’”

La primera lectura es la versión de Lucas en el libro de los Hechos. Lucas sitúa el hecho el día de Pentecostés, la segunda fiesta judía más importante después de la fiesta de Pascua, también es conocida como fiesta de las Semanas, de la Siega o de las Primicias, aunque es una fiesta agrícola, el pueblo de Israel le da un sentido teológico, ya que se produce en un contexto muy similar a la constitución del pueblo de Dios en el Sinaí, celebra la acogida del don de la Ley como condición de vida para la comunidad renovada.

La plenitud del Espíritu se instala en todos los presentes como una fuerza viva que les impulsa a proclamar la victoria de Jesús y el Reino de Dios “ y cada uno los oímos hablar de las grandezas de dios en nuestra propia lengua”. La irrupción del Espíritu en los discípulos les devuelve aquel dinamismo que tenían cuando compartían la vida de Jesús y que ahora vuelven a sentir vivo entre ellos.

Dejan de ser victimas del miedo y del fracaso aparente, quedan llenos de amor, alegría, paz, compresión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad y de dominio de sí “… según el Espíritu les concedía manifestarse”. Lo mismo nosotros estaremos llenos de los dones del Espíritu siempre que vivamos por el Espíritu y nos dejemos guiar por Él.

La segunda lectura, trata de la acción del Espíritu en todos los cristianos. Gracias al Espíritu existen en la comunidad cristiana diversidad de ministerios y de funciones, que no rompen su unidad. Todo lo que somos y tenemos los cristianos es fruto del Espíritu, porque es la forma en que Jesús resucitado sigue entre nosotros, “un mismo Dios que obra todo en todos”. Cuando afirmamos que la Iglesia comenzó a ser viva prolongación de Cristo en la tierra entendemos que es el mismo Espíritu que engendró a Jesús en las entrañas de María, el que dio vida y origen a la Iglesia como comunidad creyente sin distinción entre judios y griegos, ni esclavos y libres, “Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”. Negar la acción del Espíritu vivificador es anular la fuerza del creyente y reducir su existencia a la mera posibilidad humana de crecimiento y desarrollo, sin mayor horizonte que el de nuestra propia naturaleza. El Espíritu Santo es un don que potencia al hombre para vivir según la Verdad.

En el evangelio se distinguen cuatro momentos: el saludo, la confirmación de que es Jesús quien se aparece, el envío y el don del Espíritu. El saludo es el habitual de los judíos “¿La paz esté con vosotros!” que no es un simple saludo, pues los apóstoles por el miedo a los judios, estaba muy necesitados de paz. La confirmación, las puertas cerradas, les muestra las manos y el costado, “Y es mostró las manos y el costado” confirma que realmente es él. Todo podía haber terminado aquí, con la paz y la alegría que sustituye al miedo, pero Jesús les encarga una misión, “Como el padre me envió, así os envío yo” Jesús los envía, para lo cual sopla sobre ellos e infunde sobre ellos el Espíritu Santo, “Recibid el Espíritu Santo” don estrechamente vinculado con la misión que les ha encomendado.

Dejémonos guiar por el Espíritu Santo para proseguir la misión de anunciar el Reino de Dios.

Feliz domingo y feliz semana.

FORMACION PARA LOS LAICOS

Este año como todos sabemos no hemos tenido muchas oportunidades de podernos formar. Por eso os dejamos una muy buena oportunidad. Será el 5 de junio a las 10:30h de la mañana, con modalidad online y abierta a toda persona que quiera participar.

Hay que inscribirse, léelo y seguro que participarás, haz click en el siguiente enlace: