Después de los dos últimos meses de verano retomamos la reflexión sobre la figura de S. José de la mano del Papa Francisco en la encíclica Patris Corde, Corazón de Padre.
El apartado que reflexionaremos “San José, padre en la acogida” José acogió a María sin poner previamente objeciones y ni limitaciones, subordinó la ley a la caridad y el amor. Confió plenamente en lo que el ángel le dijo en sueños.
A lo largo de nuestra vida nos ocurren hechos y circunstancias que no entendemos. Nuestra reacción es casi siempre de decepción y rebelión. José deja de lado sus razonamientos para dar paso al acontecimiento y, por más que le pareciera extraño, misterioso, incomprensible, lo acoge, asume la responsabilidad. No hay nada más estéril que la queja o la violencia. El realismo cristiano implica esperanza, no es ilusión. El libro de Job en este sentido nos dice: “El Señor mi Dios me lo dio, el Señor mi Dios me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor” y S. Gregorio Magno “Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?” Si no aceptamos y acogemos los acontecimientos de nuestras vidas siempre seremos prisioneros de nuestras expectativas y de las consecuentes decepciones. José no explica, sino que acoge sin miedo.
José no es un hombre que se resigna, es un valiente y fuerte. La acogida es un modo por el que se manifiesta el don de la fortaleza que nos viene del Espíritu Santo, que nos da la fuerza para acoger la vida tal como es, incluso ante acontecimientos inesperados y decepcionantes de la propia vida, de la propia existencia. Es un error pensar que creer significa encontrar soluciones fáciles que consuelan.
La fe que Cristo nos enseñó es, como la que vemos en san José, que no buscó atajos, sino que afrontó lo que le acontecía, asumiendo la responsabilidad en primera persona. La acogida de José nos invita a acoger a nuestras circunstancias, por muy duras que sean, y acoger a los demás, al prójimo, sin exclusiones.
Vigésimo-tercer domingo del tiempo ordinario por el que continuamos avanzando en la liturgia del tiempo ordinario, que hoy nos invita a la esperanza, a no dejarnos vencer por el miedo.
La primera lectura, tomada del profeta Isaías, anuncia la venida de Dios para salvar a su pueblo, Israel se encuentra en la antesala de la deportación a Babilonia: “Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos del sordo se abrirán” Por eso, en el salmo cantaremos “Alaba, alma mía, al Señor”, ya que Dios a pesar de los pecados y debilidades, mantiene su fidelidad perpetuamente.
La carta de Santiago, denuncia los criterios humanos e inicuos, nos pregunta “¿Acaso no eligió Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino …?” En el evangelio, Jesús se cumplen plenamente las profecías cuando cura a un sordomudo, “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”
El profeta Isaías detecta una falta de respuesta por parte del Pueblo “Sed fuertes, no temáis”, que podía alardear ante las demás naciones de su entorno de tener un Dios cerca de ellos, no es que Dios se hubiera alejado de ellos, ni que su palabra dejara de dirigirse a sus elegidos; sino que el ruido estruendoso de otras voces dominantes arrastra al Pueblo hasta el cautiverio. ¿No ocurre algo parecido hoy en nuestra sociedad, que voces estruendosas y dominantes quieren apagar la voz del Señor? También es cierto que no hay más sordo que el que no quiere oír, ni más ciego que el que no quiere ver. La falta de comunicación con Dios no es debida fallos de comunicación, a fallos de la tecnología, al contrario, la tecnología sirve y la facilita la comunicación, esta falta es debida al desinterés e indiferencia por escuchar la voz de Dios. Los israelitas elevaron sus deseos a Dios, que abrió sus oídos y escucharon de nuevo la palabra viva.
El salmo es una respuesta a la apertura de los oídos y de los ojos, en una de sus estrofas cantamos “El Señor abre los ojos al ciego” y en otras nos recuerda que hace justicia a los oprimidos, da pan al hambriento, libera a los cautivos, sustenta al huérfano y a la viuda, y trastorna el camino de los malvados;
lo que queda muy bien resumido y sintetizado en la segunda lectura: Dios eligió a los pobres para hacerlos ricos en la fe.
La carta de Santiago nos advierte de conceder y favorecer a los ricos y poderosos, ya sea esta acepción por motivos personales o intereses particulares, los primeros puestos y honores, relegando a un segundo plano a los pobres, sin caer en la cuenta que los verdaderos tesoros de la Iglesia son precisamente los pobres. “Hermanos míos, no mezcléis la fe nuestro Señor Jesucristo con la acepción de personas” Esta lectura es una invitación a la esperanza a pesar de los escándalos que de vez en cuando saltan a la palestra.
El milagro de la esperanza será imposible mientras que aquellos que tienen algún tipo de responsabilidad en la Iglesia, tanto al nivel parroquial como universal, sigan luchando por los primeros puestos y los puestos de honor.
En el evangelio de Marcos nos situamos al final del capitulo siete, Jesús ha curado ya a muchos enfermos: un leproso, un paralítico, uno con la mano atrofiada, una mujer con flujo de sangre, ha resucitado a la hija de Jairo, y ha curado otras muchas dolencias tanto físicas como psíquicas. Ninguno de estos milagros le ha supuesto el menor esfuerzo, bastó su palabra o el simple contacto con su persona o manto para que se produjese la curación. Pero la lectura en de hoy, la curación del sordo le va ha suponer un notable esfuerzo, el sordo que además habla con dificultad no viene por iniciativa propia como en las anteriores curaciones, sino que se lo traen algunos amigos o familiares. Jesús tiene que realizar un ritual, lo toma de la mano, lo aparta y se queda a solas con él, le mete los dedos en los oídos, escupe en sus dedos, toca con saliva la lengua del enfermo, levanta la vista al cielo, suspira y pronuncia “Effetá (esto es ábrete)” Con respecto a las anteriores curaciones nos preguntamos el porque en este caso el motivo ritual, la respuestas quizás la tengamos en el relato anterior a este donde Jesús reprocha a sus discípulos “Tenéis ojos ¿y no veis? Tenéis oídos ¿y no oís?” Ojos que no ven y oídos que no oyen.
Ceguera y sordera de los discípulos, sugiere lo difícil que fue para Jesús que Pedro y los demás discípulos terminaran viendo y oyendo, estos abrirán los ojos y los oídos con la resurrección, y a nosotros no pasa algo parecido, abriremos nuestros ojos y oídos cunado exclamemos como Tomás “¡Dios mío y Señor mío!”
Un detalle que no pasa desapercibido al final de la lectura es que el gentío decía “Todo lo ha hecho bien: …” que nos recuerda el relato de la creación “Y vio Dios que todo era bueno” y a las palabras de Pedro el día de Pentecostés acerca de Jesús “pasó haciendo el bien” destacando la bondad de Jesús.
Señor que no hagamos acepciones de personas y ayúdanos abrir los ojos y oídos a tu Palabra, que sea anunciada y proclamada.
Vigésimo-segundo domingo del tiempo ordinario, después de los cinco últimos domingos, entre los que hemos celebrado las solemnidades de Santiago apóstol y la Asunción de María,
y hemos leído el discurso del pan de vida del Evangelio de San Juan, retomamos la lectura continuada del evangelio de Marcos correspondiente al ciclo B.
El tema central de las lecturas de hoy es la religiosidad verdadera. Ya en la oración colecta pedimos crecer en la piedad. Pero ¿en qué consiste esto? La primera lectura, Moisés, nos habla de la grandeza de los mandamientos “observaréis los preceptos del Señor” será la sabiduría e inteligencia ante los pueblos. En salmo cantamos “Señor, ¿Quién puede hospedarse en tu tienda?, el hombre honrado, justo y con intenciones leales. En la segunda lectura, el apóstol Santiago nos dice que debemos no solo oír la Palabra de Dios sino llevarla a la práctica: “Poned en práctica la Palabra”. En la misma línea, en el evangelio, Jesús recrimina a los fariseos por haber montado una religiosidad de tradiciones humanas y preceptos exteriores, estando su corazón lejos de Dios “Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”. Y nos recuerda que lo que nos hace impuros son las maldades que salen de nuestro corazón.
La lectura del libro del Deuteronomio no debe interpretarse como una aceptación radical y absoluta de la ley mosaica, “No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; observaréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy” Jesús se encargó de interpretarla y modificarla. En esta lectura se invita al pueblo a considerar con sabiduría los mandamientos de Dios, estos no deben ser considerados como prohibiciones, sino como la forma en que Dios está cerca del pueblo y por ello este debe de escucharlo, servirlo y buscarlo.
Muchas veces entendemos los mandamientos desde posturas demasiados legalistas, lo que da lugar a que parezcan insoportables. Jesús libera los mandamientos de Dios de ser una carga pesada, con objeto de acercar a Dios a todos nosotros.
Con la lectura de la carta del apóstol Santiago nos damos cuenta que tenemos el mismo peligro que los fariseos de engañarnos, dando valor a las cosas menos importantes. El final de la lectura ofrece un ejemplo muy interesante: ¿en qué consiste la religión verdadera que agrada a Dios? ¿en oír misa diaria, rezar el rosario, hacer media hora de lectura espiritual? Eso es bueno. Pero lo más importante es preocuparse por las personas más necesitadas. Santiago, siguiendo la tradición, simboliza estas personas necesitadas en los huérfanos y viudas “La religiosidad auténtica e intachable a los ojos de Dios Padre es esta: atender a huérfanos y viudas en su aflicción y mantenerse incontaminado del mundo” Las viudas y huérfanos por aquellos entonces, no existían las pensiones de orfandad ni viudedad, por eso será una constante en la caridad de aquellos hermanos nuestros de las primeras generaciones de cristianos, eran personas vulnerables y que fácilmente caían en la marginalidad.
En el evangelio el problema no será comer el pan, sino comer con las manos sucias. Una pregunta malintencionada de los fariseos y de los doctores de la ley, los escribas, ¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores, y comen el pan con las manos sucias? Provoca la respuesta airada de Jesús aludiendo al profeta Isaías “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”.
Y da Jesús una enseñanza, nada de lo de fuera hace al hombre impuro ni perverso, es lo que sale de dentro, del corazón del hombre, lo que lo hace impuro al hombre “Todas las maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.
Esto nos recuerda a aquellas palabras del cántico del profeta Ezequiel: “Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos”. Y al profeta Oseas: “Quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos” y otros profetas que no cesan en recordarnos que el verdadero culto a Dios solo es posible con un corazón sincero y no por el cumplimiento, cumplo y miento, de una serie de preceptos.
Que los mandatos del Señor sean nuestra sabiduría, que los hermanos necesitados estén por encima del cumplimiento de preceptos.
Vigésimo-primer domingo del tiempo ordinario, retomamos y llegamos al final del discurso del pan de vida del Evangelio de San Juan. Esta parte del discurso cuenta la reacción de los discípulos con dos posturas muy distintas: unos los abandonan, y otros lo siguen, y el aviso de la traición por parte de uno de ellos.
La fe en Dios es un don que el Señor nos ofrece y que nosotros voluntariamente acogemos. Así aparece en la primera lectura de hoy, cuando Josué preguntó a todas las tribus de Israel si querían servir al Señor o irse con otros dioses “¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses!”.
Ellos contestaron que servirían al Señor porque era su Dios. En el salmo repetimos la antífona de hace dos domingos “Gustad y ved qué bueno es el Señor” pues sacó al pueblo de Israel de la esclavitud. La segunda lectura tomada la carta a los Efesios aplica el código familiar a la Iglesia, que no es nada sin su Señor, “Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia”.
Y en el Evangelio, cuando muchos discípulos lo abandonaron porque no aceptaban sus enseñanzas, Jesús preguntó a los Doce si también querían marcharse. Y ellos respondieron: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.
En la primera lectura, nos encontramos en el capítulo final del libro de Josué, los Israelitas bajo la dirección de Josué habían conquistado toda la tierra que Dios les había prometido. Josué reúne a todas las tribus de Israel en Siquén, les recuerda los beneficios pasados y les ofrece la alternativa de servir o no servir a Dios. Los Israelitas quieren servirlo, “También nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios” aparentando un final feliz, pero de hecho la historia muestra lo contrario, los israelitas abandonaron a Dios y sirvieron a otros dioses. En comparación con el evangelio: muchos discípulos abandonan a Jesús, solo quedan doce y uno de ellos lo traicionará.
La segunda lectura es uno de los textos más expresivos y polémicos del Nuevo Testamento, ya que el simbolismo de la cabeza y el cuerpo, Cristo y la Iglesia, aplicado a las relaciones hombre y mujer en el matrimonio, ha dado mucho que hablar en estos tiempos reivindicativos de los derechos de la mujer. Pero el texto no está escrito en términos polémicos y reivindicativos. Aquí la sumisión es del uno al otro entendida positivamente, “Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada”, en realidad, no es sumisión, sino entrega mutua.
El evangelio es la última parte del capítulo sobre el pan de vida y la eucaristía. Habla de discípulos escandalizados que abandonan a Jesús, de seguimiento y traición. La mayoría abandonan a Jesús diciendo este discurso es duro “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”, intolerable, inadmisible. No solo por la idea de comer su carne, sino por todo lo que ha dicho de si mismo: que es el enviado de Dios, que ha bajado del cielo, que resucitará en el último día a quien crea en él, que es el verdadero pan de vida. La Eucaristía no es memoria del pasado: la muerte de Jesús en la cruz, es también Eucaristía escatológica, que nos adelanta la vida que nos espera tras la muerte. En el fondo comer su cuerpo y beber su sangre es aceptarlo todo tal y como Jesús dice, y eso la mayoría de discípulos no están dispuestos a admitirlo. Lo han visto de hacer milagros, pero eso no les extraña, en el Antiguo Testamento se habla de personajes milagrosos, con la salvedad que ninguno de ellos, ni siquiera Moisés, dijo haber bajado del cielo y ser capaz de resucitar a alguien. Ellos querían un Jesús humano, un mesías político, caudillo, y no un Jesús divino.
Tras el abandono de muchos solo quedan los Doce. La pregunta de Jesús “¿También vosotros queréis marcharos?” sugiere muchas cosas: desilusión, sensación de fracaso, etc.
La respuesta de Pedro, como portavoz del grupo de los Doce, nos recuerda a su confesión de fe en Cesarea de Filipo “Tú eres el Mesías”, aquí pedro no comienza confesando su fe, sino preguntándole a Jesús “Señor, ¿a quién iremos?” abandonar a Jesús y volver a sus actividades cotidianas, a sus trabajos, es algo que no se les pasa por la cabeza. Necesitan un maestro, alguien que los guie. Pedro lo primero que hace es reconocer que necesitan a Jesús, no pueden vivir sin él. Luego sigue la profesión de fe, pero no dice que Jesús sea el Mesías, sino el “Santo de Dios”
Si seguimos leyendo el evangelio, Jesús sabía quién lo iba a entregar, después de la intervención de Pedro, Jesús, añade “¿No os he elegido yo a los Doce? Pero uno de vosotros es un diablo. Lo decía por Judas Iscariote, uno de los Doce, que lo iba a entregar” lo que hace que pensemos porque Judas no lo abandono antes, porque se mantiene en el grupo de los Doce y como puede llegar alguien a desilusionarse de él hasta el punto de traicionarlo. En nuestros días como puede alguien desilusionarse hasta perder la fe.
Pidamos al Señor no desilusionarnos y abandonar la fe, que a pesar de las dificultades trabajemos ilusionados por el Reino de Dios.